Me atrevo a suponer que un ministro ilustrado y magnánimo, un prelado humano y prudente, un príncipe que sabe que su interés reside en el gran número de sus súbditos, y su gloria en la felicidad de estos, se dignan poner sus ojos sobre este escrito informe y defectuoso, deficiencias que suple con sus propias luces, y se dicen a sí mismos: ¿qué riesgo correría si viera la tierra cultivada y ornada por más manos laboriosas, aumentados los tributos, el Estado más floreciente?
Alemania sería un desierto cubierto de osamentas de católicos, evangélicos, reformados, anabaptistas, degollados los unos por los otros, si finalmente la paz de Westfalia no hubiera procurado la libertad de conciencia.
Nosotros tenemos judíos en Burdeos, en Metz, en Alsacia; tenemos luteranos, molinistas, jansenistas; ¿no podemos soportar y convivir con los calvinistas más o menos en las mismas condiciones que los católicos son tolerados en Londres? Cuantas más sectas hay, menos peligrosa es cada una de ellas; la multiplicidad las debilita; todas son reprimidas por leyes justas, que defienden las asambleas tumultuosas, las injurias, las sediciones, y que están siempre en vigor por la fuerza coactiva.
Sabemos que varios cabezas de familia que han amasado grandes fortunas en países extranjeros se aprestan a retornar a su patria; no piden otra cosa que la protección de la ley natural, la validez de sus matrimonios, la certeza de la situación de sus hijos, el derecho de heredar a sus padres, la franquicia de sus personas; nada de templos públicos, nada del derecho a cargos municipales, a dignidades; los católicos no las tienen ni en Londres ni en muchos otros países. No se trata ya de conceder privilegios inmensos, o puestos seguros a una facción, sino de dejar vivir a un pueblo pacífico, de suavizar edictos en otros tiempos quizá necesarios pero que ya no lo son; no nos corresponde indicar a un Ministerio lo que debe hacer, basta con implorarle en favor de los infortunados.
¡Cuántos medios para hacerlos útiles, para impedir que sean peligrosos alguna vez! La prudencia del Ministerio y del Consejo, apoyada por la fuerza, encontrará con facilidad esos medios, que tantas otras naciones emplean tan felizmente.
Todavía quedan fanáticos entre el populacho calvinista, pero nos consta que hay más entre el populacho convulsionario. La hez de los insensatos de Saint-Médard no cuenta ya nada para la nación, la de los profetas calvinistas está aniquilada. El gran medio para disminuir el número de maníacos, si quedan, es el de dejar esa enfermedad del espíritu al régimen de la razón, que ilustra lenta pero infaliblemente a los hombres. Esa razón es dulce, es humana, inspira la indulgencia, ahoga la discordia, reafirma la virtud, rinde amable la obediencia a las leyes, más todavía que la fuerza que las mantiene. ¿Y valoraremos en algo el ridículo atribuido por todas las gentes de bien al entusiasmo? Ese ridículo es una poderosa barrera contra las extravagancias de todos los sectarios. Los tiempos pasados son como si nunca hubieran sido. Es preciso siempre partir del punto en el que se está, y al que han accedido ya las naciones.
Hubo un tiempo en el que se creyó obligado emitir decretos contra quienes enseñaban una doctrina contraria a las Categorías de Aristóteles, al horror al vacío, a las quintaesencias, y al universal por parte de la cosa. Tenemos en Europa más de cien volúmenes de jurisprudencia sobre la brujería, y sobre la manera de distinguir a los falsos brujos de los verdaderos. La excomunión de los saltamontes, y de los insectos nocivos para las cosechas, ha estado muy en uso y subsiste todavía en muchos rituales; el uso ha pasado, se deja en paz a Aristóteles, a los brujos y a los saltamontes. Los ejemplos de estas graves demencias, en otro tiempo tan importantes, son innumerables; vuelven otras de vez en cuando, pero una vez que han hecho su efecto, cuando nos hemos hartado de ellas, desaparecen. Si alguien se atreviese hoy en día a decirse carpocrático, o eutiquiano, o monotelita, monofisita, nestoriano, maniqueo, etcétera, ¿qué sucedería? Nos reiríamos de él como de alguien vestido a la antigua con una gorguera y un jubón.
La nación comenzaba a entreabrir los ojos cuando los jesuitas Le Tellier y Doucin fabricaron la bula Unigenitus, que enviaron a Roma; creyeron estar todavía en aquellos tiempos de ignorancia, en los que los pueblos adoptaban sin examen las aserciones más absurdas. Se atrevieron a proscribir esta proposición, que es de una verdad universal en todos los casos y en todos los tiempos: «El temor a una excomunión injusta no debe impedir en absoluto cumplir con el deber»; era proscribir la razón, las libertades de la iglesia galicana y el fundamento de la moral; era decir a los hombres: Dios os ordena que no cumpláis nunca con vuestro deber si ello os hace que temáis a la injusticia; nunca se ha ofendido al sentido común más descaradamente; los consultores de Roma no se cuidaron de ello. Se persuadió a la curia de Roma de que esta bula era necesaria y que la nación la deseaba; fue firmada, sellada y enviada, y ya conocemos las consecuencias: ciertamente, si se hubieran previsto, se habría mitigado la bula. Las disputas fueron vivas, la prudencia y la bondad del rey finalmente las apaciguaron.
Sucede lo mismo con buena parte de los puntos que nos separan de los protestantes; hay algunos que no tienen ninguna consecuencia; hay otros más graves, pero sobre los cuales el furor de la disputa se ha amortiguado tanto que los mismos protestantes no predican hoy la controversia en ninguna de sus iglesias.
Es por tanto este tiempo de hastío, de saciedad, o más bien de razón, el que podemos aprovechar como época y testimonio de la tranquilidad pública. La controversia es una enfermedad epidémica en su fase final, y esta peste, de la que estamos curados, no pide otra cosa que un régimen suave. En definitiva, el interés del Estado es que los hijos expatriados vuelvan con modestia a la casa de su padre; la humanidad lo requiere, la razón lo aconseja y la política no puede asustarse por ello.
“Sobre cómo puede ser admitida la tolerancia”, pertenece al libro “Contra el fanatismo religioso”, de Voltaire. Consultar la fuente original para mayor precisión en el texto.