Pulsión y repulsión – Por Jean Baudrillard

La homogeneización de los circuitos, el universo ideal de la síntesis y de la prótesis, el universo positivo, consensual, sincrónico y performant constituyen un mundo inaceptable. No sólo el cuerpo se rebela contra cualquier forma de injerto y de sustitución artificial, no sólo las mentes animales se rebelan, sino que la propia mente se rebela contra la sinergia que se le impone con innumerables formas de alergia. La abreacción, el rechazo, la alergia son formas de energía singular. De esta energía vísceral, que ha ocupado el lugar de la negatividad y de la revuelta crítica, nacen los fenómenos más originales de nuestro tiempo: las patologías virales, el terrorismo, la droga, la delincuencia, o bien unas actividades consideradas positivas, como el culto de la performance y la histeria colectiva de producción, que obedecen mucho más a la compulsión de liberarse de algo que a la pulsión de crear cualquier cosa. Hoy obedecemos mucho más a la expulsión y a la repulsión que a la pulsión propiamente dicha. Las mismas catástrofes naturales parecen una forma de alergia, de rechazo por la naturaleza de una influencia operacional de lo humano. Allí donde la negatividad muere, constituyen un signo irreductible de violencia, un signo preciso y sobrenatural de denegación.

Además, su virulencia provoca muchas veces por contaminación el desorden social.

Las grandes pulsiones o impulsos positivos, electivos, atractivos han desaparecido. Ya sólo deseamos débilmente, nuestros gustos están cada vez menos determinados. Tanto las constelaciones del gusto, del deseo, como las de la voluntad, se han deshecho gracias a algún efecto misterioso. En cambio, las de la mala voluntad, la repulsión y la repugnancia se han reforzado. Diríase que de ahí viene una energía nueva, una energía inversa, una fuerza que nos hace las veces de deseo, una abreacción vital que nos hace las veces de mundo, de cuerpo, de sexo. Hoy sólo el disgusto está determinado, los gustos ya no lo están. Sólo los rechazos son violentos, los proyectos ya no lo son. Nuestras acciones, nuestras empresas, nuestras enfermedades cada vez tienen menos motivaciones «objetivas»; proceden casi siempre de un secreto disgusto de nosotros mismos, de una secreta desherencia que nos lleva a liberarnos de nuestra energía de cualquier manera, y son por tanto una forma de exorcismo más que de voluntad de acción. ¿Se tratará de una nueva forma del principio del Mal, no lejos de la magia, cuyo epicentro, como sabemos, es precisamente el exorcismo?

Simmel decía: «La negación es lo más sencillo que existe. A ello se debe que las grandes masas, cuyos elementos no pueden ponerse de acuerdo respecto a un objetivo, coincidan en ella.» Inútil solicitar la opinión positiva de las masas, o su voluntad crítica: sólo poseen un poder indiferenciado, un poder de rechazo. Sólo son fuertes con lo que expulsan, con lo que niegan, y fundamentalmente con cualquier proyecto que las supere, cualquier clase o inteligencia que las trascienda. Ahí hay algo de una astuta filosofía surgida de la experiencia más feroz, la de las bestias y los campesinos: lo que es a mí, nadie me engaña, nadie me toma el pelo con historias de sacrificios y de futuros felices. Profunda repugnancia del orden político (que puede coexistir perfectamente con alguna opinión política). Repugnancia por la pretensión y la trascendencia del poder, por la fatalidad y la abominación de la política. Si han existido pasiones políticas, existe actualmente una violencia idónea a la repugnancia fundamental por la política.

El propio poder se basa ampliamente en la repugnancia. Toda la publicidad y el discurso político son un insulto público a la inteligencia y a la razón, pero un insulto del cual somos parte integrante, una abyecta empresa de interacción silenciosa. Se acabaron las tácticas de disimulo; hoy se nos gobierna en términos de franco chantaje. El prototipo fue aquel famoso banquero con cara de vampiro que decía: «Su dinero me interesa.» Hace ya diez años: la obscenidad entraba en las costumbres como estrategia de gobierno. Nos dijimos: es una publicidad muy mala por su agresiva indiscreción. Muy al contrario, era una publicidad profética, cargada de todo el futuro de las relaciones sociales, porque caminaba precisamente hacia la repugnancia, la concupiscencia y la violación. Lo mismo sucede con la publicidad pornográfica o alimentaria: se dirige al impudor y a la lubricidad, de acuerdo con una estrategia de la violación y del malestar. Hoy podemos seducir a una mujer diciéndole: «Su sexo me interesa.» En el arte también triunfa esta forma impúdica: el montón de trivialidades que allí encontramos equivale a un enunciado del tipo: «Su debilidad y su mal gusto nos interesan.» Y cedemos a este chantaje colectivo, a esta inyección sutil de mala conciencia.

También es cierto que ya nada nos repugna de verdad. En nuestra cultura ecléctica, que corresponde a la descomposición y a la promiscuidad de todas las demás, no hay nada inaceptable, y a eso se debe que la repugnancia crezca, junto con las ganas de vomitar esta promiscuidad, esta indiferencia de lo peor, esta viscosidad de los contrarios. Lo que crece en la misma medida es la repugnancia de la falta de repugnancia; la tentación alérgica de rechazarlo todo en bloque, la lenta intoxicación, la sobrealimentación como quien no quiere la cosa, la tolerancia, el chantaje a la sinergia y al consenso.

No es casualidad que hoy se hable tanto de inmunidad, de anticuerpo, de trasplante y de rechazo. En una fase de penuria nos preocupamos de absorber y de asimilar. En una fase pletórica el problema consiste en rechazar y en expulsar. La comunicación generalizada y la superinformación amenazan todas las defensas humanas. El espacio simbólico, el espacio mental del juicio, ya no está protegido por nada. No sólo yo no soy capaz de decidir lo que es bello o feo, lo que es original o no, sino que ni siquiera el organismo biológico puede ya decidir lo que es bueno o malo para él. En esta situación todo se vuelve malo, y la única defensa es la abreacción y el rechazo.

La propia risa es casi siempre una abreacción vital a la repugnancia que nos inspira una situación de mezcla o de promiscuidad monstruosa. Rechazamos la indiferencia, pero al mismo tiempo nos fascina. Nos gusta mezclarlo todo, pero al mismo tiempo nos repugna. Reacción vital con la que el organismo preserva su integridad simbólica, incluso al precio de su propia vida (rechazo del trasplante de corazón). ¿Por qué los cuerpos tendrían que aceptar el intercambio indiferente de los órganos y las células? ¿Y por qué éstas rechazan, en el cáncer, la función que se les atribuye?

“Pulsión y repulsión”, pertenece al libro “La transparencia del mal”, de Jean Baudrillard. Consultar la fuente original para mayor precisión en el texto.