Cette amplification, que l’on confond si souvent avec le bien écrire, je la supporte de moins en moins… Quelle nécessité de faire un article ou un livre…? Où trois lignes suffisent je n’en mettrai pas une de plus.
GlDE, Pages de Journal
Durante muchos años me negué a reeditar este librito, a pesar de las insistencias de editores y amigos. Estoy tan lejos de la mayor parte de las ideas expuestas en él que siento, al reexaminarlas, la misma tierna ironía con que miramos las viejas fotos familiares: sí, claro, ahí está uno, ciertos gestos lo delatan, quizá una misma inclinación de la cabeza o una forma de colocar las manos. Pero ¡cuántas arrugas en torno de los labios y de los ojos nos separan! ¡Qué devastación ha traído el tiempo sobre aquella sonrisa y aquel resto de frescura o de espíritu juguetón! ¡Qué abismos se han abierto entre el muchacho de la fotografía y el hombre de ahora! ¡Cuántas ilusiones se advierten allí que han sido agostadas por el frío y las tormentas, por los desengaños y las muertes de tantas doctrinas y seres que queríamos! Al fin pensé que esta negativa a reeditar el libro podría tomarse como una cobardía intelectual, y así cedí a la reimpresión. Con todo, querría pedir al lector perdone las arbitrariedades y violencias que encuentre, las más de las veces motivadas por la pasión que siempre he puesto en mis ideas, en tantas ocasiones defraudadas por los hechos. Así me sucedió con el surrealismo, al que con fervor me acerqué en 1938, cuando trabajaba en el Laboratorio Curie de París, y cuando el creciente odio que experimentaba por el fetichismo científico me condujo a esa característica revuelta contra la Razón y lo Objetivo, los dos ídolos de esa religión. Viviendo como vivía sus limitaciones, ansioso por encontrar una salida que me permitiera acceder al hombre concreto enajenado por una civilización tecnolátrica, era inevitable que me volcara hacia el surrealismo. Ya en decadencia, aquel movimiento no podía satisfacerme del todo, y aunque me salvaguardaba (y me sigue salvaguardando) una figura trágica como la de Artaud, era también lógico que me repeliera la mistificación de artistas como Dalí, así como la carencia de rigor filosófico y el dogmatismo de André Breton, por admirable que fuese su obra poética. En tales condiciones, no porque hubiese dejado de amar al surrealismo sino precisamente por amarlo demasiado, reaccioné irónica o ásperamente en algunos fragmentos de este libro; mientras permanecería en mí lo mejor de aquel movimiento, para manifestarse años más tarde en el Informe sobre ciegos.
Procesos psicológicos y espirituales semejantes pueden explicar esas y otras durezas que el lector encontrará. Y en otros casos deberá tener en cuenta que los veintitrés años transcurridos han alterado muchas de las hipótesis o ilusiones que todavía allí se manifiestan. No imaginaba, por ejemplo, que también por la izquierda se podían llegar a cometer los crímenes que se cometieron en la tiranía stalinista y en las que todavía ahora la imitan; no tenía aún suficiente (y amarga) experiencia histórica para admitir que nada vale luchar por la justicia social si no es al propio tiempo una lucha por la libertad del ser humano y por la dignidad que le corresponde. Y en momentos en que, con todo el poderío de sus tanques, Rusia invade a un pequeño e indefenso país como Checoslovaquia, alguien que grita en defensa del pueblo vietnamita, arrasado por la potencia más grande del mundo, no puede sino poner una triste y melancólica marca al lado de los parágrafos que en este libro se dedican a la ilusión soviética.
E.S. Santos Lugares, setiembre de 1968.
“Prólogo a la edición de 1968″, pertenece al libro “Uno y el universo”, de Ernesto Sábato. Consultar la fuente original para mayor precisión en el texto.