Escribí este libro y aprendí a leer. He aprendido un poco acerca de escribir desde La paga de los soldados —cómo acercarme al lenguaje, a las palabras: no tanto con seriedad, como hace un ensayista, sino con una especie de alertado respeto, como cuando te acercas a la dinamita; incluso con alegría, como cuando te acercas a las mujeres; quizá con las mismas secretamente inescrupulosas intenciones—. Pero cuando terminé El ruido y la furia descubrí que realmente hay algo a lo que el gastado término Arte no sólo puede, sino que debe, ser aplicado. Descubrí entonces que había pasado por todo lo que había leído siempre, desde Henry James pasando por Henty y periódicos de sucesos, sin hacer ninguna distinción ni haber digerido nada de ello, como haría una polilla o una cabra. Después de El ruido y la furia y sin tener en mente abrir otro libro y en una serie de repercusiones retardadas como trueno de verano, descubrí a los Flauberts y a los Dostoyevskys y a los Conrads cuyos libros había leído hacía diez años. Con El ruido y la furia aprendí a leer y a dejar de leer, puesto que no he leído nada desde entonces
Tampoco parece que haya aprendido nada desde entonces. Durante la escritura de Santuario, la novela siguiente a El ruido y la furia, esa parte de mí que aprendía mientras escribía, que quizá sea la verdadera fuerza que conduce al escritor al parto de la invención y a la pesadez de poner setenta y cinco o cien mil palabras en papel, estuvo ausente porque yo todavía estaba leyendo por repercusión los libros que había tragado por completo hacía diez años o más. De la escritura de Santuario únicamente aprendí que había algo que faltaba: algo que me dio El ruido y la furia y Santuario no. Cuando empecé Mientras agonizo había descubierto lo que era y supe que también estaría ausente en este caso porque éste sería un libro deliberado. Deliberadamente me propuse escribir un tour-de-forcé. Antes siquiera de que hubiese puesto el bolígrafo sobre el papel y escribiese la primera palabra, sabía cuál sería la última palabra y casi dónde caería el último punto. Antes de que empezase dije, voy a escribir un libro con el cual, en caso necesario, pueda levantarme o caer si nunca vuelvo a tocar la tinta. Así que cuando lo terminé la fría satisfacción estaba allí, como había esperado, pero también como había esperado estaba ausente esa otra cualidad que El ruido y la furia me había dado: esa emoción definitiva y física y sin embargo nebulosa de describir: ese éxtasis, esa entusiasta y jovial fe y anticipación de sorpresa que las hojas todavía inalteradas bajo mi mano mantenían inviolada e infalible, esperando a ser liberada. No la había en Mientras agonizo. Dije, esto es porque sabía demasiado acerca de este libro antes de que empezase a escribirlo. Dije, es más que probable que nunca más vaya a tener que saber tanto acerca de un libro antes de que empiece a escribirlo, y la próxima vez volverá. Esperé casi dos años, entonces empecé Luz de agosto, sin saber acerca de ella nada más que una mujer joven, embarazada, estaba caminando sola por una extraña carretera comarcal. Pensé, ahora lo volveré a capturar, puesto que no sé más de este libro de lo que sabía acerca de El ruido y la furia cuando me senté frente a la primera página en blanco.
No volvió. Las páginas escritas crecieron en número. La historia estaba yendo bastante bien: deseaba sentarme a ello cada mañana sin reluctancia aunque todavía sin esa anticipación y esa alegría que era lo único que hacía que la escritura fuese un placer para mí. El libro estaba casi terminado antes de que admitiese el hecho de que no se repetiría, puesto que ahora era consciente de que antes de que fuese escrita cada palabra sabía exactamente lo que haría la gente, puesto que ahora estaba eligiendo deliberadamente entre posibilidades y probabilidades de comportamiento y sopesando y midiendo cada elección según la escala de los James y los Conrads y los Balzacs. Supe que había leído demasiado, que había alcanzado esa etapa que tienen que atravesar todos los jóvenes escritores, en la que se cree que se ha aprendido demasiado acerca del negocio. Recibí una copia del libro impreso y descubrí que ni siquiera quería ver qué tipo de cubierta le había puesto Smith. Me pareció tener una visión de él y de los subsiguientes a El ruido y la furia colocados en una fila ordenada sobre una estantería en la que miraba los títulos de los lomos con una decreciente atención que era casi desagrado, y que cada siguiente libro suscitaba menos y menos, hasta que finalmente la propia Atención pareció decir, Gracias a Dios no habrá necesidad de abrir otra vez ninguno de estos. Creía saber entonces por qué no había capturado de nuevo ese primer éxtasis, y que nunca volvería a capturarlo; que cualesquiera novelas que escribiese en el futuro estarían escritas sin reluctancia, pero también sin la anticipación de la alegría; que en El ruido y la furia quizá había puesto la única cosa en la literatura que siempre me conmovería mucho: Caddy trepando al peral para mirar por la ventana el funeral de su abuela mientras Quentin y Jason y Benjy y los negros miraban hacia arriba al trasero embarrado de sus bragas.
Ésta es la única de las siete novelas que escribí sin que la acompañase ningún sentimiento de impulso o esfuerzo, o sin que la acompañase ningún sentimiento de agotamiento o alivio o desagrado. Cuando la empecé no tenía ningún plan en absoluto. Ni siquiera estaba escribiendo un libro. Estaba pensando en libros, en publicar, sólo en pasado, en decirme a mí mismo, No me tendré que preocupar en absoluto de si a los editores les gusta o no les gusta éste. Cuatro años antes había escrito La paga de los soldados. No me había llevado mucho escribirlo y se publicó rápidamente y me dio unos quinientos dólares. Dije, Escribir novelas es fácil. Escribí Mosquitos. No fue tan fácil de escribir y no se publicó tan rápido y me hizo ganar unos cuatrocientos dólares. Aparentemente el ser un novelista es algo más que escribir novelas, algo que antes no tenía tan claro. Escribí Sartoris. Me llevó mucho más, y el editor lo rechazó enseguida. Pero continué presentándolo por ahí durante tres años con una terca y menguante esperanza, quizá para justificar el tiempo que había pasado escribiéndolo. Esta esperanza murió lentamente, aunque no dolió nada. Un día me pareció cerrar una puerta entre mí y todas las direcciones de editores y listas de libros. Y me dije a mí mismo, Ahora puedo escribir. Ahora puedo hacer yo mismo un ánfora como esa que el viejo romano mantenía cerca de su cama y cuyo borde desgastó lentamente a besos. Así que yo, que nunca había tenido una hermana y que estaba destinado a perder a mi hija en la infancia, me dispuse a hacer yo mismo una preciosa y trágica niña pequeña.
1946
“Introducción a ‘El ruido y la furia'”, pertenece al libro “Ensayos y discursos”, de William Faulkner. Consultar la fuente original para mayor precisión en el texto.