Extrema tolerancia de los judíos – Por Voltaire

Como hemos visto, bajo Moisés, bajo los Jueces, bajo los Reyes, hay siempre ejemplos de tolerancia. Aún más: Moisés dice varias veces en el libro del Éxodo «que Dios castiga a los padres en los hijos, hasta la cuarta generación»; esta amenaza era necesaria en un pueblo al que Dios no había revelado ni la inmortalidad del alma, ni las penas y las recompensas en la otra vida. Estas verdades no le fueron anunciadas ni en el Decálogo ni en ninguna ley del Levítico y del Deuteronomio. Existían los dogmas de los persas, de los babilonios, de los egipcios, de los griegos, de los cretenses, pero no constituían en absoluto la religión de los judíos. Moisés no dijo: «Honra a tu padre y a tu madre si quieres ir al Cielo», sino: «Honra a tu padre y a tu madre para que vivas mucho tiempo en la tierra»; sólo los amenaza con males corporales, con la sarna seca, con la sarna purulenta, con úlceras malignas en las rodillas y en las piernas, con exponerse a la infidelidad de las mujeres, con préstamos usureros de los extranjeros y no poder prestar con usura; con morir de hambre y con verse obligados a comerse a sus hijos: pero en ningún caso les dice que sus almas inmortales padecerán tormentos después de la muerte o gozarán de la felicidad. Dios, que conducía él mismo a su pueblo, castigaba a este o lo recompensaba inmediatamente después de sus buenas o de sus malas acciones. Todo era temporal, y esa es la prueba que aporta el sabio obispo Warburton para demostrar que la ley de los judíos era divina: porque al ser su rey el mismo Dios, y al hacer justicia inmediatamente después de la transgresión o de la obediencia, no tenía necesidad de revelarles una doctrina que reservaba para los tiempos en que ya no gobernaría a su pueblo. Los que, por ignorancia, pretenden que Moisés enseñaba la inmortalidad del alma privan al Nuevo Testamento de una de sus grandes ventajas sobre el Antiguo. Consta que la ley de Moisés sólo anunciaba castigos temporales hasta la cuarta generación. Sin embargo, a pesar del preciso enunciado de esa ley, a pesar de esa declaración expresa de Dios, de que castigaría hasta la cuarta generación, Ezequiel anuncia todo lo contrario a los judíos y les dice que el hijo no acarreará la iniquidad de su padre: llega incluso hasta hacer decir a Dios que les había dado «preceptos que no eran buenos».

No por ello dejó de incorporarse el libro de Ezequiel al canon de los autores inspirados por Dios; es verdad que la sinagoga no permitía su lectura hasta la edad de treinta años, como nos dice san Jerónimo, pero era por temor a que la juventud abusara de las imágenes demasiado naturalistas que hay en los capítulos 16 y 23 sobre el libertinaje de las dos hermanas Olla y Ooliba. En una palabra, su libro fue aceptado siempre, a pesar de su formal contradicción con Moisés.

Finalmente, cuando la inmortalidad del alma fue un dogma aceptado, lo que probablemente comenzó en tiempos de la cautividad de Babilonia, la secta de los saduceos persistió en la creencia de que no había ni penas ni recompensas después de la muerte, y que la facultad de sentir y de pensar moría con nosotros, como la fuerza activa, la facultad de andar y de digerir. Negaban la existencia de los ángeles. Diferían mucho más del resto de los judíos de lo que los protestantes difieren de los católicos; no por ello dejaron de permanecer en la comunión de los judíos: hubo incluso grandes sacerdotes de su secta.

Los fariseos creían en la fatalidad y en la metempsicosis. Los esenios creían que las almas de los justos iban a las Islas Afortunadas, y las de los malos a una especie de Tartaria. No hacían sacrificios; se reunían en una sinagoga particular. En una palabra, si se quiere examinar el judaísmo de cerca, nos asombraría encontrar la mayor tolerancia en medio de los más bárbaros horrores. Es una contradicción, es cierto; casi todos los pueblos se han gobernado con contradicciones. ¡Feliz aquella que aporta costumbres dulces cuando se tienen leyes sangrientas!

 

“Extrema tolerancia de los judíos”, pertenece al libro “Contra el fanatismo religioso”, de Voltaire. Consultar la fuente original para mayor precisión en el texto.