Luis Fernando Céline entró en la gran literatura como otros entran en su propia casa. Hombre maduro, dotado de la vasta provisión de las observaciones del médico y del artista, con una soberana indiferencia respecto al academicismo, con un sentido excepcional de la vida y del lenguaje, Céline ha escrito un libro que perdurará aunque haya escrito otros de la misma talla que éste. Viaje al fin de la noche, novela del pesimismo, dictada más por el espanto ante la vida y el hastío que ella ocasiona que por la rebelión. Una rebelión activa va unida a la esperanza. En el libro de Céline no hay esperanza.
Un estudiante parisino, de familia humilde, razonador, antipatriota, semianarquista —personajes que pululan en los cafés del Barrio Latino—, se alista como voluntario, imprevisiblemente, apenas suena el primer toque de clarín. Enviado al frente, en medio de esa carnicería mecanizada, comienza a envidiar la suerte de los caballos, que revientan como seres humanos pero sin frases altisonantes. Después de recibir una herida y una medalla, pasa por varios hospitales donde unos médicos astutos le persuaden a volver cuanto antes «al ardiente cementerio del campo de batalla». Enfermo, deja el ejército, parte hacia una colonia africana donde se asquea de la bajeza humana, agotado por el calor y la malaria tropicales. Después de haber entrado clandestinamente en América, trabaja en la Ford, y encuentra una fiel compañera en la persona de una prostituta (éstas son las páginas más tiernas del libro). De regreso a Francia, se hace médico de los pobres y, herido en el alma, vaga en la noche de la vida entre los enfermos y los sanos no menos dignos de lástima, depravados y desdichados.
Céline no se propone, en modo alguno, la denuncia de las condiciones sociales en Francia. Es cierto que, de paso, no perdona ni al clero, ni a los generales, ni a los ministros, ni siquiera al presidente de la República. Pero su relato se desarrolla siempre muy por debajo del nivel de las clases dirigentes, por entre gente humilde, funcionarios, estudiantes, comerciantes y porteros; incluso por dos veces se transporta más allá de las fronteras de Francia. Céline comprueba que la actual estructura social es tan mala como cualquier otra, pasada o futura. En general, está descontento de los hombres y de sus actos.
La novela está pensada y realizada como un panorama de lo absurdo de la vida, de sus crueldades, de sus conflictos y de sus mentiras, sin salida ni destello de esperanza. Un suboficial que atormenta a los soldados antes de sucumbir con ellos; una rentista americana que pasea su futilidad por los hoteles europeos; funcionarios de las colonias francesas embrutecidos por la codicia; Nueva York, con su automática indiferencia hacia los individuos sin dólares y su arte de desangrar implacablemente a los hombres; de nuevo París; el mundillo mezquino y envidioso de los eruditos; la muerte lenta, humilde y resignada de un niño de siete años; la tortura de una muchachita; pequeños y virtuosos rentistas que por economía matan a su madre; un cura de París y un cura de los confines de África, dispuestos los dos a vender a su prójimo por algunos centenares de francos, el uno aliado a los rentistas civilizados, el otro a los caníbales… De capítulo en capítulo, de página en página, los fragmentos de vida se van uniendo en una absurdidad, sucia, sangrienta, de pesadilla. Una visión pasiva del mundo, con una sensibilidad a flor de piel, sin aspiración hacia el futuro. Tal es el fundamento psicológico de la desesperación, una desesperación sincera que se debate en su propio cinismo.
Céline es un moralista. Mediante procedimientos artísticos, profana paso a paso todo lo que habitualmente goza de la más alta consideración: los valores sociales bien establecidos, desde el patriotismo hasta las relaciones personales y el amor. ¿La patria está en peligro? «La puerta no es lo suficientemente grande cuando se quema la casa del propietario… de todas las formas habrá que pagar». No necesita criterios históricos. La guerra de Dantón no es más noble que la de Poincaré: en ambos casos la «deuda del patriotismo» ha sido pagada con sangre. El amor está envenenado por el interés y la vanidad. Todos los aspectos del idealismo no son más que «instintos mezquinos revestidos de grandes palabras». Ni la imagen de la madre queda a salvo: cuando se entrevista con el hijo herido «lloraba como una perra a quien le han devuelto sus cachorros, pero ella era menos que una perra, pues había creído en las palabras que le dijeran para arrancarle al hijo».
El estilo de Céline está subordinado a su percepción del mundo. A través de este estilo rápido, que pudiera parecer descuidado, incorrecto, apasionado, vive, brota y palpita la verdadera riqueza de la cultura francesa, la experiencia afectiva e intelectual de una gran nación en toda su riqueza y sus más finos matices. Y, al mismo tiempo, Céline escribe como si fuese el primero en enfrentarse con el lenguaje. Este artista sacude de arriba abajo el vocabulario de la literatura francesa. Los giros gastados caen como una pelota lanzada. Por el contrario, las palabras proscritas por la estética académica o la moral resultan irremplazables para expresar la vida en su grosería y bajeza. En él, los términos eróticos sólo sirven para fustigar el erotismo; Céline los utiliza al igual que las palabras que designan las funciones fisiológicas no reconocidas por el arte.
Desde la primera página de la novela, el lector se encuentra de improviso el nombre de Poincaré: el presidente de la república, como se sabe por un número reciente de Le Temps, fue una mañana a inaugurar una exposición de perritos. Este detalle no ha sido inventado. El último número de Le Temps recibido en Prinkipo me trae esta noticia. «Albert Lebrun, presidente de la república, acompañado del coronel Rupied y de su Estado Mayor, ha visitado esta mañana la exposición canina». Evidentemente, ésta es una de las funciones de un presidente de la república, y no tenemos nada que reprocharle. Para Céline, esta mordaz alusión no se propone, manifiestamente, glorificar al jefe del Estado. En general, hasta a un frenólogo le sería difícil descubrir un átomo de respeto en este novel autor.
Ahora bien, el presidente Poincaré, el más prosaico, más seco y más insensible de todos los estadistas de la república, resulta ser el más autoritario de sus políticos. Desde su enfermedad se ha vuelto sagrado. Desde la derecha hasta los radicales, nadie cita su nombre sin añadir algunas palabras de patético reconocimiento. Incontestablemente, Poincaré es un producto neto de la burguesía, al igual que la nación francesa es la más burguesa de las naciones, orgullosa de su carácter burgués, fuente, según ella, de su papel providencial respecto al resto de la humanidad. Bajo apariencias refinadas, la arrogancia de la burguesía francesa es como un sedimento depositado a lo largo de los siglos. Los hombres de otras épocas —los que tenían gran misión histórica— legaron a sus descendientes una rica colección de ornamentos que servían para enmascarar el más terco conservadurismo. Toda la vida política y cultural de Francia se desarrolla con una vestimenta del pasado. Como en los países que viven en una economía hermética, los valores ficticios, en la vida francesa, siguen un curso obligado. Las fórmulas del mesianismo emancipador, desde hace mucho separadas de lo real, conservan una alta cotización. Pero si la pintura de los labios y los polvos de arroz sobre un rostro pueden considerarse como una hipocresía, una máscara es más que una falsificación, es, simplemente, un arma. La máscara existe independientemente del cuerpo, cuyos gestos y cuya voz le obedecen.
Poincaré es casi un símbolo social. Su altísima representatividad constituye una personalidad. No tiene otra. Ni en sus poemas de juventud —pues tuvo una juventud—, ni en sus memorias de anciano, se encuentra una sola nota personal. Su verdadero baluarte moral, la fuente de su énfasis glacial, son los intereses de la burguesía. Los valores convencionales de la política francesa han penetrado su carne y su sangre. «Soy burgués y nada de lo que es burgués me es ajeno». La máscara política se adhiere a su rostro. La hipocresía, tomando carácter absoluto, se ha convertido, en cierta forma, en sinceridad. El gobierno francés es tan amante de la paz, afirma Poincaré, que es incapaz de suponer segundas intenciones en su adversario. «Magnífica confianza de un pueblo que arropa a los otros con sus propias virtudes». Ya esto no es hipocresía ni falsificación subjetiva, sino el elemento obligatorio de un ritual, como la expresión de los sentimientos más sinceros al final de una carta pérfida. El escritor alemán Emil Ludwig preguntó a Poincaré, durante la ocupación del Ruhr: «¿Piensa usted que no queremos o que no podemos pagar?» Poincaré respondió: «Nadie paga de buena gana». En julio de 1931, por telegrama, Brüning pidió ayuda a Poincaré, y recibió como respuesta: «Sepa sufrir». El incorruptible notario de la burguesía desconoce la piedad.
Pero si el egoísmo individual, más allá de un cierto límite, comienza a devorarse a sí mismo, igual sucede con el egoísmo de la clase conservadora. Poincaré quería crucificar a Alemania, con la intención de librar a Francia, de una vez pata siempre, de toda inquietud. Sin embargo, las tendencias chovinistas suscitadas por el Tratado de Versalles —criminalmente suaves a los ojos de Poincaré— se han cristalizado, en Alemania, en la siniestra figura de Hitler. Sin la ocupación del Ruhr, los nazis no hubieran llegado tan fácilmente al poder. Y Hitler en el poder abre la perspectiva de nuevos combates.
La ideología nacional francesa está construida sobre el culto de la claridad, es decir, de la lógica. Pero ya no es la lógica atrevidamente activa del siglo XVIII, la que derrocó a todo un mundo. Es la lógica avara, prudente, dispuesta a cualquier clase de compromiso, de la tercera república. Con la misma altiva condescendencia con que los viejos maestros explican los procedimientos de su maestría, Poincaré habla en sus memorias de «esas difíciles operaciones del espíritu: la elección, la clasificación, la coordinación». Operaciones indiscutiblemente difíciles. No obstante, Poincaré no las efectúa en el espacio bidimensional de los documentos. Para él, la verdad no es más que el resultado de un auto judicial, una «razonable» interpretación de los tratados y de las leyes. El racionalismo conservador que dirige a Francia es casi tan tributario de Descartes como la escolástica medieval lo era de Aristóteles.
La glorificación del «sentido de la medida» se ha convertido en el sentido de la pequeña medida; el pensamiento tiende a quebrarse en mosaico. ¡Con cuánta amorosa minuciosidad describe Poincaré hasta los mínimos aspectos del oficio gubernamental! Cuando recibe el rey de Dinamarca la orden del Elefante Blanco, la describe como si se tratase de una miniatura preciosa: dimensiones, forma, diseño y color de esa ridícula baratija, nada es olvidado en sus memorias. Con todos los detalles de un atestado policiaco, Poincaré se describe en el concurso hípico, en compañía de la pareja real británica. El público, «vuelto hacia las tribunas, olvida las apuestas y las partidas, se despreocupa de los caballos y nos mira con insistencia». ¡Despreocuparse de los caballos para prestar atención al rey y al presidente, esto debe caracterizar la intensidad del patriotismo!
El estilo literario de Poincaré es tan carente de vida como el sepulcro del más antiguo de los faraones. Las palabras le sirven para determinar las cifras de las reparaciones, o para componer una ornamentación retórica. Compara su estancia en el palacio del Elíseo con la reclusión de Silvio Pellico en las prisiones de la monarquía austríaca. «En esos salones de dorada trivialidad, nada habla a mi imaginación». Pero esa dorada trivialidad es el estilo oficial de la tercera república. En cuanto a la imaginación de Poincaré, es una sublimación de tal estilo. Sus artículos y discursos hacen pensar en un esqueleto de alambre de púas, adornado con flores de papel y lentejuelas doradas.
Cuando amenazaba la guerra, Poincaré regresó por mar de San Petersburgo a Francia, no dejó pasar la ocasión para pintar el cromo siguiente en la inquieta crónica de su viaje: «El mar azul, casi desierto, indiferente a los conflictos humanos». Escribía exactamente igual, palabra por palabra, que durante sus exámenes de fin de curso en el liceo. Cuando Poincaré habla de sus preocupaciones patrióticas, enumera de paso todas las variedades de flores que adornaban su quinta de retiro: entre un telegrama cifrado y una conferencia telefónica, ¡un catálogo de florista! O aun, en los momentos más críticos, aparece un gato siamés, símbolo de la intimidad familiar. Es imposible leer esta acta autobiográfica sin una sensación de asfixia. Ningún personaje vivo, ningún sentimiento humano, pero sin embargo, con la mar «indiferente», los plátanos, olmos, jacintos, palomas y el obsesivo olor del gato siamés.
La vida tiene dos caras, una ostensible y oficial, dada para toda la vida, la otra secreta y más importante. Este desdoblamiento se hace sensible tanto, en las relaciones privadas como en las sociales, en la familia, en la escuela, en las salas del Palacio de Justicia, en el parlamento y en la diplomacia. Lo volvemos a encontrar en el desarrollo contradictorio de la sociedad humana y, naturalmente, en todas las naciones y pueblos civilizados. Las formas propias de tal desdoblamiento, las pantallas y las máscaras que usa, están teñidas con los vivos colores nacionales. En los países anglosajones, el elemento principal de ese sistema de dualidad moral es la religión. La Francia oficial se ha privado de este importante recurso. Mientras que la francmasonería británica es incapaz de concebir un universo sin Dios, un parlamento sin rey, una propiedad sin propietario, los francmasones franceses han tachado «al gran arquitecto del universo» de sus estatutos. En los asuntos políticos y las intrigas, las mentiras son tanto más eficaces cuanto más gordas: faltar a los intereses terrenos en provecho de una problemática celestial sería ir contra la lucidez. No obstante, los políticos, como Arquímedes, necesitan un punto de apoyo; hubo que reemplazar la voluntad del «gran arquitecto» por valores de otro origen. El primero fue Francia.
En ninguna otra parte se habla de tan buena gana de la «religión del patriotismo» como en esta república laica. Todos los atributos con que la imaginación humana gratifica al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, el burgués francés los transfiere a su propia nación. Y como Francia es del género femenino, inmediatamente reviste los rasgos de la Virgen María. El político aparece como el sacerdote laico de una divinidad secularizada. La liturgia del patriotismo, dotada de la última perfección, constituye un capítulo indispensable del ritual político. En el parlamento, hay palabras y giros que provocan automáticamente aplausos, de la misma manera que ciertas fórmulas litúrgicas provocan en el creyente la genuflexión y las lágrimas.
Hay, sin embargo, una diferencia. El dominio de la religión auténtica tiene su existencia propia, distinta de la de las prácticas cotidianas. Gracias a una estricta delimitación de las competencias, la posibilidad de choque es tan poco probable como la colisión entre un coche y un avión. Por el contrario, la religión laica del patriotismo choca directamente con la política de cada día. Los apetitos privados y los intereses de clase se oponen, a cada paso, al patriotismo puro. Por suerte, los adversarios son tan educados y, lo que es más importante, están de tal manera ligados por una común garantía que apartan los ojos de cada caso espinoso. La mayoría gubernamental y la oposición responsable respetan voluntariamente las reglas del juego político. La principal se puede enunciar así: de igual modo que el movimiento de los cuerpos está sujeto a las leyes de la gravedad, la acción de los políticos está sometida al amor a la patria.
Sin embargo, el sol del patriotismo también tiene sus manchas. Un exceso de indulgencia recíproca engendra un sentimiento de impunidad, y suprime las fronteras entre lo laudable y lo reprensible. Entonces se acumulan los gases mefíticos que, de vez en cuando, explotan y envenenan la atmósfera política. La quiebra de la Unión General, en Panamá, el proceso Dreyfus, el caso Rochette y el escándalo Oustric constituyen etapas memorables de la tercera república. Clemenceau fue salpicado por el escándalo de Panamá. Personalmente, Poincaré supo mantenerse siempre al margen, pero su política se alimentaba de las mismas fuentes. No sin razón, declara por maestro de moral a Marco Aurelio, que tan bien supo conciliar sus virtudes estoicas con las costumbres del Imperio Romano decadente.
«Durante los seis primeros meses de 1914, se lamenta Poincaré en sus memorias, presencié con mis propios ojos un sórdido espectáculo de intrigas parlamentarias y de escándalos financieros». Pero la guerra, como era de esperar, barrió de un solo golpe las codicias privadas. L’Union sacrée purificó los corazones. Lo que significa que las intrigas y las estafas desaparecieron entre los bastidores patrióticos, para tomar allí una amplitud nunca alcanzada antes. Mientras más problemático se hacía el resultado de la guerra en el frente, más se pudría la retaguardia, según Céline. La imagen de París durante la guerra está trazada en su novela con rasgos implacables. No hay mucho de política, pero hay algo más: el limo viviente del que se nutre.
Trátese de escándalos judiciales, financieros o parlamentarios, salta a la vista en Francia su carácter orgánico. La tenacidad, la parsimonia del campesino y del artesano, la prudencia del comerciante y del industrial, la ciega codicia del rentista, la cortesía del parlamentario y el chovinismo de la prensa, innumerables hilos conducen a nudos que tienen siempre por nombre genérico Panamá. En la trama de las relaciones, servicios, mediaciones, enchufes camuflados, hay millares de formas intermedias que van desde el civismo al asunto turbio. Tan pronto como un caso espinoso empaña el irreprochable tegumento de la anatomía política —cualesquiera que fueren el lugar y el momento—, aparece necesario proceder a una encuesta parlamentaria o judicial. Pero surge entonces una dificultad: ¿por dónde comenzar y dónde detenerse?
Sólo cuando Oustric quebró inoportunamente, sé descubrió que, en casa de este argonauta, hijo de pequeños tenderos, diputados, periodistas, antiguos ministros y embajadores servían como mensajeros con su nombre o con nombre falso; que los informes favorables al banquero cruzaban los ministerios con la rapidez de un rayo, mientras que los que podían perjudicarlo se demoraban en el camino hasta que resultaban inofensivos. Gracias a los recursos de su imaginación, a sus relaciones mundanas y a la complicidad de los periódicos, este mago de las finanzas hacía fortunas, tenía en sus manos el destino de miles de personas, compraba —palabra grosera, pero intolerablemente exacta—, recompensaba, mantenía, estimulaba, animaba a la prensa, a los funcionarios y a los parlamentarios. Y casi siempre de forma imperceptible. Cuanto más se desarrollaban los trabajos de la comisión de encuesta, más se hacía evidente que la instrucción no llegaría a nada. Donde se esperaba encontrar delitos no aparecían más que anodinas relaciones entre la política y las finanzas, donde se buscaba él foco de infección sólo se encontraba tejido sano.
Como abogado, X… defendía los intereses de las empresas de Oustric, como periodista, preconizaba un sistema aduanero que coincidiera con los intereses de Oustric; en calidad de representante del pueblo, se especializaba en el examen de las tarifas aduaneras. ¿Y como ministro?… La comisión se ocupó interminablemente de la cuestión de saber si X…, en su condición de ministro, continuaba percibiendo sus honorarios de abogado, o si, en el intervalo de dos crisis ministeriales, su conciencia permanecía cristalina. ¡Cuánta pedantería moral en la hipocresía! Raoul Peret, ex presidente de la Cámara de Diputados, resultó ser el candidato de los delincuentes comunes. Y, sin embargo, en su profunda corrección, se comportaba «como todos los demás», posiblemente con menos prudencia, en todo caso con menos suerte. «¡Telón!», gritan los patriotas irritados. Cayó el telón. De nuevo se establece el culto de la virtud, y la palabra «honor» provoca una salva de aplausos en los bancos del Palais-Bourbon.
Sobre el fondo del «inmutable espectáculo de las intrigas parlamentarías y de los escándalos financieros», como dice Poincaré, la novela de Céline reviste una doble significación. No por acaso la prensa bien pensante, que en su tiempo se indignaba de la publicidad dada al caso Oustric, acusó inmediatamente a Céline de difamar a la «nación». La comisión parlamentaria había llevado a cabo su encuesta con el cortés lenguaje de los iniciados, del que no se apartaban ni acusados ni acusadores (la línea divisoria de las aguas no estaba siempre bien definida entre ellos). Por su parte, Céline está libre de todo convencionalismo, rechazando brutalmente los vanos colores de la paleta patriótica. Tiene sus propios colores, que ha arrancado a la vida en virtud de sus derechos de artista. Es verdad que no aprehendía la vida en los escaños parlamentarios ni en las altas esferas gubernamentales, sino en sus manifestaciones más comunes. No por ello es más fácil su tarea. Levantando los velos superficiales de la decencia, descubre las raíces, descubre el cieno y la sangre. En su siniestro panorama, el asesinato por un pequeño beneficio pierde su carácter excepcional, y está tan unido a la mecánica cotidiana de la vida, transformada por el provecho y la codicia, como lo está el caso Oustric a la mecánica más elevada de las finanzas modernas. Céline muestra lo que es, por eso tiene el aspecto de un revolucionario. Pero no es un revolucionario, ni quiere serlo. No apunta al blanco, quimérico para él, de reconstruir la sociedad. Quiere solamente arrancar el prestigio que rodea a todo lo que le espanta y atormenta. Para descargar su conciencia ante los horrores de la vida, este médico de los pobres necesitó nuevas reglas estilísticas. Ha resultado ser un revolucionario de la novela. Tal es, en general, la condición del movimiento en el arte: el choque de tendencias contradictorias.
No sólo se gastan los partidos en el poder, sino también las escuelas artísticas. Los procedimientos de la creación se agotan y cesan de herir los sentimientos del hombre: es el signo inconfundible de que una escuela está madura para entrar en el cementerio de las posibilidades agotadas, es decir, en la Academia. La creación viva no puede salir adelante sin desviarse de la tradición oficial, de las ideas y sentimientos canonizados, de las imágenes y giros impregnados de la lacra de la costumbre. Cada nueva orientación busca un nexo más directo y sincero entre las palabras y las percepciones. La lucha contra la simulación en el arte se transforma siempre, más o menos, en lucha contra la falsedad de las relaciones sociales. Porque es evidente que si el arte pierde el sentido de la hipocresía social, cae inevitablemente en el preciosismo.
Cuanto más rica y compleja es una tradición cultural nacional, más brutal es la ruptura. La fuerza de Céline reside en que rechaza, con una tensión extrema, todos los cánones, viola todos los convencionalismos y, no contento con desnudar la vida, le arranca la piel. De aquí la acusación de difamación. Pero precisamente, aunque reniega violentamente de la tradición nacional, Céline es profundamente nacional. Como los antimilitaristas de la preguerra, en su mayoría patriotas desesperados, Céline, francés hasta la médula de los huesos, retrocede ante las máscaras oficiales de la tercera república. El «celinismo» es un antipoincarismo moral y artístico. En esto reside su fuerza, pero igualmente sus límites.
Cuando Poincaré se compara a Silvio Pellico, esta fría combinación de fatuidad y de mal gusto es estremecedora. Pues el verdadero Pellico, no el de Poincaré encerrado en un palacio en calidad de jefe de Estado, sino el que fue arrojado a las mazmorras de Santa Margarita y de Speilberg por su condición de patriota, ¿no nos hace descubrir otro aspecto más elevado de la naturaleza humana? Dejando de lado a este italiano católico y practicante —más bien una víctima que un combatiente—, Céline hubiera podido señalarle al alto dignatario, «prisionero del Palacio del Elíseo», otro prisionero que pasó cuarenta años en las cárceles francesas antes de que los hijos y los nietos de sus carceleros diesen su nombre a un bulevard parisiense: Augusto Blanqui.
¿No significa esto la existencia en el hombre de algo que le permite elevarse por encima de sí mismo? Si Céline desdeña la grandeza de alma y el heroísmo de los grandes designios y de las esperanzas, de todo lo que hace salir al hombre de la noche oscura de su propio yo, es por haber visto a tantos sacerdotes jugosamente pagados servir en los altares del falso altruismo. Implacable consigo mismo, el moralista huye de su imagen reflejada en el espejo, rompe la luna y se corta la mano. Semejante lucha agota y no abre perspectiva alguna. La desesperación conduce a la resignación. La reconciliación abre las puertas de la Academia. Y, más de una vez, los que minaron las convenciones literarias terminaron la carrera bajo la Cúpula.
En la música del libro, hay disonancias significativas. Rechazando no sólo lo real, sino también lo que podía sustituirlo, el artista mantiene el orden existente. En este sentido, quiéralo o no, Céline es un aliado de Poincaré. Pero, al descubrir el engaño, sugiere la necesidad de un futuro más armonioso. Aunque estime que nada bueno saldrá del hombre, la intensidad de su pesimismo lleva en sí el antídoto.
Céline, tal cual es, es fruto de la realidad y de la novela francesa. No tiene de qué avergonzarse. El genio francés ha encontrado en la novela una expresión inigualada. A partir de Rabelais, también médico, una magnífica dinastía de maestros de la prosa épica se ha ramificado durante cuatro siglos, desde la risa enorme de la alegría de vivir, hasta la desesperación y la desolación, desde la aurora esplendorosa hasta el fin de la noche. Céline ya no escribiría otro libro donde brillen tanto la aversión de la mentira y la desconfianza de la verdad. Esta disonancia debe resolverse. O el artista se acostumbra a las tinieblas, o verá la aurora.
“Céline y Poincaré”, pertenece al libro “Sobre arte y cultura”, de Leon Trotsky. Consultar la fuente original para mayor precisión en el texto.