Una defensa de los planetas – Por Gilbert Keith Chesterton

Hace un tiempo supe de la existencia de un libro titulado Terra Firma: la Tierra no es un planeta. Su autor era un tal Mr. D. Wardlaw Scott, y citaba muy en serio las opiniones de un gran número de personajes de los que jamás hemos oído hablar, pero que, evidentemente, son muy importantes. El Sr. Costa del Mar del Sur, por ejemplo, cree que el mundo es plano; y tal vez lo sea, en efecto, en el Mar del Sur. Pero, aunque no forma parte de mi presente propósito seguirlos con detalle, sobre la base de los mismos argumentos de Mr. Scott podría demostrarse que la tierra es plana y, si vamos al caso, incluso que es triangular. Bastarán unos ejemplos.

Una de las objeciones de Mr. Scott consiste en que si se dispara un proyectil desde un cuerpo en movimiento hay una diferencia en la distancia que éste puede alcanzar según la dirección en que es lanzado. Pero, como en la práctica no existe la menor diferencia comoquiera que se ejecute la acción, en el caso de la tierra «tenemos una forzosa abolición de todas las fantasías relativas al movimiento de la tierra, y una sorprendente demostración de que la tierra no es un globo».

Éste es decididamente uno de los argumentos más extraños que hemos conocido. Nunca parece ocurrírsele al autor, entre otras cosas, que cuando tanto el lanzamiento como la caída del proyectil se producen en el cuerpo en movimiento, no hay nada con lo que se puedan comparar. De hecho, desde luego, un proyectil lanzado contra un elefante a menudo viaja en realidad hacia el tirador, aunque mucho más lentamente de lo que el tirador viaja. Probablemente a Mr. Scott no le habría gustado considerar el hecho de que el elefante, en estricto sentido, se gira para golpear la bala. Para nosotros se antoja lleno de un gran sentido del humor.

Sólo pondré otro ejemplo de sus pruebas astronómicas. «Si la tierra fuera un globo, la distancia, siguiendo la superficie, hasta los 45o de latitud sur no podría ser mayor que la distancia hasta la misma latitud norte; pero, puesto que los navegantes encuentran que hay el doble de distancia —⁠cuando menos⁠— o dos veces la distancia que debería haber según la teoría esférica, ello constituye una prueba de que la tierra no es un globo».

Esta clase de cosas reduce a pulpa mi mente. Apenas puedo soportar que alguien diga que si la tierra fuera esférica los gatos no tendrían cuatro patas; pero, si alguien dice que, si la tierra fuera esférica, los gatos no tendrían cinco patas, acaba de aplastarme.

No obstante, como he señalado, no es el aspecto científico de esta sorprendente teoría el que me interesa en este momento, sino más bien la diferencia entre el mundo plano y el redondo como concepciones del arte y la imaginación. Es muy digno de notar que ninguno de nosotros es verdaderamente copernicano en nuestra perspectiva de las cosas. Estamos intelectualmente convencidos de que habitamos un pequeño planeta de provincias, pero no tenemos la menor sensación de vivir a las afueras. Los hombres de ciencia han mostrado su desacuerdo con la Biblia porque ésta no se basa en el verdadero sistema astronómico, pero ciertamente el ortodoxo puede responder que, de haberse basado en él, nunca habría convencido a nadie.

Si existiera un solo poema o una sola historia verdaderamente imbuidos de la idea copernicana, sería una pesadilla. ¿Podemos imaginar una escena solemne de serenidad en la montaña en la que un profeta se halla en trance y, a continuación, advertir que toda ella se desplaza a gran velocidad como un zoótropo que gira a diecinueve millas por segundo? ¿Podríamos soportar la idea de un poderoso rey que dicta un fíat sublime y, a continuación, recuerda que está colgando cabeza abajo en el espacio? Podría escribirse una extraña fábula sobre alguien que hubiera sido bendecido o maldito con la mirada copernicana y viera a todos los hombres sobre la faz de la tierra como tachuelas arracimadas alrededor de un imán. Sería curioso imaginar lo muy distinto que sonaría el discurso de un egoísta agresivo que proclama la independencia y divinidad del hombre si lo viéramos colgando de sus botas del planeta.

A pesar del horror de Mr. Wardlaw Scott a la astronomía newtoniana y su contradicción de la Biblia, la distinción es un buen ejemplo de la diferencia que existe entre la letra y el espíritu; la letra del Antiguo Testamento se opone a la concepción del sistema solar, pero el espíritu tiene un gran parentesco con ella. Los autores del Libro del Génesis no tenían ninguna teoría de la gravitación, lo que para la persona normal y corriente representará un hecho de tanta importancia como que no tuvieran paraguas. Sin embargo, la teoría de la gravitación contiene algo curiosamente hebreo —⁠una mezcla de dependencia y certeza, un sentido de unidad en pugna que hace que todas las cosas pendan de un hilo⁠—. «Tú has suspendido el mundo de la nada», dijo el autor del Libro de Job. Y en esa frase se escribió toda la atroz poesía de la astronomía moderna. El sentido de lo precioso y frágil del universo, la sensación de estar en el hueco de una mano es algo que la redonda y ondulada tierra nos ofrece en su forma más emocionante. La tierra plana de Mr. Wardlaw Scott sería el verdadero territorio donde se sentiría cómodo un ateo. Y los judíos antiguos no habrían tenido ninguna objeción a estar boca abajo ni boca arriba. No tenían ideas estúpidas sobre la dignidad del hombre.

Sería una especulación interesante imaginar lo que ocurriría si el mundo alguna vez desarrollara una poesía y una fantasía copernicanas; si alguna vez hablaríamos de «temprano giro terrestre» en lugar de «temprana salida del sol» o si alguna vez sería indiferente hablar de mirar arriba a las margaritas o mirar abajo a las estrellas. Pero si esto ocurriera alguna vez, verdaderamente hay un inmenso número de hechos grandes y fantásticos que nos aguardarán y serían dignos de formar una nueva mitología. Mr. Wardlaw Scott, por ejemplo, con genuina aunque inconsciente imaginación, afirma que, según los astrónomos: «el mar es una vasta montaña de agua de millas de altura». Haber descubierto esa montaña de cristal en movimiento en la que los peces anidan como pájaros es como descubrir la Atlántida: basta para rejuvenecer de nuevo al viejo mundo. En la nueva poesía que estamos considerando jóvenes atletas concebirían el firme propósito de escalar la cara del mar. Si alguna vez percibiéramos la tierra tal como es, nos hallaríamos en una tierra de milagros; estaríamos descubriendo un nuevo planeta en el preciso momento en que descubríamos el nuestro. Entre todas las cosas extrañas que los hombres han olvidado, el fallo más universal y catastrófico de su memoria es haber olvidado que habitan una estrella.

En los primeros días del mundo, el descubrimiento de un hecho de historia natural iba inmediatamente seguido de la percepción del mismo como un hecho poético. Cuando el hombre despertó del largo episodio de ensimismamiento que es llamado automático estado animal y comenzó a advertir los extraños hechos de que el cielo era azul y la hierba era verde, comenzó de inmediato a emplearlos simbólicamente. El azul, el color del cielo, se convirtió en un símbolo de sacralidad celestial; el verde se introdujo en la lengua para designar la juventud que raya en la poca inteligencia. Si tuviéramos la buena fortuna de vivir en un mundo en el que el cielo fuera verde y la hierba azul, el simbolismo sería diferente. Pero, por alguna misteriosa razón, este hábito de percibir poéticamente los hechos de ciencia se ha interrumpido bruscamente con el progreso científico, y todos los desconcertantes portentos preconizados por Galileo y Newton han caído en oídos sordos. Ellos pintaron un cuadro del universo en comparación con el cual el Apocalipsis con sus meteoritos era un mero paisaje idílico. Sostuvieron que nos hallamos surcando el espacio colgados de una bala de cañón, y los poetas lo ignoran como si se tratara de un comentario sobre el tiempo. Afirmaron que una fuerza invisible nos mantiene sujetos a nuestro sillón mientras la tierra avanza a toda velocidad como si fuera un bumerán y, sin embargo, los hombres siguen desempolvando viejos testimonios para demostrar la misericordia de Dios una y otra vez. Nos dicen que la monstruosa visión de Mr. Scott de una montaña de agua de mar que se yergue formando una sólida cúpula, como la montaña de cristal del cuento de hadas, es real, pero los hombres siguen volviendo a los cuentos de hadas. ¡A qué imponentes alturas de la imaginación poética podrían haber llegado si la poetización de la historia natural no se hubiera interrumpido y la fantasía del hombre hubiera jugado con los planetas del mismo modo que ha jugado con las flores! Podríamos haber tenido un patriotismo planetario en el que la hoja verde sería un adorno de sombrero y el mar una eterna danza de tambores. Podríamos haber estado orgullosos de lo que nuestra estrella ha forjado luciendo su blasón con arrogancia en el torneo ciego de las esferas. Cierto es, desde luego, que todo esto aún podríamos hacerlo; pues, a pesar de la multiplicidad de los conocimientos, queda algo que el hombre felizmente ignora todavía: si el mundo es ya viejo o aún joven.

“Una defensa de los planetas”, pertenece al libro “El acusado”, de Gilbert Keith Chesterton. Consultar la fuente original para mayor precisión en el texto.