Desde Europa asesina – Por Rodolfo Enrique Fogwill

Otro turco: Saer. Turco de campo, nativo de Serodino. Uno de los mayores poetas de la segunda mitad del siglo. Otro de ellos. Pero muy poco atendido como poeta, a causa de su estatura de narrador. Uno de los mejores, me repito. Estoy inhabilitado para ajustar mis cuentas con Saer, narrador. Esto por el abismo que separa su obra juvenil y madura, con sus libros recientes. A diferencia de las novelas por encargo de autores latinoamericanos asfixiados por el éxito, el García Marketing de El general en su laberinto o el Vargas de La guerra del fin del mundo, los productos de Saer, que no pude dejar de recibir como libros para el mercado, profesionales, obviables, son obras que parecen nacidas de un programa perfecto, compuesto para generar obras de Saer que prueben nuevamente su capacidad para enfrentar los desafíos metodológicos de la novela, dándoles la respuesta más elegante y menos haragana que merecen. Pero…

¿Pero qué? Hay que pensarlo. No te dejan. Dar un ejemplo: en esta lengua han de haber cientos de escritores en formación, que no han leído a Saer. Cualquiera de ellos que descubra a Saer por uno de sus últimos libros tendrá la felicidad de leerlo retrospectivamente, descubriendo —en orden, desde El entenado, Nadie nada nunca, El limonero real— cada vez un motivo mejor para admirarlo. Circunstancialmente, si llega a sus manos, podrá leer su poesía como la poesía de un narrador, o como un ejercicio de escritura apreciable, que no le agrega nada. Yo vengo de un viaje inverso. Impulsado por sus relatos, que me presentaron a un autor ineludible, encontré El limonero y Nadie nada nunca, dos novelas que conceden tan poco a la facilidad, que aún hoy parecen destinadas sólo a escritores, críticos del propio bando y a visitas guiadas por la cátedra. Después, a comienzos de los ochenta, apareció un libro permeable a todo público —El entenado— pero hasta los más fieles a sus novelas de culto, obras imprescindibles, reconocimos que ese plus de transparencia no sacrificaba nada de lo que venerábamos en el autor. Y ahí vino el corte. Glosa, La ocasión, otro que leí y no recuerdo, y el último, cuyo título recuerdo y que no leí: apenas lo revisé para confirmar su indiscutible calidad de producto, y mi temor de que, si me librase a leerlo, volvería a sentir la ausencia del Saer necesario. Mejor releerlo que verlo ahí.

Y no a causa del efecto de senectud o agotamiento que se encuentra en los relatos de Los conjurados de Borges. Es algo peor: las mismas facultades, tal vez, más energía y las mismas ganas de eludir la facilidad y los tópicos que reclama la industria, y hasta la misma revelación de que por ahí atrás estuvo el trabajo de un autor de verdad. El mismo, igual, pero llamado a silencio. Como si hubiese cobrado una cometa, sin ceder el derecho a decir lo mismo, pero privando a sus diálogos, a la mirada de sus personajes, al lenguaje de sus héroes que vuelven a aparecer en sus libros, y que a diferencia de Saer, parecen agotados, reventados. Quién sabe cómo es la carga de imágenes que él se lleva a Europa al regresar de sus vacaciones en el país. Quizás porque no quiere dar testimonio de algo que vio, y teme decir. Debo estar equivocándome. ¿Se creerá que un resignado convencido de que nunca conseguirá una obra que merezca la devoción que entregó a El limonero y Nadie, se manifieste exento de cualquier envidia a Saer? No es lo que quería decir. Alguien se ocupará de dar cuenta de recientes intervenciones públicas de Saer que prueban que el creador de Tomatis, Pichón Garay y su mellizo, Washington Noriega, Higinio López, Layo, El Ladeo, (ven que a estos sí, los puedo enumerar de memoria), fracasó en crear su personaje público y que van demasiadas veces que abre una polémica con Borges y con el sentido común borgeano que a nadie interesa y de cuya autenticidad todos descreen. Y sin embargo el mismo que en sus libros desarmó a Tomatis de ingenio, cinismo, autenticidad, convirtiéndolo casi en un pelele, tropieza contra el mundo e inaugura un personaje público que nos devuelve a Saer y a nuestras mejores expectativas hacia su producción venidera. El mundo le cayó en su casa, bajo la forma de pregunta de una periodista de La Voz del Interior. Al cabo de una larga charla sobre Borges y sobre sus proyectos novelísticos, aparece la pregunta por los Balcanes, y calla el personaje de prensa y reaparece el autor de En la zona: «Me parece inadmisible para un intelectual aceptar la propaganda de la OTAN o de los gobiernos occidentales haciéndonos creer que esa propaganda tiene mayor justificación que la de Milosevic. Yo no tengo por qué elegir entre Milosevic y los albaneses, tampoco tengo que elegir entre la depuración de Milosevic y los bombardeos de la OTAN. Estoy en contra de la guerra. Se llegó a esta situación por la falta de credibilidad de las Naciones Unidas, que no pudieron integrar un ejército de todos los países, incluidos serbios y albaneses, con el objetivo, no de favorecer a unos o a otros, sino de impedir que sufra la población civil».

Parece light. Parece la respuesta que habría dado en la Argentina cualquier humanista argentino para salir del paso. Pero no estamos en París y no es chiste. Un sistema político cultural que tolera filósofos marxistas convertidos a la fe islámica y al fundamentalismo antisionista. Pero que no tolera cambios de rol en la comedia del arte de la escena ideológica. Volvió a aparecer el santafesino auténtico que ni la eclosión desarrollista, ni el facilismo althusseriano, ni la promesa montonera pudieron sobornar pese a tantas nociones y emociones compartidas. Y el aguafiestas de Tomatis estaba respondiendo ahí. Como su personaje alguna vez, en alguna página, nombró la teta frente a la poetisa amputada; Saer puso en la mesa al ausente de todas las discusiones ideológicas: la OTAN que bombardea, la población civil que sufre. La mayor denuncia a la Europa asesina, que por ahora, sólo desde aquí podemos juzgar.

 

“Desde Europa asesina”, pertenece al libro “Estados alterados”, de Rodolfo Enrique Fogwill. Consultar la fuente original para mayor precisión en el texto.