Borges o el valor – Por Juan Gelman

En febrero de 1986, en Ginebra, con Borges internado en una clínica no mucho antes de morir, imaginé que “Borges cita a los guapos tanto que da la impresión de que quien escribe es un guapo que cita a Borges. Esto suena a calumnia o falsedad. Pero pienso que, efectivamente, un guapo se tomó el trabajo de ser Borges para que algunos milagros o alucinaciones de la pérdida o la nada abandonaran su fortuita condición y se instalaran en la espera de vida que tiembla en todo texto. Creo que las famas cuchilleras, las topadas, los corajes inauditos y barriales que constelan el ser y no ser de cada guapo son materia que dejó atrás, por insignificante, el guapo de verdad, el que eligió ser Borges, el que quiso apuñalar al tiempo para detenerlo o atrasarlo, el que peleó incansablemente combates de papel y conocía su derrota de antemano”.

Borges exaltó el coraje gratuito, “el valor individual, quiero decir, personal -abundó en 1982, en un documental de Arts International que él habló en inglés-. La gente tiene que adorar cosas. ¿Por qué no ha de adorar el valor? Eso lo hicieron bien los nórdicos y también los sajones. Adoraron el valor sólo por adorarlo. Y no por una causa o algún sacrificio Oo por morir por su país o por su fe”. Sin embargo, hacia 1970, en la estupenda entrevista que Tomás Eloy Martínez le hiciera por el Canal 7 de Buenos Aires -en el programa “Cuentos de medianoche” del que Pirí Lugones, “desaparecida” por la dictadura militar, fue la productora- Borges había abjurado de “El hombre de la esquina rosada”, confesado que ese cuento no le gustaba, indicado que el mundo de los guapos le era ajeno, aclarado que su literatura sobre el tema era “un artificio” y descalificado a los guapos en general porque eran “punteros de comité” al servicio de los políticos de turno.

Borges invirtió años en mitificar ese tipo de valor, declarando casi inequívocamente que él no lo poseía. Véase “El puñal”, texto de 1930: el arma sueña en un cajón con el hombre que la empuñe para lo que fue forjada: matar; a Borges, el puñal le da lástima. “Tanta dureza, tanta fe, tan impasible e inocente soberbia. Los años pasan, inútiles”. La misma idea insiste en “El encuentro”, en que dos puñales de cuchilleros tal vez difuntos usan a dos hombres para enfrentarse otra vez y Borges sugiere que esa pelea, terminada, sigue latiendo para resurgir. Como si atemperara el valor del coraje humano, convertido en mero instrumento de la. rabia del metal. Tal vez convencido de la pequeñez de esa dimensión en Buenos Aires, Borges remitió a ocho siglos atrás su admiración por coraje personal y la reubicó en las sagas nórdicas y los héroes de epopeya anglosajona. A esas distancias no le resultaba intolerable.

Es conocido el despiste y aun horror de las opiniones políticas de Borges. Elogió a Videla después de memorable almuerzo, se dejó condecorar por Pinochet, opinó en la España posfranquista que todo era mejor con Franco, decidió que a James Carter había que propinarle un golpe de Estado. Pero en 1981, en plena dictadura militar y antes de la guerra de las Malvinas, firmó la solicitada que las Madres de Plaza de Mayo lograron publicar en La Premsa en reclamo de sus hijos desaparecidos. A un agente de los servicios, presunto locutor, que lo interrogó al respecto a micrófono abierto, Borges confirmó que había dado su firma para la solicitada y la audición se interrumpió abruptamente. A diferencia de otros intelectuales, que nunca supieron reconocer sus agachadas frente a la dictadura militar Borges reconoció sus errores; en el documental mencionado aclaró: “Al ser ciego y no leer los diarios, yo era muy ignorante. Pero la gente viene a mi casa (la dictadura seguía en el poder,) a contarme historias tristes sobre la desaparición de sus hijas, esposas, hijos, así que ahora estoy bien enterado. Durante un tiempo no supe nada de nada, las noticias no me llegaban, pero ahora esas cosas no pueden ser ignoradas. Sí, mucha gente me ha acusado de no estar al día. Pero, ¿qué podía hacer yo? Vivo solo, no conozco mucha gente, no leo los diarios. Sólo escucho lo que mis amigos me dicen y ellos pertenecen a otra clase. Pero ahora claro que sé sobre toda esa miseria y todos esos crímenes, uno detrás de otro. Es por eso que no hablé antes. “Ignorancia, querida señora, mera ignorancia”, como decía el Dr. Johnson. Ahora creo que sé más y me siento triste, amando como amo a mi país”. Dijo Borges, con tristeza en la voz y una mueca a modo de sonrisa.

En 1984, al morir Julio Cortázar, La Nactón dedicó una página entera del suplemento literario al acontecimiento y, con las honrosas excepciones de Héctor Yánover y Norah Lange, todos los solicitados se dedicaron a ningunear al fallecido por sus posiciones de izquierda y procubanas. Como Ernesto Sábato, que destinó la mayor parte de sus disquisiciones a explicar que él, en realidad, no pensaba como el muerto. Días después, en Clarín aparecía una opinión de Borges, quien se declaraba honrado de haber publicado el primer texto de Cortázar que vio la luz -Casa tomada- y que en un breve párrafo final (aplicable al propio Borges) aludía al contexto: “Julio Cortázar ha sido condenado, o aprobado, por sus opiniones políticas. Fuera de la ética, entiendo que las opiniones de un hombre suelen ser superficiales y efímeras”. Así responde la grandeza a la mezquindad, y a la cobardía, el valor verdadero.

28 de octubre de 1993

“Borges o el valor”, pertenece al libro “Prosa de prensa”, de Juan Gelman. Consultar la fuente original para mayor precisión en el texto.