Sobre la simetría en la estética de Goethe – Por Alfonso Reyes

Cada vez que quiero evocar, panorámicamente, a las criaturas de Goethe, creo ver un jardín simétrico, distribuido con la precisión de contornos con que nos aparecen las posesiones bajas del barón Eduardo, miradas desde su castillo, o como lo habría planeado aquel extravagante que, dice Hoffmann, viajaba por el mundo a caza de bellas perspectivas y, corrigiéndolas a su capricho, hacía talar un bosque, o plantar nuevos árboles, o cegar un arroyo, o abrir una fuente, según conviniese a la concepción ideal, a la que, como a un arquetipo, quería ajustar los paisajes de la tierra. Paseando en el jardín, y con la rigurosa indumentaria de la época (cosa que no suele acontecerme con las creaciones de otros autores, y quizás con éstas me suceda porque, en la lectura de las memorias de Goethe, noté que describía siempre y recordaba con particular atención los menores detalles de su vestido), creo mirar también a Fausto y a Margarita enamorándose con juegos, y, después, a Mefistófeles y a Marta diciéndose cosas deshonestas, según aparecen en la escena. Esto pasa en lo penumbroso del huerto. En lo más sombrío, y mirando a las campesinas llenar sus cántaros en los pozos, distingo a Werther, quier hojea las páginas de Homero o las del que entonces era Ossián, según que esté alegre o que se aflija. Y, en coro agitado, la danza alternada de los amantes y de los indiferentes (motivo de una Liad del poeta) deja ver, por tiempos sucesivos, para ocultarles luego tras de la verdura y la arboleda, la pareja de los amantes, la pareja de los indiferentes. Por fin aparece todo el cuadro central de las Afinidades electivas, que yo no concibo sino como en danza, también, de los personajes impares —Eduardo, Carlota, Otilia, el Capitán, el Arquitecto—, donde cada uno, igual que en un baile conocido, se fuera, por turno, quedando solo y sin compañía. Es decir, que todo me parece como un ejercicio de simetría en función de la naturaleza.

En la escena del jardín de Fausto no puede haber más simetría: las figuras nobles pasan hablándose de amor; las innobles les siguen, insinuando cosas vulgares. Corresponde esta escena a la Lied que acabo de recordar: la pareja de amantes puede ser la misma de Fausto y Margarita: la de indiferentes la podrían formar Marta y Mefistófeles.

LOS INDIFERENTES. —Llega, hermosa mía, y ven a danzar conmigo, pues la danza conviene a la fiesta. Si no eres aún mi tesoro, lo serás un día; y si esto no llega ¿qué importa? ¡Dancemos! Llega, hermosa mía, y ven a danzar conmigo: la danza decora las fiestas.

LOS AMANTES.—Sin ti ¿qué serían las fiestas, amada? Sin ti, mi dulce tesoro, ¿qué sería la danza? Si no fueras mía, yo no danzara. ¡Oh, quédate siempre a mi lado, que sólo así es fiesta la vida! Sin ti, bien amada, ¿qué serían las fiestas? Sin ti, mi dulce tesoro, ¿qué serían las danzas?

MARTA. —Llega la mala estación, y es duro arrastrarse hacia la tumba sin compañero.

MEFISTÓFELES. —¡En eso pienso yo con espanto!

MARTA. —Y por eso, mi digno señor, fuerza será prevenirse cuando aún es tiempo.

FAUSTO. —Una mirada, una palabra tuyas, valen más que la sabiduría toda del mundo.

MARGARITA. —¡Cómo! ¿Besasteis mi mano, señor?

Simetría, paralelismo hay también en los estados sucesivos del joven Werther, que lee, cuando hay primavera en los campos y en su corazón, los poemas homéricos; y cuando el otoño llega a los campos y a su alma, los poemas gaélicos; y en el invierno, al fin, se suicida, recordando el clásico mito de Deméter, que llora o se alegra según que el calor de la vida (su hija Perséfone robada por el monarca subterráneo) se contrae al centro de la tierra o regresa a la superficie.

La simetría de las Afinidades electivas es demasiado manifiesta y muy voluntariamente lograda. No creo que nadie la desconozca.

El mismo Fausto —incluyendo la segunda parte— es obra simétrica si bien se mira, por mucho que la lectura resulte intrincada y áspera en razón de la multiplicidad y el raro simbolismo de los personajes.

La simetría en las tragedias clásicas venía a ser como la ley moral, emanada de aquella compensación que trae siempre consigo la fatalidad castigadora. En cuanto a la simetría puramente exterior, en Sófocles la hay casi constantemente; en Shakespeare suele notarse, con vaguedad y algo vacilante, como en El Rey Lear y en El sueño de una noche de verano; en Ibsen suele hallársela más manifiesta, como en Los espectros y en Juan Gabriel Borkman. En las obras de Goethe, salvo en el Goetz de Berlichingen y algunas otras secundarias, es fácil notar la simetría. ¿Habéis advertido ya cuántos efectos toma a la superstición y a la magia? Pues la simetría no es más que una forma de superstición o de magia. Los cuadros, los círculos, siempre fueron signos de los magos. Y las coincidencias —que son simetrías— siempre dieron motivo a supersticiones. Las cualidades del número perfecto de los pitagóricos resultan de su simetría solamente. Y que Goethe fuera supersticioso, como alemán, lo comprobará fácilmente quien busque en sus memorias aquel trozo en que cuenta cómo, yendo a caballo por el campo, se vio venir con rumbo opuesto, también a caballo, y vistiendo traje de botones dorados. Y dice que, años después, con ese traje y con ese rumbo, cruzaba por el propio camino.

“Sobre la simetría en la estética de Goethe”, pertenece al libro “Obra Completa, Volumen I. Cuestiones estéticas. Capítulos de literatura mexicana. Varia”, de Alfonso Reyes.