Fueron tiempos hermosos y resplandecientes en los que Europa era una tierra cristiana, cuando en esta parte del mundo habitaba una cristiandad organizada humanamente; un enorme interés comunitario vinculaba las provincias más remotas de este vasto reino espiritual. Sin grandes posesiones mundanas, un líder conjuntaba y dirigía las enormes fuerzas políticas. Un gremio numeroso, accesible a todos, se encontraba directamente subordinado a él, cumplía sus exhortaciones y con entusiasmo aspiraba a consolidar su poder caritativo. Cada miembro de esa sociedad era honrado por todas partes, y si la gente ordinaria buscaba en él consuelo o apoyo, protección o consejo, con gusto la ayudaba en sus diversas necesidades. Así, en los poderosos encontraban resguardo, prestigio y audiencia; todos cuidaban de estos hombres elegidos y dotados de fuerzas sorprendentes, como niños del cielo, cuya presencia y encanto infundían múltiples bendiciones. Los hombres depositaban una confianza infantil en su revelación. ¡Con qué serenidad podía llevar a cabo cada quien su jornada terrena, pues a través de estos hombres santos se les deparaba un futuro seguro y eran absueltos de cada falta, y cada instante turbio de la vida era destruido y clarificado! Ellos eran los capitanes experimentados sobre grandes mares ignotos, con cuyo auxilio los hombres eran capaces de sortear todas las tormentas, y con optimismo vislumbraban su arribo seguro a la costa del verdadero mundo patrio.
Los instintos más salvajes e insaciables debían ceder ante la veneración y obedecer a sus palabras. De ellas sólo surgía paz. No predicaban más que amor a la santa, a la hermosísima Señora de la Cristiandad, quien provista de fuerzas divinas estaba dispuesta a salvar a cada creyente de los peligros más terribles. Contaban de hombres celestiales, muertos hacía mucho tiempo, que por fe y lealtad a aquella bienaventurada madre y a su benévolo y divino hijo consiguieron superar las tentaciones del mundo terrenal, alcanzando gloriosos honores, asumiendo poderes benéficos y protectores de sus hermanos aún vivos, guardianes serviciales en tiempos de necesidad, representantes del dolor humano y piadosos intercesores de la humanidad ante el trono divino.
Con cuánta serenidad eran abandonadas las bellas reuniones en las misteriosas iglesias, adornadas con conmovedoras imágenes, impregnadas de deliciosos aromas y animadas con espléndida música sacra. En su interior, los restos consagrados de antiguos hombres temerosos de Dios se conservaban en exquisitos recipientes; a través de ellos se revelaba la bondad y omnipotencia divinas y, en la infinita claridad de aquella devoción, a los creyentes se les manifestaban prodigios y signos milagrosos. De esta manera fueron preservados los rizos de aquellas queridas almas, recuerdos de los amados difuntos que el dulce fervor reunirá en la muerte reconciliadora. Los poseedores de los restos que habían pertenecido a esas almas amadas se reunían por todas partes con cordial diligencia, y aquel que pudiese conseguir o tan sólo tocar una reliquia se consideraba afortunado. Continuamente parecía posarse la sublime gracia celestial en una fantástica imagen o en un sepulcro, y los hombres concurrían hacia aquellas regiones llevando hermosos obsequios y recibían a cambio regalos celestiales: paz del alma y salud en el cuerpo.
Esta poderosa y pacificadora sociedad buscaba asiduamente hacer partícipes a todos los hombres de su hermosa fe, y envió a sus emisarios a todos los confines de la Tierra para predicar por doquier el evangelio de la vida, buscando convertir el reino de los cielos en el único reino sobre este mundo. Por piedad el sabio líder de la Iglesia rechazó las insolentes enseñanzas de la evolución humana a costa del sentido de lo divino y de peligrosos descubrimientos inoportunos en el campo del conocimiento. De esta forma se opuso a que osados pensadores afirmaran públicamente que la Tierra era un insignificante astro en perpetuo movimiento, pues sabía que los hombres perderían, además del respeto hacia su hogar terrenal, la creencia en su patria celestial y en su linaje, y preferirían el conocimiento limitado a la fe infinita, acostumbrándose a despreciar todo lo glorioso y digno de admiración, considerándolo tan sólo reacción inerte. En su corte se congregaban los hombres más sabios y honorables de toda Europa. Todos los tesoros fluían en esa dirección; la Jerusalén destruida logró vengarse y la misma Roma se transformó en Jerusalén, convirtiéndose en la santa residencia del imperio divino sobre la Tierra. Los príncipes sometían sus desacuerdos ante el padre de la cristiandad; de buena fe depositaban a sus pies coronas y ostentación; respondiendo a su gloria, resolvían sus discrepancias como miembros de este alto gremio; declinaban sus vidas en bendita contemplación bajo los solitarios muros de un monasterio. Cuán caritativos y adecuados eran este régimen y su organización a la naturaleza innata de los hombres lo revelan el imponente auge de las fuerzas humanas, el desarrollo armonioso de todas las disposiciones, el prodigioso nivel que alcanzó el individuo en todos los campos del saber: las ciencias, la vida y las artes; en todos lados floreció el comercio de mercancías espirituales y terrenas, desde Europa hasta la lejana India.
Éstos fueron los rasgos esenciales de los tiempos auténticamente católicos o verdaderamente cristianos. Pero la humanidad aún no había madurado por entero, ni estaba lo suficientemente formada para recibir este reino magnífico. Fue un primer amor, que languideció bajo el peso de los negocios, cuyo recuerdo fue sustituido por preocupaciones egoístas y su vínculo pregonado como fraude y delirio; tras experiencias posteriores fue censurado para siempre por gran parte de los europeos. Acompañada por devastadoras guerras, esta gran escisión interior fue una extraña señal del carácter nocivo de la cultura para el sentido de lo invisible, por lo menos de un temporal carácter nocivo de determinada cultura. Pues aquel sentido inmortal no puede ser destruido, pero sí encubierto y desplazado por sentidos explícitos.
Una prosaica comunidad de hombres reprimió sus inclinaciones, la creencia en su estirpe[1], y se acostumbró a volver sus pensamientos y anhelos únicamente hacia los medios de su bienestar; las necesidades y el gusto por las artes se volvieron más complejos; el hombre ambicioso requería mucho tiempo para satisfacer esas necesidades y adquirir habilidades en función de ellas, por lo cual carecía de momentos para la concentración serena de su ánimo y la atenta contemplación de su mundo interior. En periodos de conflicto le parecía más importante el interés por el presente; así decayeron el bello auge de su juventud, la fe y el amor, dando lugar a frutos más ásperos: el saber y el tener. Al final del otoño se piensa en la primavera como en un sueño infantil, y con absurda ingenuidad se espera que los graneros estén siempre repletos. Cierta soledad parece necesaria para el florecimiento de sentidos elevados, debido a lo cual el trato demasiado extendido entre los hombres debe inhibir algún germen sagrado, ahuyentando a los dioses, a quienes repelen el agitado bullicio de sociedades enajenadas y las negociaciones de asuntos mezquinos. Más allá de aquéllas nos encontramos frente a épocas y periodos[2], pero ¿no es acaso inherente a éstos la oscilación, el cambio a movimientos opuestos?; ¿acaso no les es propia esta duración limitada, no se encuentran en su naturaleza el crecimiento y la decadencia?; ¿no debemos esperar confiados una resurrección, una renovación, en una forma nueva y completa? Evoluciones progresivas y siempre cambiantes son la materia de la Historia. Lo que aún no alcanza la perfección, la conseguirá en un intento posterior o uno reiterado. Nada es perdurable, y lo que la Historia toma de cambios incontables se desarrolla siempre en ricas formas, continuamente renovadas. Una vez surgió el cristianismo lleno de poder y magnificencia, hasta que, con omnipotencia y burla, una nueva inspiración mundana condujo su letra hacia la ruina. La indolencia infinita pendía sobre el gremio de un clero ahora seguro, el cual se amparaba bajo el sentimiento de su reputación; mientras tanto los laicos extrajeron de sus manos experiencia y sabiduría, avanzando así con pasos enormes en el camino de la cultura. Al olvidar su verdadera misión, el ser los primeros hombres bajo el espíritu[3], el entendimiento y la educación, se les subieron a la cabeza anhelos desbordantes y viles; su vestimenta y profesión los volvieron más repugnantes por la infamia y la bajeza de sus pensamientos. Así disminuyeron el respeto y la confianza, mientras el sustento de estos reinos desapareció paulatinamente, por lo cual dicho gremio fue destruido; de esta forma, el verdadero reinado de Roma había terminado en silencio, tiempo antes de la violenta insurrección. Sólo algunas medidas transitorias evitaban que la organización eclesiástica se convirtiera en cadáver y la preservaban de una pronta disolución; buscaban, por ejemplo, eliminar la prohibición del matrimonio sacerdotal, medida que empleada de igual forma por el estamento militar podía devolverle consistencia para prolongar su vida. ¿Qué era más natural que el que una cabeza inflamada[4] predicara finalmente una rebelión pública en contra de la letra despótica de antiguas disposiciones, con tanta más fortuna cuanto que era miembro del mismo gremio?
Con justicia los insurgentes se nombraron protestantes, pues solemnes se oponían a las pretensiones de un poder en apariencia incómodo e ilegítimo, que actuaba contra sus conciencias; en principio retomaron el derecho implícitamente cedido a la investigación, la disciplina y el juicio religiosos, considerándolo vacante de nuevo, y lo reclamaron para sí. Establecieron también una serie de principios rectos, introdujeron un conjunto de cosas loables y eliminaron un cúmulo de estatutos corruptibles; pero no previnieron el resultado necesario de este proceso: separaron lo inseparable, dividieron a la Iglesia indivisible, y se apartaron sacrílegamente de la sociedad cristiana, ya que sólo a través de ella y en ella era posible el auténtico y permanente renacer. La situación de anarquía religiosa sólo puede ser efímera, pues consagrar a un número de hombres exclusivamente a esta función e independizarlos de autoridades terrenales ajenas a estos asuntos es un motivo que aún perdura con validez y permanece vigente; la instauración del consistorio y la conservación de una clase clerical no remediaron esta necesidad, ni fue suficiente compensación. Desafortunadamente los príncipes se habían mezclado en esta escisión, y muchos utilizaron los desacuerdos para afianzar y ampliar su poder territorial, así como sus ingresos. Estaban satisfechos por quedar eximidos de toda alta autoridad y tomaron los nuevos consistorios bajo su potestad y dirección soberana; buscaban impedir la unión de las iglesias protestantes, y así fue sitiada la religión irreligiosamente dentro de las fronteras estatales, implantando los cimientos para la progresiva destrucción del interés religioso cosmopolita. De esta forma la religión perdió su pacificadora influencia política, su carácter de principio unificador e individualizador en la cristiandad. La paz religiosa se instauró siguiendo principios completamente falsos y opuestos a la religión; fue retomada por el protestantismo de manera enteramente contradictoria: como un gobierno en perpetua revolución.
Sin embargo, puesto que los conceptos puros no podían ser la base del protestantismo, Lutero manejó el cristianismo de forma arbitraria; desconociendo su espíritu introdujo otra letra y otra religión; antepuso[5] la sagrada validez de la Biblia y la mezcló desgraciadamente con una ciencia terrenal, ajena a los asuntos religiosos: la filología, cuya influencia extenuante terminó por hacerse evidente. Por el sentimiento ambiguo de esa equivocación, una gran parte de los protestantes elevó a Lutero a la categoría de evangelista, y su traducción fue canonizada.
Este hecho fue por entero pernicioso para el sentido divino, pues nada destruye tanto su sensibilidad como la letra. En anteriores circunstancias nunca llegó a ser tan dañina debido a la gran extensión, flexibilidad y abundante materia de la fe católica, al igual que el esoterismo de la Biblia y la fuerza sagrada de los concilios y del líder espiritual; pero ahora los remedios habían sido destruidos y la popularidad absoluta de la Biblia fue ratificada; así, el contenido escaso, el proyecto vago y abstracto de la religión, ejerció a través de esos libros[6] una presión indiscutible que obstaculizó excesivamente la libre vivificación, penetración y revelación del Espíritu Santo. Por consiguiente el protestantismo ya no muestra más visiones maravillosas y sublimes de lo supraterrenal; sólo en sus inicios brillan sobre él fugaces llamas celestes; poco después es notoria la sequía del sentido sagrado; lo mundano prevaleció y el sentido artístico desfallece convulsivamente; sólo rara vez, aquí o allá, brota el eterno y puro resplandor de la vida, al cual se asimila una pequeña comunidad; cuando el resplandor se extingue, la comunidad se dispersa y es arrastrada por la corriente. Así sucedió con Zinzendorf, Jakob Böhme[7] y algunos más. Predominan los moderados mientras se acerca el tiempo de una total atonía de los órganos superiores, hasta que venga la edad de la incredulidad práctica. Con la Reforma se perdió la cristiandad, después de ella no existe más. Católicos y protestantes (o reformados) permanecen bajo una falta de comunicación sectaria más acentuada que entre mahometanos y paganos. Los restantes estados católicos continuaron vegetando, no sin sentir perceptiblemente la influencia nociva de los contiguos estados protestantes.
Fue entonces cuando se originó la política moderna, pues poderosos estados aislados buscaron apoderarse de la sede universal, ahora vacante y transformada en trono. A la mayoría de los príncipes les pareció indigno reparar en un clero impotente; por primera vez sintieron el peso de su fuerza corporal sobre la Tierra; descubrieron los poderes celestiales inactivos debido a la lasitud de sus representantes; entonces buscaron cautelosamente derribar el fastidioso yugo romano para hacerse independientes sobre la Tierra, evitando a los fervorosos súbditos que aún se encontraban apegados al poder papal. Sensatos pastores apaciguaron sus conciencias intranquilas, pues sin perder nada adjudicaban a sus hijos espirituales la disposición de los bienes de la Iglesia.
Afortunadamente para la organización anterior de las cosas, una nueva orden clerical consiguió emerger[8]; en ella el espíritu agonizante de la jerarquía católica parecía haber vertido sus últimos dones; restableció lo antiguo con nueva fuerza, y apoyándose en una milagrosa intuición se encargó de regenerar el reino pontificio con aguda penetración y tenacidad, con tanta inteligencia como nunca antes se había visto en la historia humana. Ni siquiera el antiguo Senado romano había trazado con tanta seguridad de éxito planes para la conquista del mundo, ni se había pensado con mayor inteligencia en la ejecución de tan alta idea. Esta orden será por siempre un modelo para todas las sociedades que sientan una añoranza orgánica por su expansión y duración, pero también una prueba eterna de que perder de vista los acontecimientos hace fracasar a las empresas más prudentes, pues el desarrollo natural de la especie humana reprime el incontenible desarrollo artístico de una parte de ella. Las aptitudes de toda facción poseen límites; sólo la capacidad de la humanidad completa es incalculable, puesto que si no son trazados siguiendo las disposiciones del género entero, todos los planes tienden a fracasar invariablemente.
Más notable es esta orden como el origen de las sociedades secretas, un germen histórico aún inmaduro, pero ciertamente importante. De hecho el luteranismo (no se diga el protestantismo) no pudo enfrentar a un rival más peligroso; bajo su cuidado todo el encanto de la fe católica se volvió aun más fascinante, y los tesoros de las ciencias volvieron a fluir hacia sus celdas. Lo que se había perdido en Europa lo buscaron sus miembros en otras partes de la Tierra; en los extremos más remotos del mundo aspiraron a recuperarlo, apoderándose de la dignidad y el oficio apostólicos, y haciéndolos vigentes. Tampoco escatimaron esfuerzos por adquirir popularidad, pues bien sabían cuánto había tenido que agradecer Lutero a sus artes demagógicas y a su estudio del pueblo común. Por todos lados fundaron escuelas; agolpándose en los confesionarios, encumbraban las cátedras y empleaban las prensas; llegaron a ser poetas y filósofos, ministros y mártires, y continuaron con su formidable expansión desde América hasta China, atravesando Europa, con la más conmovedora concordancia entre doctrina y acto. Con sabio discernimiento reclutaban en sus escuelas para su orden. Predicaron contra los luteranos con una pasión destructiva; buscaron convertir el exterminio más cruel de aquella herejía (que consideraban compañera del diablo) en un deber apremiante de la cristiandad católica.
Sólo a ellos debían agradecer los estados católicos, y en especial la sede papal, su prolongada supervivencia tras la Reforma, y quién sabe qué hubiera ocurrido si la debilidad de sus superiores, el celo de los príncipes y de las órdenes clericales, las intrigas de las cortes y distintas circunstancias no hubiesen atajado su osado paso; cerca estuvieron de destruir con ellos la última fortificación de la fe católica. Ahora, en los confines más lejanos de Europa descansa, miserable, esta orden desafortunada; quizá se extienda desde ahí al pueblo que la protege, y con renovadas fuerzas se propague hacia su antigua patria, tal vez bajo un nombre distinto.
La Reforma fue un signo de su tiempo; significativa para toda Europa, incluso cuando en principio sólo estalló en la Alemania verdaderamente libre. Los buenos dirigentes de todas las naciones habían alcanzado en secreto la mayoría de edad; desengañados de su profesión se revelaron, cada vez con más atrevimiento, contra las fuerzas que los constreñían. Según antiguas disposiciones el docto es por instinto enemigo del clero; dado su estamento, los instruidos y los eclesiásticos propiciarían una guerra de exterminio siempre que se encontrasen separados, pues pelean por el mismo puesto. Su separación se agudizó cada vez más, y los doctos expandieron tanto más su territorio cuanto que la historia de la humanidad europea se acercaba al periodo de la erudición triunfante, y el conocimiento y la fe se encontraron en abierta oposición. En la fe se buscó el motivo del estancamiento general, y a través del saber se buscó superarlo. Por todos lados el sentido sagrado padeció múltiples persecuciones debido a su carácter anterior, a su degradación prematura. El resultado del pensamiento moderno fue llamado filosofía y se reunió en ella todo lo que se oponía a lo antiguo, especialmente cada idea contraria a la religión.
En un principio el resentimiento particular en contra de la fe católica se transformó en un odio progresivo a la Biblia, al credo cristiano y, finalmente, se extendió a toda religión. Más aun, el odio a la religión se expandió, de forma lógica y consecuente, a cualquier objeto de entusiasmo; se repudió la fantasía y el sentimiento, la moral y el amor al arte, el futuro y el pasado; con enormes dificultades el hombre fue erigido sobre el orden natural de la existencia, y la infinita música creadora del universo se transformó en el ruido monótono de un terrible molino, accionado por la corriente del azar y abandonado a su suerte; un molino en sí, sin arquitecto ni molinero, era en verdad un auténtico perpetuum mobile, un molino triturándose a sí mismo.
El entusiasmo por esta espléndida filosofía le fue transferido generosamente al pobre género humano y se volvió indispensable, como piedra de toque, en la formación más alta de cada uno de sus integrantes, en especial de sacerdotes y mistagogos. Francia fue afortunada al convertirse en el regazo y la sede de esta nueva fe vinculada al conocimiento. A pesar de que la poesía estaba sumamente desacreditada en aquella nueva Iglesia, subsistieron algunos poetas que aprovecharon los viejos ornamentos y la luz primigenia para la consecución de sus propios fines; pero de momento corrían el peligro de inflamar el nuevo sistema con las llamas del mundo antiguo. Sin embargo, astutamente sabían mojar con agua fría a los oyentes aún en ascuas. Aquellos hombres se ocupaban de extirpar de la poesía a la naturaleza, a la tierra, al alma humana y a las ciencias; de exterminar cada vestigio sagrado; de enturbiar el recuerdo de todos los acontecimientos sublimes y la memoria de los hombres elevados por medio de sarcasmos, despojando al mundo de todo ornamento policromo.
Por su audacia y obediencia matemática la luz se volvió su predilecta, alegrándose de que ésta se fragmentara antes de jugar con los tonos, y bajo su insignia designaron su gran negocio: la Ilustración. En Alemania este proyecto fue conducido meticulosamente; se reformó la educación, pues en los cánones antiguos se buscaron nuevos significados razonables y ordinarios, con los cuales meticulosamente fue despojada la religión de todo rastro de maravilla y misterio. Toda su erudición se empleó en cortar su huida hacia la historia, a la cual buscaron ennoblecer, convirtiéndola en un retrato familiar y efímero de costumbres caseras y burguesas.
Dios se transformó en un ocioso espectador del espectáculo ambulante representado por aquellos eruditos, y al finalizar debía homenajear y hacerles ofrendas tanto a poetas como a actores. Con predilección el pueblo fue adecuadamente ilustrado y se le enseñó el exquisito gusto cultivado; así surgió un nuevo gremio europeo: el de los filántropos e ilustrados. Por desgracia, a pesar de todos los intentos de modernizarla, la naturaleza siguió siendo maravillosa e incomprensible, poética e infinita. Si en alguna parte resurgía una antigua superstición sobre un mundo más elevado, sonaban alarmas por todas partes y, de ser posible, el destello peligroso era asfixiado por la filosofía y la burla; irónicamente, la tolerancia fue la consigna de los intelectuales y, sobre todo en Francia, era equivalente a la filosofía.
Esta historia de la incredulidad moderna es de suma importancia, pues en ella se encuentra la clave de terribles acontecimientos de los tiempos actuales. Sólo en este siglo, particularmente en su última mitad, aquel fenómeno logró alcanzar una grandeza y una diversidad colosales; era inevitable una segunda Reforma, más extensa y peculiar, pero primero había que encontrar a la nación más modernizada y que durante más tiempo había permanecido en una situación asténica por falta de libertad. El fuego celeste se habría avivado mucho tiempo antes, abrasando los intrépidos planes de la Ilustración, si la coerción e influencia mundana no la hubieran beneficiado. Pero en el instante en que se suscitó un conflicto entre los eruditos y los reinos, entre los enemigos de la religión y de su corporación, ésta resurgió como elemento decisivo y mediador, lo cual debe ser reconocido y predicado por cada partidario de la religión, aun cuando no fuese de modo demasiado explícito. De lo que no puede dudar en absoluto el alma histórica es de que el momento de la resurrección ha llegado, y precisamente los acontecimientos que inhibían su desarrollo y amenazaban con su ruina se transformaron en los signos más propicios de su regeneración, pues la verdadera anarquía es el elemento renovador de la religión; de entre la destrucción de todo lo auténtico, la religión eleva su gloriosa cresta a lo alto como la nueva creadora del mundo. Al igual que el hombre sólo asciende al cielo cuando ya nada lo sujeta, los órganos sagrados surgen por sí mismos de la mezcla general y uniforme, de entre todas las disposiciones y fuerzas humanas, como el antiguo núcleo de la creación terrenal. El espíritu de Dios flota sobre las aguas, y una isla celestial emergerá primero como morada de los nuevos hombres, un torrente de la vida eterna sobre el agitado oleaje del mundo.
El auténtico observador contempla tranquilo y en silencio los nuevos tiempos revolucionarios. ¿No intuye que la Revolución del Estado es acaso como Sísifo, a quien en el momento de alcanzar la cima del equilibrio su pesada carga lo impulsa de nuevo hacia abajo, a distintos lugares? La Revolución nunca permanecerá arriba si una atracción no la une al cielo[9] dejándola suspendida en las alturas, y todos sus sostenes serán infinitamente débiles si su estado mantiene la inercia hacia la tierra; pero si una elevada añoranza la vincula a las alturas del cielo, concediéndole una relación con el universo, encontrará en ella un impulso inagotable, y ¡sus esfuerzos se verán ampliamente recompensados! Los remito a la historia; con su conocimiento investiguen la persistencia de sucesos similares y aprendan a usar el maravilloso báculo de la analogía.
¿Deberá la Revolución seguir siendo de los franceses como la Reforma fue luterana?; ¿debe el protestantismo ser considerado de nuevo un gobierno antinatural en perpetua revolución?; ¿debe una letra dejar sitio a otra letra?[10] ¿Buscan ustedes el germen de la ruina en el antiguo espíritu, y creen poder crear una nueva institución, un espíritu mejor? ¡Oh! que el Espíritu de los espíritus los satisfaga y desistan del necio empeño de moldear a la historia de la humanidad y darle dirección. ¿Acaso ella no es independiente, arbitraria, tan beatífica como infinitamente encantadora y profética? Estudiarla, entregársele, aprender de ella, mantener su paso, seguir con fe sus secretos y sus señales, en eso nadie piensa.
En Francia se ha hecho mucho por la religión al despojarla del derecho de ciudadanía y dejarle sólo el de residencia, no sólo en una persona, sino en todas sus innumerables e individuales manifestaciones. Como una extraña e insignificante huérfana, debe conquistar una vez más los corazones y ser querida por todos, para que se le adore públicamente y le sea permitido entrometerse en asuntos mundanos, dando consejos amigables para el mejoramiento del alma. Históricamente sigue siendo extraña esa gran máscara férrea que, bajo el nombre de Robespierre, buscó en la religión el núcleo y la fuerza de la república, y también la indiferencia con que se consideró a la teofilantropía (aquel misticismo de la moderna Ilustración), así como las nuevas conquistas de los jesuitas y el acercamiento a Oriente a través de las relaciones políticas contemporáneas.
A excepción de Alemania, en los demás países europeos sólo resta profetizar que tras el advenimiento de la paz comenzará a latir en su interior una superior y religiosa existencia, que pronto consumirá cualquier otro interés mundano. Por el momento, en Alemania ya son evidentes las improntas de un mundo distinto; con paso lento pero seguro, ella precede a los demás países europeos. Mientras éstos se ocupan de la guerra, la especulación o el espíritu de partido, el alemán se prepara con empeño para la camaradería en una época de cultura elevada, y esta decisión deberá conferirle gran predominio con el transcurso del tiempo. En las ciencias y las artes se divisa una poderosa fermentación; el espíritu evoluciona infinitamente cuando se extrae un filón reciente y fresco. Las ciencias nunca estuvieron en mejores manos ni provocaron mayores expectativas; distintos aspectos de los objetos son develados; nada permanece inamovible, sin sopesamiento o sin registro; todo se indaga; los escritores son cada vez más originales y enérgicos; cada estatua de la historia antigua, cada arte, cada ciencia encuentra adeptos, es abrazada y fecundada con amor reiterado. Infinita variedad, una profundidad maravillosa, un brillo resplandeciente, conocimientos vastísimos con frecuencia unidos audazmante a una exquisita y poderosa fantasía se encuentran aquí y allá. Ante el racionalismo se ha vengado[11] una voluntad creadora, ilimitada, de diversidad sin fin, de propiedades divinas, y con las capacidades inherentes al hombre parece activarse en todos lados. Despertando del sueño matutino de la desvalida infancia, una parte de la humanidad emplea sus primeras fuerzas contra las serpientes que envuelven su cuna y pretenden privarla del uso de sus miembros.
Aún son sólo presagios inconexos y prematuros, pero revelan ante la mirada histórica una individualidad universal, anunciando una nueva historia y una nueva humanidad, el abrazo más dulce de una joven y sorprendida Iglesia, de un Dios amoroso, y la concepción entrañable de un nuevo mesías en sus miles de miembros. ¿Quién no siente el delicado pudor de una dulce esperanza? El recién nacido será la imagen de su padre: una edad de oro con oscuros ojos, una edad profética, milagrosa y consoladora, un tiempo encendido por una vida infinita, una edad de reconciliación; un nuevo Salvador que, como verdadero genio, surgirá de entre la humanidad, la cual, sin verlo, creerá en él, y bajo formas innumerables se mostrará a los creyentes, consumido en el pan y el vino[12], y será abrazado como la amada y respirado como el aire, como la palabra y el canto será escuchado, y con voluptuosidad celestial será acogido como la muerte, entre los supremos dolores del amor, dentro del cuerpo arrebatado.
Ahora nos encontramos a suficiente altura para sonreírles amigablemente a aquellas épocas pasadas y para reconocer en cada extraño delirio singulares cristalizaciones de la materia histórica. Agradecidos, deseamos estrecharles las manos a aquellos eruditos y filósofos, pues sus terribles ilusiones debieron consumarse para mayor provecho de sus descendientes, validando con ellas la prueba científica de las cosas. Más encantadora y multicolor subsiste la poesía como una India adornada frente a las frías e inertes cimas del entendimiento de salón; para que esta India se encuentre en el centro del globo terráqueo, tan cálida y hermosa, un frío mar inmóvil, peñascos inertes, niebla en lugar de astros en el cielo y una noche larga y gélida debieron hacer inhóspitos ambos extremos[13]. El profundo significado de la mecánica pesaba sobre los anacoretas en los desiertos de la razón; el seductor conocimiento causal los sometió; lo antiguo se vengó de ellos, y con maravillosa abnegación sacrificaron lo más sagrado y hermoso del mundo a la primera conciencia de sí mismos; fueron los primeros en entrever la santidad de la naturaleza, la infinitud del arte, la necesidad del conocimiento, la atención a lo mundano y la omnipresencia de la verdad en los acontecimientos históricos; anunciaron un reinado fantasmal más elevado, más general y más terrible de lo que nunca llegaron a suponer.
En un principio, sólo a través de un conocimiento más preciso de la religión podrán juzgarse los terribles productos de su fantasía, aquellos sueños y delirios del órgano sagrado; sólo entonces podrá comprenderse la importancia de cada obsequio[14]. Donde no hay dioses gobiernan fantasmas, y la época en que nacieron los espectros europeos, que aclara su naturaleza por completo, es el periodo de transición de las doctrinas griegas al cristianismo.
Así pues, vengan también ustedes, filántropos y enciclopedistas, a la logia pacificadora y reciban el beso fraterno; quítenle la telaraña gris y admiren con amor rejuvenecido la gloriosa magnificencia de la naturaleza, de la historia y la humanidad. Quiero conducirlos ante un hermano que ha de conversar con ustedes, para que abran sus corazones y vistan su moribunda y querida venganza con un cuerpo nuevo, para que comprendan e identifiquen lo que se revela ante sus ojos y lo que el burdo entendimiento terrenal no pudo mostrarles.
Este hermano es el latir de una nueva época; quien lo ha sentido no vuelve a dudar de su llegada, y se yergue orgulloso y delicado entre sus contemporáneos, ante la nueva multitud de sus discípulos. Se ha formado un nuevo velo para la Santa[15], que al ajustarlo revela la composición divina de sus extremidades, y sin embargo las oculta discretamente como ningún otro. Este velo es para la Virgen lo que el espíritu para el cuerpo: su órgano imprescindible, cuyos dobleces son palabras de su dulce anunciación; su juego de pliegues es música cifrada, pues la lengua es para la Virgen demasiado áspera e insolente; sólo para el canto se abren sus labios. Para mí no es más que la solemne llamada a una nueva reunión primigenia, el aleteo de un pasajero heraldo angélico. Son los primeros dolores del parto; ¡que cada uno se disponga para el nacimiento!
Con la superioridad de la física que prevalece actualmente podemos comprender con más facilidad al gremio científico. El manifiesto desamparo de las ciencias se hizo cada vez más evidente mientras más nos familiarizábamos con ellas. La naturaleza comenzó a parecer cada vez más miserable en tanto mirábamos con mayor claridad, cegados ante el brillo de nuestros descubrimientos; pero esta luz era equívoca; ni con las herramientas conocidas ni con los métodos explorados conseguimos descubrir lo esencial, aquello que buscábamos. Cada investigador debió admitir que una ciencia no puede perdurar sin las demás, y así surgió la mistificación del conocimiento[16]; apareció entonces la filosofía como representante de las ciencias, hasta convertirse en su figura axial. Otros descubrieron nuevas relaciones en las ciencias exactas, promovieron un intercambio activo entre ellas y buscaron esclarecer su clasificación histórico-natural. Así continúan, y es fácil intuir qué tan favorable debe de ser este trato entre el mundo exterior e interior para la sólida formación del entendimiento, el conocimiento de los primeros, el entusiasmo y la cultura de los últimos[17]; y cómo bajo estas circunstancias se esclarecen los sucesos para que el antiguo cielo se manifieste y culmine la nostalgia por él y por la astronomía viviente.
Regresemos ahora al drama político de nuestra época; el viejo y el nuevo mundo se encuentran en una confrontación abierta, la imperfección y la indigencia de las instituciones estatales se transformaron en fenómenos evidentes de la atrocidad. Francia promueve un protestantismo temporal; ¿de igual forma deberían surgir jesuitas temporales para repetir los acontecimientos de los últimos siglos? ¡Como si aquí también, al igual que en las ciencias, el último objeto histórico de la guerra fuese un contacto más estrecho entre los estados europeos!; como si se impulsara de nuevo a Europa hasta ahora adormecida; como si ella deseara despertar de nuevo, ¡como si un Estado de los estados, una inminente doctrina política de la ciencia, nos amenazase! ¿No debiera aquella antigua jerarquía, la figura fundamental y reguladora de los estados, convertirse en su principio ordenador, como una visión intelectual del yo político? Resulta imposible que las fuerzas temporales se equilibren por sí mismas; sólo un tercer elemento, a la vez mundano y supraterrenal, puede resolver aquel conflicto. Entre los poderes en disputa es imposible establecer la paz; toda paz es mera ilusión, sólo armisticio; desde la perspectiva de los beligerantes, de la conciencia vulgar, ninguna unión es posible. Ambas facciones tienen indispensables pretensiones que requieren consumar en nombre del espíritu del mundo y la humanidad. Las dos son potencias indestructibles del interior del hombre: por un lado la devoción a la antigüedad, el apego a las disposiciones históricas, el amor a los monumentos patriarcales y a la antigua y gloriosa familia estatal, la dicha en la obediencia; por el otro el fascinante sentimiento de libertad, la esperanza incondicional en la hermosa esfera de la acción, el gusto por lo nuevo y lo joven, el contacto informal de todas las ciudadanías, el orgullo por la universal y humana fraternidad, la alegría por el derecho individual y por la propiedad común, por el poderoso sentimiento ciudadano. Que ninguna espere aniquilar a la otra; todas las conquistas aquí se reducen a nada, pues la fortaleza interior de cada reino no se encuentra detrás de murallas y no se puede tomar por asalto.
Quién sabe si esta guerra será suficiente; sin embargo, nunca terminará si no se toma el laurel que sólo un poder celestial puede otorgar. La sangre se derramará por Europa hasta que las naciones se sustraigan de aquella terrible demencia que las obliga a vagar en círculos, y atrapadas bajo los efectos de la sagrada música se sosieguen y regresen a antiguos altares en una variada procesión, propagando obras pacíficas, y con ardientes lágrimas celebren un ágape sobre los campos humeantes de las batallas. Sólo la religión puede volver a despertar a Europa y consolidar la unión de los pueblos, e instalar con renovado esplendor a la cristiandad sobre la Tierra, otorgándole de nuevo su antigua labor pacificadora.
¿Acaso las naciones lo adquieren todo de los hombres excepto su corazón, su órgano sagrado?; ¿se convertirán en amigos frente a los ataúdes de sus seres queridos, olvidando toda hostilidad sólo cuando sus desgracias y miserias se apacigüen bajo la compasión divina y un sentimiento conmovedor llene sus ojos de lágrimas?; ¿no los sobrecogerán el sacrificio y la entrega, ni anhelarán ser amigos y aliados?
¿Dónde se encuentra aquella fe amada y devota del reino de Dios sobre la Tierra, sin la cual la salvación es imposible?; ¿dónde se encuentra aquella confianza celestial de los hombres, aquella dulce devoción ante las manifestaciones de un alma arrebatada, aquel espíritu de la cristiandad que puede abrazarlo todo?
El cristianismo posee una sustancia tripartita: la primera es el elemento generador de la religión, la dicha propia de toda religión; la segunda es el vínculo con todo lo inabarcable, la comunión por medio del pan y el vino con la vida eterna; y la última es la fe en Cristo, en su madre y en los santos. De entre ellas elijan alguna, escojan las tres, es indistinto; serán cristianos y miembros de una única, eterna e indeciblemente dichosa comunidad.
La última y más perfecta forma del cristianismo evolucionó para resurgir a partir de la antigua fe católica. Su omnipresencia en la vida, su amor al arte, su profunda humanidad, lo inquebrantable de sus votos, su dicha en la indigencia, su amistosa expansión entre los hombres, su obediencia y lealtad, la volvieron la auténtica religión erigida con los rasgos esenciales de su constitución.
Dicho cristianismo se ha purificado con la corriente del tiempo; en entrañable e indivisible unión con las otras dos formas del cristianismo hará eternamente dichosa a esta tierra. La forma casual del cristianismo casi está destruida, el antiguo papado yace en la tumba y por segunda ocasión Roma se ha convertido en ruinas. ¿No debería resurgir en Europa una comunidad de almas auténticamente santas?; ¿acaso no deberían anhelar plenamente el cielo sobre la tierra y reunirse entusiasmados para entonar sus coros?
La cristiandad debe resurgir, restaurarse, configurarse de nuevo como una Iglesia manifiesta; ignorando las fronteras nacionales habrá de acoger en su regazo a todas las almas sedientas de lo supraterrenal, transformada en digna mediadora entre el mundo antiguo y el nuevo. Debe verter una vez más la antigua cornucopia de la bendición sobre los pueblos. La cristiandad se alzará del sagrado seno de un venerado concilio europeo y la tarea de la resurrección religiosa será orientada por divinos planes universales. Nadie protestará más por la coacción cristiana y temporal, pues su esencia será la libertad y todas las reformas estarán bajo su dirección, como procesos de un Estado pacífico y ceremonioso.
¿Es demasiado pronto o muy tarde?; no debemos preguntarlo. Seamos pacientes; vendrá, tiene que llegar la época sacra de la paz eterna, en que la nueva Jerusalén será la capital del mundo; hasta entonces manténganse serenos y animosos ante los peligros del tiempo; compañeros de mi fe[18], anuncien el santo Evangelio con palabras y actos; permanezcan fieles a la auténtica e infinita fe, hasta la muerte.
“La cristiandad o Europa”, pertenece al libro “La cristiandad o Europa”, de Novalis. Consultar la fuente original para mayor precisión en el texto.