La castidad solía ser una virtud, tanto para los hombres como para las mujeres, y de aquí proviene la referencia a los ‘castos hidalgos’ de nuestra literatura. Sin embargo, la castidad que hoy se exalta sólo vale para las mujeres, con los hombres no tiene nada que ver. Según los moralistas contemporáneos, una mujer casta es la que no vuelve a casarse, ni huye con un amante después de la muerte de su marido; es más, cuanto más pronto muere el marido y cuanto más pobre es su familia tanto más le es posible mantenerse casta. Hay además otros dos tipos de mujer casta: una se mata cuando el marido o el novio mueren; la otra trata de suicidarse si la ataca un seductor, o halla la muerte resistiéndosele. Cuanto más cruel sea su muerte, tanto más grande ha de ser la gloria que obtendrá. Si se mata sólo después de haber sido sorprendida y violada, es inevitable que surjan habladurías. Sólo hay una probabilidad entre diez mil de que aparezca un moralista generoso dispuesto a perdonarla sobre la base de las circunstancias y a acordarle el título de ‘casta’. Pero ningún literato querrá escribir su biografía y, si se viese obligado a hacerlo, seguramente la cerrará con una nota de desaprobación.
En resumen, cuando el marido muere la mujer debe quedarse sola o morir. Si encuentra un seductor también debe morir. El hecho de que tales mujeres sean alabadas demuestra que la sociedad es moralmente sana y que todavía hay esperanzas para China. Este es el nudo de la cuestión.
Kang Yu-ewi[1] debió escudarse en el nombre y la autoridad del emperador, los espiritualistas dependen de supersticiones sin sentido; pero exaltar la castidad es algo que le corresponde exclusivamente al pueblo. Esto demuestra que estamos avanzando. Con todo, hay todavía algunas cuestiones que quisiera tratar, y a las que intentaré responder según los conocimientos de que dispongo. Como, por otra parte, considero que esta idea de salvar al mundo con la castidad la sostiene la mayoría de mis compatriotas, y que los que la enuncian no son más que portavoces de la comunidad, someteré mis preguntas y respuestas a la mayoría del pueblo.
Mi primera pregunta es: ¿De qué manera las mujeres no castas perjudican al país? Es actualmente muy claro que ‘el país está amenazado por la ruina’. No hay límites a la vileza de los crímenes cometidos y se suceden las guerras, el bandidismo, la carestía, las inundaciones y la sequía. Pero esto se debe al hecho de que no tenemos una nueva moral, ni una nueva ciencia, y a que todos nuestros pensamientos y nuestras acciones son anacrónicos. He aquí por qué estos tiempos oscuros se parecen a las antiguas eras de tinieblas. Por otra parte, todos los puestos del gobierno, del ejército, del mundo académico y de los negocios están ocupados por hombres, y no por mujeres no castas. Y parece improbable que los hombres en el poder hayan sido hasta tal punto hechizados por tales mujeres, como para perder todo sentido del bien y del mal, y como para arrojarse a la disipación. En cuanto a las inundaciones, a la sequía y a la carestía, derivan de la falta de conocimientos modernos, del culto de los dragones y de las serpientes, de la tala de los bosques y de la negligencia en lo que hace a la conservación de las aguas; en suma, tienen todavía mucho menos que ver con las mujeres. Es cierto que la guerra y el bandidismo generan a menudo una cosecha de mujeres no castas, pero la guerra y el bandidismo vienen antes, y las mujeres no castas son una consecuencia. No es la disolución de las mujeres la que causa tales desórdenes.
Mi segunda pregunta es: ¿Por qué las mujeres deberían asumir la entera responsabilidad de salvar al mundo? Según la vieja escuela, las mujeres pertenecen al yin[2], o sea, al elemento negativo. Su lugar está en la casa, como bienes de los hombres. Por lo tanto, el honor de gobernar el Estado y de salvar al país le corresponde ciertamente a los hombres, que pertenecen al yang, o sea, al elemento positivo. ¿Cómo podemos hacer pesar sobre las débiles mujeres un deber tan feroz? Por otra parte, según los modernos, los dos sexos son iguales y tienen más o menos las mismas obligaciones. Aun cuando las mujeres tienen sus propios deberes, no deben tener más de los que les corresponden. Los hombres deben hacer su parte, no sólo combatiendo la violencia, sino ejercitando sus propias virtudes masculinas. No basta con castigar a las mujeres y predicarles.
Mi tercera pregunta es: ¿con qué objeto se exalta la castidad? Si clasificamos a todas las mujeres del mundo según su castidad veremos probablemente que se dividen en tres categorías: las que son castas y deben ser alabadas; las que no son castas y las que aún no se casaron, o cuyos maridos todavía viven y todavía no encontraron un seductor, razón por la cual su castidad no puede ser todavía medida. La primera categoría sale del apuro muy brillantemente y con todos los elogios, así que podemos dejarlas de lado. Y la segunda categoría está más allá de toda esperanza, porque en China nunca hubo posibilidad de arrepentimiento para una mujer que se ha equivocado: sólo puede morir de vergüenza. O sea que sobre ellas tampoco vale la pena detenerse. La tercera categoría, por lo tanto, es la más importante. Cuando sus corazones se conmovieron deben haberse hecho a sí mismas este voto: ‘Si mi marido muere nunca volveré a casarme. Si llego a encontrar a un seductor me mataré lo antes posible’. Pero díganme, por favor, ¿qué efecto tendrán decisiones como ésta sobre la moral pública, que, como ya se ha señalado, es determinada por los hombres?
Y aquí surge otra cuestión. Estas mujeres castas tan elogiadas son, naturalmente, ejemplos de virtud. Pero, por más que todos puedan aspirar a la sabiduría, no todos pueden ser modelos de castidad. Algunas de las mujeres de la tercera categoría pueden tener las más nobles resoluciones, ¿pero qué ocurre si los maridos viven hasta edad avanzada y el mundo sigue en paz? Deben sufrir en silencio, condenadas a ser ciudadanas de segunda categoría para toda la vida.
Hasta ahora nos hemos servido simplemente del sentido común de antigua estampa y, sin embargo, incluso así, encontramos bastantes cosas contradictorias. Si realmente vivimos en el siglo veinte nos introduciremos en otros dos puntos.
Ante todo: ¿la castidad es una virtud? Las virtudes deben ser universales, requeridas a todos, estar al alcance de todos, y ser benéficas tanto para los demás como para sí mismos. Solamente así vale la pena tenerlas. Pero más allá del hecho de que todos los hombres están excluidos de lo que hoy se ha dado en llamar castidad, ni siquiera todas las mujeres pueden ser elegidas para este honor. Por lo tanto, una virtud no puede ser calculada, ni tomada como ejemplo… Cuando un hombre violento ataca a una criatura del sexo débil (las mujeres, tal como están las cosas actualmente, son todavía débiles), si el padre, los hermanos y su marido no pueden salvarla, e incluso los vecinos la abandonan, lo mejor que puede hacer es morir, claro que puede morir luego dé haber sido deshonrada, o bien puede no morir en absoluto. Más tarde, el padre, los hermanos, el marido y los vecinos se juntarán con los escritores, los intelectuales y los moralistas; y, en absoluto avergonzados de su cobardía e incompetencia, ni preocupados acerca de cómo castigar al criminal, empezarán a agitar la lengua. ¿Murió o no? ¿Fue violentada o no? ¡Qué alivio si murió, qué escándalo si no murió! Así crean, por un lado, a todas estas gloriosas mujeres mártires y, por otro lado, a estas desvergonzadas, golpeadas por universal condena. Si reflexionamos fríamente podemos ver que, lejos de ser loable, esto es absolutamente deshumano.
La segunda cuestión es: ¿los hombres polígamos tienen derecho a elogiar la castidad en las mujeres? Los viejos moralistas dirían ciertamente que sí. El solo hecho de ser hombres los hace diferentes y árbitros de la sociedad. Basándose en el antiguo concepto del yin y el yang, o del negativo y el positivo, les gusta darse aires con las mujeres. Pero hoy la gente ha entrevisto la verdad, y sabe que este razonamiento sobre el yin y el yang es absolutamente insensato. Incluso admitiendo que exista un doble principio, no hay modo de probar que el yang es más noble que el yin, que el hombre es superior a la mujer. Además, a la sociedad y al Estado no los construyen sólo los hombres. De donde debemos aceptar la verdad de que ambos sexos son iguales. Y si son iguales, deben estar ligados por el mismo contrato. Los hombres no pueden imponer a las mujeres las reglas que ellos mismos no respetan. Es más, si el matrimonio es una venta, una estafa o una forma de tributo, un marido no tiene ni siquiera el derecho de pretender que la mujer le sea fiel durante toda la vida. ¿Cómo puede un polígamo elogiar a una mujer porque sigue al marido hasta la tumba?
Con esto terminan mis preguntas y respuestas. La tesis de los moralistas es tan débil que resulta extraño que hayan sobrevivido hasta el presente. Para comprenderlo debemos ver cómo se originó y se difundió esta cosa llamada castidad, y por qué permaneció inmutable.
En la sociedad antigua las mujeres solían ser propiedad de los hombres, los que podían matarlas, comérselas y hacer de ellas lo que les viniera en gana. Después de la muerte de un hombre, se consideraba absolutamente natural sepultarlo junto con sus mujeres, sus tesoros y sus armas predilectas. Poco a poco, esta costumbre de enterrar vivas a las mujeres cesó y nació el concepto de castidad. Pero fue sobre todo porque una viuda era la mujer de un hombre muerto, cuyo fantasma la perseguía, que los demás hombres no osaban casarse con ella, y no porque se considerase equivocado que una mujer volviera a casarse. Esto ocurre todavía hoy en las sociedades primitivas. No tenemos manera de saber qué ocurría en China en la remota antigüedad; pero a partir del final de la dinastía Chou[3] aunque los siervos eran sepultados con sus patrones, esto se refería tanto a los hombres como a las mujeres, y las viudas eran libres de volver a casarse. Parece, por lo tanto, que esta costumbre desapareció muy pronto. De la dinastía Han (206 a. de C. – 200 d. de C.) hasta la dinastía Tang (678-907) nadie sostenía la castidad. Fue sólo durante la dinastía Sung (960-1279) cuando los confucianistas profesionales empezaron a proclamar: ‘Morirse de hambre no es demasiado malo, pero perder la castidad es una gran desgracia’. Y se mostraban horrorizados toda vez que leían en la historia de alguna mujer que se había casado dos veces. Si eran sinceros o no, nunca lo sabremos. Fue cuando los hombres empezaron a hacerse ‘día a día más degenerados’, cuando el país se encontró ‘frente a la ruina’ y cuando la gente la pasaba muy mal; así, es posible que estos confucianistas profesionales se sirvieran de la castidad de las mujeres para castigar a los hombres. Pero como este tipo de insinuaciones es más bien mezquino, y su razón de ser no es en absoluto clara, aunque pueda haber provocado un leve aumento del número de mujeres castas, los hombres generalmente permanecieron impasibles. De este modo, China, con “la civilización más antigua del mundo y el más alto nivel moral”, “por gracia de Dios y voluntad del cielo” cayó en manos de Setsen Khan, Oeuldjaitou Khan, Kuluk Khan[4] y todos los demás. Luego de muchos otros cambios de gobernantes, el concepto de castidad tuvo un ulterior desarrollo. Cuanta más fidelidad pretendía el emperador de sus súbditos, tanta más castidad pretendían los hombres de las mujeres. A partir de la dinastía Ching los intelectuales confucianistas se hicieron aún más rígidos. Cuando leyeron en una historia de la dinastía Tang acerca de una princesa que volvió a casarse, bramaron indignadísimos: “¡Cómo! ¡Cómo osan dirigir tales calumnias contra la realeza!” Si el historiador Tang hubiese vivido todavía habría sido ciertamente borrado de la lista oficial por ‘refinar el corazón de los hombres y reformar su moral’.
Así, cuando el país está por ser sometido, se habla mucho de la castidad y las mujeres que se suicidan son muy consideradas. Porque las mujeres les pertenecen a los hombres, y cuando un hombre muere su mujer no debe volver a casarse; tanto menos debe serle arrebatada durante la vida. Pero como, él mismo pertenece a un pueblo sometido; al no tener el poder de proteger a su mujer, ni el coraje de resistir, halla una salida presionando sobre ella para que se quite la vida. También hay hombres ricos, con un ejército de mujeres, hijas, concubinas y siervas, que no logran controlarlas a todas en los períodos turbulentos. Hallándose frente a tropas rebeldes o del gobierno son absolutamente impotentes. Todo cuanto pueden hacer es salvar su pellejo y presionar sobre sus mujeres para que se den una muerte gloriosa, así los rebeldes no volverán a interesarse en ellas. Luego, cuando el orden se restablece, estos ricachones pueden volver a casa y pronunciar algún panegírico sobre la muerte, . Que un hombre se vuelva a casar es algo absolutamente normal, de modo que buscan otra mujer y todo ha terminadlo. He aquí porqué hay obras tales como La muerte de dos viudas virtuosas o El epitafio de las siete concubina. También los escritos de Chien Chien-yi[5] están llenos de historias de mujeres castas y de elogios a su muerte gloriosa.
Solo una sociedad donde cada uno se preocupa exclusivamente por sí mismo y las mujeres permanecen castas mientras los hombres son polígamos, puede crear una moralidad tan pervertida que se hace cada vez más exigente y cruel con el pasar del tiempo. No hay nada de extraño en esto. Pero como el hombre propone y la mujer sufre ¿cómo es posible que las mujeres nunca hayan protestado? Porque la sumisión es la virtud cardinal de las esposas. Claro está que una mujer no necesita instrucción: para ella es delito incluso abrir la boca. Dado que su alma está tan distorsionada como su cuerpo[6] no objeta esta moralidad distorsionada. E incluso una mujer que tiene ideas propias no tiene posibilidad de expresarlas. Si escribe alguna poesía sobre el claro de luna o sobre las flores, los hombres pueden acusarla de buscar un amante. Entonces, ¿cómo se va a animar a desafiar á esta ‘verdad eterna’? Algunas historias, claro está, cuentan acerca de mujeres que por diversas razones no quisieron permanecer castas. Pero los narradores siempre ponen en evidencia que una viuda que se vuelve a casar, o es aferrada por el fantasma del primer marido y arrastrada al infierno o, condenada por el mundo entero, ¡se convierte en una mendiga que es echada de todas las casas hasta que muere miserablemente!
Siendo éste el estado de cosas, las mujeres no tienen otra salida que someterse. Pero ¿por qué los hombres dejaron que las cosas siguieran este rumbo en lugar de levantarse en defensa de la verdad? El hecho es que después de la dinastía Han la mayor parte de los instrumentos para conformar la opinión pública estaban en manos de los confucianistas profesionales, y mucho más lo estuvieron a partir de las dinastías Sung y Yuan. Es raro encontrar un sólo libro que no haya sido escrito por estos intelectuales ortodoxos. Ellos eran los únicos que expresaban opiniones. Con excepción de los budistas y de los taoístas, a los que les fue permitido por decreto imperial expresar sus opiniones, ninguna otra ‘herejía’ pudo dar un solo paso en descubierto. Por otra parte, la mayoría de la gente estaba notablemente influida por la ‘fanfarrona inflexibilidad’ de los confucianistas. Era tabú hacer cualquier cosa que no fuese ortodoxa. Así, incluso aquellos que se daban cuenta de la verdad no estaban dispuestos a dar la vida por ella. Todos sabían que una mujer sólo podía perder la castidad a causa de un hombre. Y sin embargo seguían condenando sólo a la mujer, mientras el hombre que destruía la reputación de una mujer casándose con ella, o el rufián que la obligaba a morir no casta, pasaba en silencio. Después de todo, los hombres son más temibles que las mujeres, y es más difícil hacer justicia que tejer elogios. Pocos hombres con cierto sentido de la honestidad sugirieron, es verdad, débilmente, que no era necesario para una joven seguir a su novio hasta la tumba: pero el mundo no los escuchó. Si hubieran insistido habrían sido considerados intolerables y tratados como mujeres no castas. De este modo se hicieron ‘flexibles’ y pasaron a los rangos. He aquí por qué nada ha cambiado hasta ahora.
(Debo señalar aquí que entre los actuales campeones de la castidad se encuentran varias personas qué conozco. Estoy seguro de que entre ellos hay hombres dignos y llenos de las mejores intenciones, pero su modo de salvar a la humanidad está equivocado. Para ir hacia el norte se dirigen hacia el sur. Y no podemos prestarles atención sólo porque son buenas personas, capaces de llegar al norte yendo hacia el oeste. Por eso espero que volverán atrás). Luego, hay otra cuestión.
¿Es difícil ser castos? La respuesta es: sí, es muy difícil. Precisamente porque los hombres saben lo difícil que es, elogian la castidad. La opinión pública siempre dio por descontado que la castidad depende de la mujer. Aun cuando un hombre seduce a una mujer, nadie le exige rendición de cuentas. Si A (un hombre) hace avances a B (una mujer), pero ella lo rechaza, entonces la mujer es casta. Si muere en el transcurso del suceso es una mártir gloriosa; el nombre de A queda intacto y la sociedad inmaculada. Si, por otra parte, B acepta a A, ella no es casta; nuevamente el nombre de A queda intacto, pero B ha ofendido a la sociedad. Esto ocurre también en otros casos. La ruina de un pueblo, por ejemplo, siempre se hace recaer sobre la mujer. Quiéranlo o no ellas se han echado sobre las espaldas durante más de tres mil años los pecados de la humanidad.
Como a los hombres no los llaman a rendir cuentas y no tienen vergüenza, siguen seduciendo a las mujeres a su placer, mientras los escritores tratan a tales incidentes como románticos. Así, una mujer es asediada por el peligro por todas partes. Con excepción del padre, de los hermanos y del marido, todos los hombres son seductores en potencia. Esta es la razón por la que digo que es difícil ser casta.
¿Es penoso ser casta? La respuesta es: mucho. Y precisamente porque saben cuan penoso es, los hombres elogian la castidad. Todos quieren vivir, pero convertirse en mártir significa ciertamente la muerte, no hace falta explicarlo. Una viuda casta, con todo, puede vivir. Podemos dar por descontado su dolor, pero incluso su existencia física es difícil. Si las mujeres tuvieran medios para ser independientes y la gente se ayudase mutuamente, una viuda podría arreglárselas sola; pero, desafortunadamente, en China ocurre precisamente lo inverso. Así, si tiene dinero está segura, pero si es pobre sólo puede morir de hambre. Y hasta que muera de hambre no será honrada, y su nombre no figurará en los anales de la historia local. Invariablemente, los anales de los diversos distritos contienen una sección titulada: ‘Mujeres Mártires’, una línea o media línea para cada una. Pueden llamarse Chao, Chien, Sun o Li, de todos modos, ¿a quién le interesa leer acerca de ellas? Hasta los grandes moralistas que cultivaron el culto de la castidad durante toda su vida pueden no conocer los nombres de las diez primeras mártires de su propio y honorable distrito; así, vivas o muertas, estas mujeres son recortadas del mundo. Por eso digo que ser casta es doloroso.
En tal caso, ¿es quizá menos doloroso no ser casta? No, esto también es muy penoso. Dado que la opinión pública desprecia a las mujeres, ellas son, pues, deshechos sociales. Gran parte de las creencias cuidadosamente tramadas por los antiguos son completamente irracionales, y sin embargo el peso de la tradición puede aplastar a los personajes indeseables. Sólo Dios sabe cuántos delitos han cometido desde la antigüedad estos anónimos, inconscientes asesinos, incluyendo la muerte de las mujeres castas. Ellas, sin embargo, son honradas luego de su muerte al ser mencionadas en las historias locales, mientras que las mujeres no castas son insultadas por todos en vida y sufren una insensata persecución. Por eso digo que incluso no ser casta es muy penoso.
Las mismas mujeres, ¿son partidarias de la castidad? La respuesta es: no, no lo son. Todos los seres humanos tienen ideales y esperanzas. Su vida debe tener un sentido, ya sea noble o bajo. Lo mejor es aquello que beneficia tanto a los demás como a nosotros mismos, pero cada uno espera por lo menos beneficiarse a sí mismo. Ser casta es difícil y penoso, y no le aprovecha ni a los demás ni a sí mismos; por lo tanto, decir que las mujeres son partidarias de la castidad es realmente irracional. Si encontráis una joven mujer y le rogáis sinceramente que se convierta en mártir se enfurecerá, y podréis incluso recibir puñetazos de su respetable padre, de sus hermanos y de su marido. Con todo, esta costumbre persiste, apoyada en la tradición. Sin embargo, nadie deja de temer a la ‘castidad’. Las mujeres temen ser crucificadas por ella, mientras que los hombres temen por sus circunstancias y por las mujeres que aman. Por eso digo que la castidad no favorece a nadie.
Sobre la base de los hechos y de las razones expuestas más arriba, afirmo que ser casta es extremadamente difícil y penoso, que no favorece a nadie, que no es de provecho para los demás ni para sí mismos, que no sirve ni al Estado ni a la sociedad, que no tiene ningún valor para la posteridad. Ha perdido todo significado (admitiendo que lo haya tenido alguna vez) y toda razón de ser.
En fin, tengo una última pregunta que hacer.
Si la castidad ha perdido todo significado y toda razón de ser ¿no son acaso los sufrimientos de las mujeres castas completamente vanos?
Mi respuesta es: ellas merecen nuestra compasión, deben ser compadecidas. Pescadas en engaño, sin ninguna buena razón tradicional, son sacrificadas sin sentido. Deberemos rendir grandes conmemoraciones en su honor.
Después de haber llorado por los muertos debemos jurar ser puros, inteligentes, valientes, y que aspiramos al progreso. Debemos quitarnos toda máscara. Debemos acabar con toda la estupidez y la tiranía que existe en el mundo y que ofende tanto a los demás como a nosotros mismos.
Luego de haber llorado por los muertos debemos jurar que nos desembarazaremos de todos los insensatos sufrimientos que envilecen nuestras vidas.
Debemos acabar con toda la estupidez y la tiranía que crean y nutren los sufrimientos de los demás.
También debemos jurar que haremos lo posible porque todo el género humano conozca la felicidad que le espera.
18 de julio de 1918.
“Mi punto de vista sobre la castidad”, pertenece al libro “Experiencia y otro ensayos”, de Lu Xun (Lu Sin). Consultar la fuente original para mayor precisión en el texto.