Viaje por mar con “Don Quijote” – Por Thomas Mann

Viaje por mar con Don Quijote
(1934)

Pensamos que, para empezar, nos tomaríamos un vermut en el bar, y eso es lo que estamos haciendo, a la espera tranquila de la salida. Del bolso he sacado este cuaderno y uno de los cuatro tomitos en tela color naranja de Don Quijote que me acompañan; no hay prisa para deshacer las maletas. Tenemos por delante de nueve a diez días antes de desembarcar donde los antípodas; volverá a ser sábado y domingo, como mañana, además lunes y martes hasta que termine esta civilizada aventura, el flemático holandés cuya cubierta liemos recorrido hace un momento no puede correr más rápido. ¿Por qué habría de hacerlo? La medida del tiempo que concuerda con su simpático tamaño medio es, sin duda, más natural y saludable que la convulsiva ansia de récord de aquellos colosos que en seis o incluso cuatro días atraviesan aceleradamente las inmensas vastedades que se extienden ante nosotros. Despacio, despacio. Richard Wagner opinaba que el verdadero tempo alemán era el andante, bien, hay bastante arbitrariedad en estas respuestas parciales a la cuestión, eternamente abierta, de «¿Qué es lo alemán?»; tienen un efecto más bien negativo al animar a definir como «poco alemán» las cosas más variadas, que en realidad no lo son, como el allegretto, el scherzando y el spirituoso. La frase wagneriana sería más feliz si dejara de un lado lo nacional que la sentimentaliza, y se atuviera a la dignidad objetiva de la lentitud, por la que la apruebo. Lo bueno necesita tiempo. Y también lo grande, dicho de otra manera: el espacio necesita su tiempo. Que hay una especie de hybris, algo sacrilego, en robarle una dimensión o reducírsela, me refiero al tiempo ligado naturalmente a él, es un sentimiento familiar para mí. Goethe, que era ciertamente un amigo del hombre, pero que no amaba la potenciación artificial de su capacidad perceptiva, microscopios y telescopios, hubiera aprobado este escrúpulo. Claro que uno se pregunta dónde se halla, entonces, el límite de lo pecaminoso, y si diez días no son tan transgresores como seis o cuatro. Piadosamente habría que concederle al océano ese mismo número de semanas y viajar con el viento que es una fuerza de la naturaleza; también lo es la fuerza del vapor. Por cierto, nosotros utilizamos gasóleo. Pero todo esto empieza a parecerse a una divagación.

Fenómeno comprensible. Es signo de una secreta excitación. Sencillamente tengo nervios de noche de estreno, ¿acaso es de extrañar? Mi primer viaje por el Atlántico, el primer encuentro y el conocimiento del mar océano me esperan, y al final, más allá de la curva de la tierra, sobre la que se extienden las gigantescas aguas, nos aguarda Nueva Amsterdam, la metrópoli. De su talla hay cuatro o cinco y forman una especie extraordinaria y monstruosa de lo urbano, de estilo excesivo y también sobresaliente en la clase de las grandes ciudades, de modo parecido a como en el terreno de la naturaleza y del paisaje destaca sobremanera la categoría de lo natural elemental y primitivo, el desierto, la alta montaña y el mar. He crecido a orillas del mar Báltico, unas aguas provincianas, y mi tradición familiar es de ciudad antigua y mediana, una civilización moderada, cuya imaginación nerviosa conoce el terror respetuoso ante lo elemental —y también su rechazo irónico. Durante una tempestad en alta mar Iván Goncharov fue sacado de su camarote por el capitán: como era un escritor debía ver aquello, era grandioso. El autor de Oblómov subió a cubierta, echó un vistazo a su alrededor y dijo: «Sí, ¡tonterías, tonterías!», y descendió de nuevo.

Resulta tranquilizadora la idea de que nos enfrentaremos al gran desierto en alianza con la probidad y bajo su protección: en este buen barco, cuyas cubiertas de paseo, lacados pasillos de cabinas, salones y escaleras alfombradas acabamos de inspeccionar someramente y cuyos valientes oficiales y tripulación no han aprendido otra cosa que a dominar el elemento. Nos llevará a través de él como el blanco tren de lujo lleva al viajero de Jartum a través del horror, entre las mortíferas colinas candentes del desierto libio y arábico…

«Abandono» —basta con pensar en la palabra para sentir lo que significa estar arropado por la civilización humana. No aprecio demasiado a aquel que a la vista de la naturaleza elemental se abandona exclusivamente a la admiración lírica de su «grandeza» sin dejarse invadir por la conciencia de su hostilidad horriblemente indiferente.

Por otro lado, es la época del año que suaviza la aventura y pone a esa hostilidad ciertos límites amables. La primavera está avanzada: en este tiempo no son de temer del océano extravagancias excesivamente frenéticas, y esperamos que nuestra solidez marinera esté a la altura de exigencias moderadas, sobre todo pensando calladamente en las pastillas Vasano en mi bolso de mano, también una manera muy humana de cubrirse uno la retirada. ¡Otra cosa sería si estuviéramos en invierno! Amigos, virtuosos itinerantes, me han contado de los ridículos sustos de una travesía de ésas, a los que un día tampoco yo podré evitar tener que enfrentarme. ¿Olas? ¡Son montañas! ¡Son Gaurisankars! Está prohibido pisar la cubierta —al fastidiado Goncharov no le habrían hecho subir, se ve mejor a través del ojo de buey bien asegurado. Tú estás atado a tu lecho, subes, caes, es el complicado movimiento tambaleante de algunas diversiones torturadoras de las verbenas, que confunde las direcciones, revuelve el estómago y el cerebro. Desde una altura vertiginosa ves venir hacia ti tu lavabo, y sobre el plano inclinado alternante del camarote se deslizan en torpe danza tus maletas haciendo carambolas. Reina un espantoso, un infernal ruido, provocado en parte por los elementos desatados en el exterior, en parte por el barco que sigue avanzando empecinado y sacudido hasta sus últimas piezas. La cosa dura tres días y tres noches, supon que ya hubieras pasado dos y éste fuera el tercero. No has comido nada durante ese tiempo; llega el momento en que tienes que acordarte de esta costumbre. Como no mueres, a pesar de estar decididamente dispuesto a ello durante cuartos de hora enteros, has de comer algo llegado un momento, y llamas al camarero, pues el timbre eléctrico funciona y el servicio de hotel de primera clase del barco se mantiene en pie en medio del hundimiento del mundo, disciplinado hasta el fin —es el delicado y muy admirable heroísmo de la civilización humana. El hombre viene, con servilleta y chaqueta blanca —no entra de cabeza, se mantiene firme en la puerta. En el escándalo infernal capta tu encargo exhausto, se va y vuelve, guardando con brazo flexible el equilibrio extremadamente amenazado de su bandeja caliente. Tiene que esperar su momento, uno determinado, en el que la situación del mundo le permita hacer aterrizar el manjar sobre tu cama describiendo un arco, si no dominado al menos calculado. El camarero aprovecha su momento, lleva a cabo lo que está en sus manos con coraje e inteligencia, y el impulso parece tener éxito. En el mismo segundo, sin embargo, ha cambiado la situación del mundo en el sentido y al efecto de que ves la bandeja, boca abajo, sobre la cama de tu mujer… No es posible.

Así son los relatos, ¿y cómo no habría de recordarlos mientras damos sorbitos a nuestro vermut de despedida y yo garabateo estas líneas? Desde luego no serían necesarios para reforzar mi respeto ante nuestra empresa, sencillamente porque soy un ser respetuoso y llevo, por así decir, las cejas enarcadas como todo al que le ha sido concedido el don ameno, aunque provinciano, de la fantasía. Uno jamás será un hombre de mundo con este don, porque «protege» —si es que corresponde el término laudatorio— de la superioridad hasta la vejez. Tener fantasía no significa inventarse algo; significa darle importancia a las cosas, y eso naturalmente no es mundano. Increíblemente estamos a punto de repetir el viaje de Colón hacia más allá del occidente; durante días flotaremos en el vacío cósmico (aunque atendidos primorosamente) entre los continentes —muy bien, no creo que la mayoría de nuestros compañeros de viaje le conceda al hecho una reflexión como ésta. Por cierto, ¿dónde andan? Estamos solos en el bar forrado de cuero que bosteza acogedoramente, y se me ocurre que también en el ténder que nos trajo hasta aquí por las aguas portuarias de Boulogne-Maritime estábamos prácticamente solos. El steward del bar se acerca a nosotros y relata sacudiendo la cabeza que cuatro pasajeros de primera clase, incluidos nosotros, han subido a bordo aquí, una docena más o menos ya están en el barco desde Rotterdam, y otros cuatro se nos unirán esta tarde en Southampton. Eso es todo. ¿Qué nos parece? Nos parece que en un viaje así la compañía tendrá que poner inevitablemente mucho dinero. Muy doloroso, es la crisis, la depresión. Pero, convenimos con él, las cosas irán mejor en dirección inversa. En junio comienza la temporada europea para los americanos: Salzburgo, Bayreuth, Oberammergau llaman, y no faltarán los alicientes. Una referencia discreta a las propinas. A medias, con visibles dudas, el hombre, preocupado, se da por satisfecho mientras nosotros, desde nuestro punto de vista, pensamos que será muy agradable viajar en un barco tan vacío. Nos pertenecerá casi por completo, será una vida como en un yate privado. Y la idea de tranquilidad me conduce de nuevo a mi lectura de viaje, el tomito color naranja que, parte sólo de un total más grande, está a mi lado.

Lectura de viaje —un género lleno de reminiscencias de inferioridad. Está muy extendida la opinión de que lo que se lee en un viaje ha de ser de lo más ligero y superficial, tonterías que «hagan pasar el tiempo». Nunca lo he comprendido. Porque, aparte de que la llamada lectura de pasatiempo es sin lugar a dudas la más aburrida del mundo, no me entra en la cabeza por qué precisamente en una ocasión tan festivo-solemne como es un viaje uno ha de descender por debajo de sus costumbres intelectuales y dedicarse a lo frívolo. ¿Acaso por la exaltada y tensa situación vital del viaje se crea un estado anímico y nervioso en el que lo frívolo repugna menos que de costumbre? Hablé antes de respeto. Como tengo en buena estima nuestra empresa es justo y razonable que también estime la lectura que ha de acompañarla. Don Quijote es un libro universal; para un viaje universal es lo más adecuado. Fue una aventura audaz escribirlo, y la aventura receptora que significa leerlo es igual a las circunstancias. Extrañamente nunca he llevado sistemáticamente a cabo su lectura. Quiero hacerlo a bordo y tratar de apurar este mar narrativo, como también apuraremos en diez días el océano Atlántico.

La grúa del ancla arma ruido mientras doy expresión escrita a este preámbulo. Navegamos. Vamos a subir a cubierta para mirar hacia atrás y hacia delante.

20 de mayo

Lo que hago no debiera hacerlo, estar sentado encorvado y escribir. No contribuye al bienestar porque el mar está como dicen nuestros compañeros de mesa americanos «a little, rough», y el balanceo del barco, al que no se le puede negar calma y comedimiento, naturalmente es más sensible en el piso superior en el que se encuentra este salón de escribir que más abajo. No es buena idea mirar por la ventana pues el ascenso y descenso del horizonte afecta a la cabeza de una manera conocida pero ya olvidada de antiguas experiencias; tampoco tiene un efecto demasiado feliz mirar hacia abajo sobre el papel y la escritura. Extraña tozudez la de empeñarse, aún en circunstancias tan contrarias, en esta costumbre de toda la vida que consiste en ejercitarme estilísticamente después del paseo matutino.

Ayer al anochecer fondeamos un rato frente a Southampton y tomamos a bordo a las pocas personas que estaban anunciadas en esta última parada, antes del gran viaje imposible de interrumpir. La noche nos ha arrastrado ya muy lejos, lejos hacia la lejanía; aún se vislumbra tenuemente la costa sur de Inglaterra, pero por poco tiempo y el disco gris, ligeramente espumoso del mar bajo el cielo también gris turbio estará vacío y será perfecto. No me resulta nuevo que el mar vivido desde el barco en su perfección circular no me impresione tanto como visto desde la playa. El entusiasmo que me produce su sagrada acometida contra el bastión sobre el que me encuentro falta aquí. Es una desmitificación que responde sin duda a la reducción del elemento a camino y carretera de viaje, por la que pierde su carácter de espectáculo, sueño, idea, visión espiritual de eternidad, para convertirse en lo que nos rodea. Lo que nos rodea parece que no es estético, estética es únicamente la imagen que tenemos enfrente. Schopenhauer dice: «Es bello ver las cosas, pero no es nada bello ser esas mismas cosas». Es posible que esta verdad dirigida contra todas las nostalgias esté relacionada con mi vivencia del mar. Ninguna ilusión resiste la relación íntima con ella —tampoco cuando la praxis está rebajada por tanto lujo vergonzosamente protector como el que proporciona un barco de lujo.

Sin embargo, siempre hay algún que otro susto. Inevitable el shock nervioso de las primeras horas después de cambiar la acostumbrada base estable por una inestable. Durante días el descender una escalera que se ondula bajo nuestros pasos, y reblandecida se alza y se hunde tiene algo improbable: nos echamos las manos a la cabeza que protesta mareada y quisiéramos llamarlo una mala broma. Un paseo absurdo el de esta mañana en cubierta —ese paralizado sentirse frenado y ese borracho caerse hacia delante que acompañamos con una risa despreciativa e incrédula, ya que extrañamente tenemos la tendencia a, independientemente de las circunstancias, adscribirnos un estado del que nace tanta indignidad —como creemos que nuestros pies son «pesados» cuando caminamos por una calle empinada. Pero con satisfacción constato que ninguna molestia que me produzca el mar, la hiperacidez y la conmoción del sistema nervioso, pone en peligro mis sentimientos de amistad hacia el elemento salado transmitidos por la sangre y la infancia. Sentirse mal no es aquí motivo para el disgusto, deja intacto el ámbito del alma, como también deja intacto en gran medida el apetito, yo, por así decir, no le tomo al mar nada a mal y creo que aunque la enfermedad natural alcanzara grados mayores, la simpatía prevalecería:

¡Intrépido amigo de mi infancia,

nos vemos de nuevo reunidos!

Recordé esta mañana los versos que Tonio Kröger no supo rematar porque su corazón vivía.

Entre los síntomas del mal de mar de baja intensidad hay que contar la soñolencia, incluso el hambre de sueño, de los primeros días. Quizá tenga la culpa la alta presión atmosférica, pero sobre todo el vaivén que adormecedor ofusca la cabeza y la atonta. Sin duda se trata del principio del acunar a los niños, la inducción artificial del sueño a través de la alteración del cerebro que produce el balanceo, un invento de amas y niñeras antiquísimo y no muy moral, como el suministro de adormidera.

Ayer por la tarde y por la noche, escuchando música en el Salón Azul, estuve leyendo algunas cosas en Don Quijote y ahora, en la hamaca de cubierta, una transposición hacia el otro extremo del excelente sillón de reposo de Hans Castorp, voy a continuar con la lectura. ¡Qué curioso monumento! Supeditado a su tiempo en el gusto, más de lo que su sátira en contra de ese gusto quisiera, también en la actitud más de una vez servil y fiel, y sin embargo en el terreno de lo literario y de los sentimientos libre, crítico y humanamente muy por encima de su tiempo. No puedo decir cuánto me entusiasma la traducción de Tieck, esa lengua alemana luminosa y ricamente formada de la época del clasicismo y del romanticismo, nuestra lengua en su más feliz momento. Sirve de la manera más bella al estilo grande-humorístico de la obra, que me incita una vez más a considerar lo humorístico como el elemento esencial de lo épico, a sentirlo como formando una unidad con él, a pesar de que probablemente no es una equiparación sostenible objetivamente. Un medio estilístico romántico-humorístico es ya el ardid de hacer pasar toda la «grande y memorable historia» por la traducción y transcripción comentada de un manuscrito árabe, que tiene por autor a un «moro», Cide Hamete Benengeli, y sobre el que el autor en apariencia se apoya, de modo que su relato pasa a menudo al estilo indirecto con giros como: «Cuenta la historia que…» o «¡Bendito sea el poderoso Alá! dice Benengeli al comienzo deste octavo capítulo. ¡Bendito sea Alá! repite tres veces». Genuinamente humorísticos son los títulos de los capítulos que resumen en tono encomiástico, como por ejemplo: «De la discreta y graciosa plática que pasó entre Sancho Panza y su mujer Teresa Panza, y otros sucesos dignos de felice recordación». O parodístico-burlescos: «De cosas que dice Benengeli que las sabrá quien le leyere, si las lee con atención». Humorística, por fin, en el sentido más profundo de la complejidad humana, es la ambivalencia vital de los dos caracteres principales, de la que el autor toma conciencia con orgullo a la vista de la mediocre continuación tan odiada. Esta continuación a la que se dejó seducir un chapucero especulador en vista del éxito mundial de la novela, fue lo que incitó a Cervantes a escribir él mismo una segunda parte, del séptimo al decimo-segundo «libro»,[2] a pesar de que como dijo Goethe los temas de la obra ya habían sido agotados en la primera parte. La continuación ilegítima no vio en Don Quijote más que un necio merecedor de todas las palizas, en Sancho sólo un comilón. La protesta indignada y celosa contra tal simplificación asoma en más de una página del segundo Don Quijote y polemiza en el prólogo, cuya actitud, por cierto, es la dignidad y la mesura mismas —aunque sólo en apariencia. Utiliza el procedimiento retórico de descargar sobre el lector el deseo de venganza y de condena, renunciando a ellas con una compostura que sería digna del caballero manchego mismo. «Quisieras tú que lo diera del asno, del mentecato y atrevido; pero no me pasa por el pensamiento: castíguele su pecado, con su pan se lo coma y allá se lo haya». Es algo muy cristiano y muy bonito. Lo único que le ofende es que «este señor» le haya llamado viejo y manco, como si hubiera estado en mano del autor «haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos» (se refiere a la batalla de Lepanto). «… y hase de advertir», contraataca ingeniosamente, «que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento el cual suele mejorar con el tiempo». También esto es encantador. Pero la serenidad benigna de su cabeza cana no trasluce en absoluto en las historias brutalmente alusivas que encarga al lector relatar a «este señor», y que han de demostrar al chapucero que «una de las mayores [tentaciones del demonio] es ponerle a un hombre en el entendimiento que puede componer e imprimir un libro con que gane tanta fama como dineros». Son decididamente testimonio de sed de venganza, gran furia, fuerte odio, estas historias, del dolor no del todo consciente de un artista ante la confusión entre lo que tiene éxito aunque es bueno y lo que tiene éxito porque es malo.

Cervantes vivió que una chapuza que se pretendía continuación de su obra hubiera igualmente «corrido el orbe», se hubiera leído tan afanosamente como la suya. Esta chapuza copiaba sus características de éxito más burdas: la comicidad de la locura apaleada y de la glotonería campesina; con eso únicamente salía adelante; no poseía la ternura, el arte de las palabras, la melancolía y la profundidad de la obra y, desgraciadamente, nadie los echaba de menos: la multitud según parecía no hallaba diferencia. Esto es terriblemente humillante para un escritor; cuando Cervantes habla del «amago y la náusea» que ha producido el otro Don Quijote se refiere a su propia experiencia aunque se la atribuya al público, y tenía que escribir la verdadera segunda parte de su obra no para dispersar el «amago y la náusea» al lector sino a sí mismo, que no los tenía en la boca solo debido a esa chapuza sino, a través de ésta, también debido al éxito de su propia obra. Desde luego el segundo Don Quijote, del que el lector no debe olvidar que «es cortada del mismo artífice y del mesmo paño que la primera», está hecho para rehabilitar el éxito del primero, salvar el honor literario de este éxito enturbiado. La segunda parte ya no posee la frescura inicial y la feliz despreocupación de la primera, que muestra cómo de una concepción modesta, de una sátira alegre y vital, en la que el autor originalmente no se plantea grandes cosas, surge par hasard y par génie un libro del pueblo y de la humanidad. Estaría menos cargado de humanismo, elementos cultos, atisbos de una cierta frialdad literaria si el afán de distinción no hubiera jugado un papel destacado en su creación. Especialmente desarrolla con mayor claridad y más conscientemente esa complejidad de los caracteres principales: en esto sobre todo quiere ser «del mismo artífice y del mesmo paño» que la primera. Don Quijote es indudablemente un loco, la obsesión caballeresca le convierte en uno; pero la chaladura anacrónica también es la fuente de una nobleza tan real, de una pureza, de una gracia aristocrática, de una decencia tan atractiva y tan inspiradora de consideración de todas sus maneras, físicas y espirituales, que la carcajada ante su «triste», su grotesca figura, siempre está mezclada de respeto admirativo, y nadie se encuentra con él sin sentirse atraído incrédulo hacia el hidalgo lamentable y magnífico, trastornado en un punto, pero por lo demás intachable. El espíritu en forma de spleen es el que le anima y ennoblece, el que deja resurgir incólume su dignidad moral de todas las humillaciones; y que Sancho Panza, con sus refranes, su ingenio popular y sensatez campesina, que no es en absoluto partidario de la «idea» que cosecha palos sino de las alforjas, tenga sentido a pesar de todo para este espíritu, que ame a su buen y absurdo amo de todo corazón, no le abandone a pesar de toda las fatigas que van unidas a su servicio, que no se pueda liberar de él sino que le guarde fidelidad de escudero sincera y admirativa, aunque de vez en cuando tenga que mentirle, eso es maravilloso, le hace también a él digno de ser amado, llena su figura de humanidad y la eleva por encima de la esfera de la simple comicidad hacia lo humorístico-entrañable.

Sancho es verdaderamente popular, en la medida en que representa la relación del pueblo español con la locura aristocrática, a la que quiera o no está destinado a servir. Desde ayer ya me preocupa esto. Aquí hay una nación que eleva la parodia melancólica y la ridiculización de sus cualidades clásicas como son la grandeza, el idealismo, la generosidad mal adaptada, la caballerosidad no lucrativa, a su libro ejemplar y de honor, y se reconoce en él con tristeza orgullosa y regocijada —¿no es algo extraordinario? La grandeza de España se halla en siglos lejanos; en los nuestros nene que luchar con dificultades de adaptación. Pero lo que a mí me interesa es precisamente la diferencia entre eso que se llama pomposamente «historia» y el alma, lo humano. Autoironía, libertad y sentido artístico sutil en relación con uno mismo quizá no hacen a un pueblo especialmente eficaz históricamente; pero son entrañables, y al final también lo entrañable o lo antipático juegan su papel en la historia. Digan lo que digan los pesimistas históricos: la humanidad posee una conciencia, aunque sólo sea estética, una conciencia del gusto. Se inclina sin duda ante el éxito, ante el fait accompli del poder, aunque en su origen esté un crimen. Pero en el fondo no olvida lo humanamente feo, lo violentamente injusto y lo brutal que ha sucedido en su seno, y sin su simpatía no puede sostenerse a la larga ningún éxito del poder o de la tenacidad. La historia es la realidad corriente para la que hemos nacido, para la que hay que ser fuerte y en la que la caballerosidad inadaptada de Don Quijote fracasa. Esto es encantador y ridículo. Pero ¿qué sería un Don Quijote antiidealista, oscuro, pesimista que creyera en la fuerza, un Don Quijote de la brutalidad, que siguiera siendo, sin embargo, un Don Quijote? A estos extremos no llegaron el humor y la melancolía de Cervantes.

21 de mayo

(Hamaca, cubierta de paseo, manta y abrigo)

Desde ayer por la tarde suena casi ininterrumpidamente la sirena de niebla, ha sonado si no me equivoco toda la noche y ha empezado también hoy de mañana con su señal. Llueve un poco, el horizonte, nuestra infinitud diaria, está envuelto en gris y nuestro avance ralentizado. También hace viento, aunque el mar se mantiene moderado como hasta ahora, y así no vamos a hablar de mal tiempo.

En el tablón de anuncios que se halla en el vestíbulo de la escalera sobre el comedor y que sirve para los avisos públicos, leímos esta mañana en inglés que los pasajeros se dirigieran a las once con sus tarjetas de embarque a los puestos de barcas numerados para recibir del oficial encargado instrucciones para un caso de emergencia. No me he fijado si otros han seguido la orden, pero nosotros en cualquier caso nos hemos desplazado después del consomé, que a estas horas sirven los chaquetas blancas, al punto de encuentro, pues el caso de emergencia me interesa en todo este confort repintado, que se empeña en hacer olvidar la seriedad de la situación. Durante el camino, no del todo seguros de nuestra meta, nos encontramos con el primer steward, al que conocemos bien del comedor, que se nos revela como nuestro barquero, instructor y hombre de salvamento, un holandés jovial, que habla inglés y alemán con la misma habilidad humorística y se arregla con poco, un astuto buenazo, afeitado, gafas doradas sobre la nariz fina y aguileña, como se encuentran entre nosotros fácilmente en la región suaba, con una chaqueta ricamente adornada de galones que por la noche es corta y lleva unas solapas tipo smoking. Nos conduce al lugar del posible caso serio, un punto de la cubierta de paseo abierta, y nos explica en su alemán-holandés agradable y bromista, incisivo y al mismo tiempo gutural, el proceso del embarque de manera ligera y afable: nada puede ser más sencillo y tranquilizador: aquí desciende de la cubierta superior la barca, una barca de motor, muy mona, sólo un poco pequeña cuando el mar está agitado, aquí cuelga delante de la borda, nosotros nos mi altamos en ella, luego desciende hasta el agua. «Y entonces —dice—, les llevo a casa».

A casa, ¡extraña expresión! Suena como si tuviéramos que darle nuestras señas sobre las olas, y entonces él nos llevara allí con la barca de salvamento. A casa ¿qué significa eso? ¿Quiere decir Küsnacht, cerca de Zurich, en el país suizo, donde vivo desde hace un año y me siento más como huésped que en casa, de modo que no puedo verlo todavía como un objetivo aceptable para una barca de salvamento? ¿Significa, más atrás, mi casa en el Herzogenpark de Munich, a orillas del Isar, donde pensaba terminar mis días, y que ha demostrado ser únicamente techo pasajero y pied à terre? A casa —tendría que remontarse aún más, hacia el país de la infancia y la casa de mis padres en Lübeck, que se encuentra en su sitio actualmente, y sin embargo está profundamente sumergida en el pasado. ¡Extraño barquero con tus gafas, tus triángulos dorados en las mangas y tu impreciso «a casa»!

En cualquier caso ahora estábamos informados, y luego charlamos aún un ratito con nuestro ángel, sobre todo porque yo quería saber si él había vivido algún caso de emergencia y había participado en uno de estos embarques.

—¡Tres veces! —dijo.

Tres veces en su vida viajera le había ocurrido el caso; el que navega mucho no puede evitarlo fácilmente.

—¿Y cómo fue? ¿Cuál fue el motivo?

—¡Encallamos! —dijo con asombro fingido. Habían encallado, ¿qué otra cosa podía ser? Ocurre a veces cuando se viaja mucho por mar. No nos imaginábamos la situación y no nos hacíamos una idea clara de cómo artes diplomadas de la navegación, en las que confiamos ciegamente, pueden fallar con tanta facilidad y frecuencia que encallan sin más a cada momento. Pero no pudimos obtener de él datos más concretos. Su limitado vocabulario, manejado con volubilidad y humor, lo impedía. Quizá eran bravatas lo que nos contaba, al estilo ensoñado del «llevar a casa».

En el comedor nuestro hombre está principalmente al servicio de una familia americana, que vive ostensiblemente en la opulencia, se mueve siempre fuera de la carta y se regala con extras como langostas, champán, caviar y omelette en surprise. Desde luego nuestro hombre va de mesa en mesa, con las manos en la espalda y mucho humor profesional detrás de las gafas, y obsequia a cada uno con su jovialidad. Pero allí recala largo rato y con predilección, supervisa con cuidado la llegada de los placeres extraordinarios y a veces interviene él mismo sirviendo. Contemplamos la prosperity con tanto mayor interés cuanto que nadie tiene que pasar hambre. La comida es abundante, lo es a discreción, lo que se valora especialmente. No hay ninguna tutela a través de un menú fijo. Toda la carta de apretadas líneas y siempre nueva está a disposición; según las ganas y el estado de salud uno se confecciona su comida con su ayuda, y si quisiera podría comer tres veces al día las sugerencias de arriba abajo, desde los hors d’oeuvres hasta los ice-creams. ¡Pero qué pronto el hombre choca con sus límites! La compañía lo sabe, y sin duda su principio de libertad ha demostrado ser económico —sobre todo en invierno.

Nosotros nos sentamos en la mesa central redonda junto con dos oficiales: el médico, joven y simpático, de nacionalidad americana, y el comisario, un holandés de flema clásica y tal apetito que recibe siempre doble porción. A éstos se añaden un hombre de negocios pequeño y de buen carácter de Filadelfia, al que le gusta beber champán y me recuerda por su manera y su forma de pensar a los tipos de la civilización comercial patria, y una señorita ya mayor, vestida con pulcritud burguesa, que ríe mucho por pura amabilidad, ha visitado a unos familiares en Holanda y se halla en viaje de regreso. Después de tomar tierra tendrá que cruzar todo el continente, pues reside en el estado de Washington, a orillas del Pacífico.

Qué viajes hace la gente —son casi insensatos. Mi mujer está entusiasmada con una pareja de bebés mellizos de Rotterdam a los que a menudo vemos en cubierta en su cochecito, y a los que llevan a visitar a su abuela a Carolina del Sur. La vieja dama quiere ver a sus nietos —muy bien, pero es terriblemente egoísta por su parte. Carolina del Sur está más al sur que Sicilia, en junio es una zona caliente, ¿y si los bebés de Rotterdam cogen allí una descomposición y mueren, qué dirá entonces la abuela obsesionada con verlos? No es asunto nuestro, pero cuando está uno encerrado en el mismo horizonte con hechos así reflexiona sobre ellos.

La niñera de los bebés es judía y lee libros modernos. La madre come con los hermanos mayores no muy lejos de nosotros en una esquina de la sala, cuyos concurrentes ya nos son familiares —hace tiempo, según nos parece. Son pocos y siempre los mismos. Nadie sube o baja —la imposibilidad es evidente, y sin embargo uno se sorprende esperando ver alguna vez aparecer una cara nueva. Hay también una mesa con jóvenes holandeses que sin duda hacen un viaje de placer y sueltan frecuentes salvas de carcajadas, y aún una quinta mesa en la que el capitán toma sus comidas en compañía de un distinguido matrimonio americano de avanzada edad. Estos esposos se sientan en el Salón de Música muy derechos y muy juntos a la hora del té y después de la cena, y leen. Esto sería todo si no estuviera aún el enfant terrible del grupo de viajeros, un yanqui huesudo con boca protuberante, la típica boca de pez anglosajona, bajo la que los policemem de Londres sujetan el barboquejo (y no bajo la barbilla), un hombre de alrededor de treinta y cinco años, que ha exigido una mesa individual, trae a la comida un libro y no se relaciona con ningún alma. Claro que se le ve en la clase turista jugando al shuffleboard con emigrantes judíos. Su retraimiento produce irritación, no despierta simpatías. Le he visto repetidamente tomar apuntes, tanto en la hamaca como en la mesa. No es trigo limpio, todos lo intuyen. Nadie se aísla de esta manera y luego va y se distrae en la clase turista. Sin duda es un escritor, que vive en disidencia crítica con el orden social, aunque su traje de etiqueta es correcto. Le envidio un poco por la firmeza con la que ha insistido en la mesa individual, y estoy un poco celoso de los emigrantes judíos a los que honra con su trato. Creo que yo sería tan capaz como ellos de seguir los pensamientos de sus notas, me lo dice mi orgullo, aunque reconozco que mi interés, en este momento, va en dirección menos social que estético-psicológica.

I Jurante todo el día me divierte el ingenio épico de Cervantes, que hace surgir las aventuras de la segunda parte, o al menos algunas de ellas, de la fama literaria de Don Quijote: de la popularidad de la que gozan él y Sancho gracias a «su» novela, la gran historia en la que han sido retratados, la primera parte precisamente. No serían admitidos en la corte de los duques si los señores no conocieran a la curiosa pareja tan bien de la lectura y no estuvieran encantados de verla personalmente y en «realidad», y de recibirla en su casa para su ducal entretenimiento. Esto es totalmente nuevo y único; no conozco otro caso en la literatura universal en el que un héroe de novela viviera de la fama de su fama, de su ensalzamiento —porque el simple retorno de personajes conocidos en ciclos de novelas, como en Balzac, es otra cosa. Su realidad se legitimiza, potencia y profundiza, por así decir, gracias a nuestra vieja amistad con ellos, gracias a que ya estuvieron aquí una vez y están de nuevo aquí; pero no cambian de nivel, el orden de ilusión al que pertenecen sigue siendo el mismo. En Cervantes hay en juego mucha más confusión romántica y magia irónica. Don Quijote y su escudero salen en esta segunda parte de la esfera de realidad a la que pertenecen, es decir, el libro de la novela en el que vivían, y se mueven, saludados ruidosamente por los lectores de su historia, en carne y hueso como realidades potenciadas en un mundo que, al igual que ellos, en relación con el anterior, el mundo impreso, representan un nivel superior de la realidad, aunque también ella es mundo narrado, la invocación ilusoria de un pasado ficticio, como cuando Sancho se permite la broma de decir a la duquesa: «… y aquel escudero suyo que anda, o debe de andar, en la tal historia, a quien llaman Sancho Panza, soy yo, si no es que me trocaron en la cuna; quiero decir, que me trocaron en la estampa». En efecto, en algún lugar Cervantes deja incluso aparecer una figura de la odiada continuación falsa de su obra para que se convenza a la vista de la realidad de que el Don Quijote con el que está relacionada narrativamente no puede ser el real y verdadero. Esto son piruetas en el puro espíritu de E. T. A. Hoffmann, como también es evidente, por otro lado, en dónde se inspiran los románticos. No eran precisamente los más grandes artistas, pero reflexionaron con la máxima agudeza sobre las profundidades ingeniosas y las impenetrabilidades espejeantes del arte y de la ilusión, y como eran artistas con y por encima del arte, les acechaba tan peligrosamente la disolución irónica de la forma. Es bueno ser consciente de que este peligro convive estrechamente con toda técnica de creación artístico-humorística. De la ingeniosidad de determinados medios de creación épicos sólo hay un paso al chiste y al truco, a la ocurrencia sin forma y sin fe en la forma. En este sentido yo mismo doy al lector, por ejemplo, la oportunidad inesperada de ver con sus propios ojos a José, el hijo de Jacob, sentado junto al pozo bajo la luz de la luna, y de comparar su presencia en carne y hueso, atractiva pero también humanamente deficiente, con la fama idealizada que los milenios han tejido en torno a su figura. Espero que el humor de esta oportunidad creativa se mantenga dentro de lo que honestamente cumple con el arte.

22 de mayo

Así pues nos movemos sin que la máquina descanse, día tras día en regular esfuerzo hacia delante por las inmensidades del océano, y por la mañana durante el baño pegajoso, de perfume ligeramente podrido, en el agua de mar caliente que impregna la piel de sal y que me agrada enormemente, resulta agradable pensar que durante el sueño hemos enrollado un buen pedazo de vastedad. El tiempo parece querer aclararse en algún momento. Aparece el azul y embellece también el agua con un brillo de color más meridional, pero pronto las nubes devoran esta luz más cálida.

Hacia la noche nos gusta estar en la cubierta delantera haciendo frente al viento, observando nuestro viaje hacia el oeste por la redondez circular del océano. Siempre nos dirigimos hacia el sol poniente, y el curso sólo varía mínimamente; ayer nos manteníamos con más exactitud en dirección a poniente, hoy nos desviamos un poco hacia el sur. Es bello y majestuoso el surcar de uno de estos barcos por los horizontes, como medio de locomoción es más digno, sin duda alguna, que el tomar-la-curva-a-toda-velocidad de los trenes expresos. Llama la atención el vacío absoluto del horizonte —en una ruta que está transitada por los barcos de todas las naciones navegantes. Es el cuarto día; pero hasta hoy no hemos visto ni el penacho de humo de un solo barco. La explicación es sencilla. Hay demasiado sitio. La amplitud tiene algo cósmico; la multitud de barcos se pierde en ella como las estrellas en el espacio, y es una casualidad rara que uno se encuentre con otro.

A diario el tablón de anuncios nos insta a retrasar nuestros relojes de media hora a cuarenta minutos, ayer fueron treinta y nueve. Oficialmente el retraso se produce a medianoche pero nosotros llevamos a cabo el solemne acto poco después de la cena, de modo que para que la noche no nos resulte demasiado larga se nos prolonga la velada y repetimos un trozo de tiempo ya vivido escuchando música y leyendo. Aunque no sin meditar sobre ello, dejamos a las agujas del reloj hacer de nuevo una parte del camino del tiempo, que hoy miden por tercera vez. Diez veces treinta y nueve minutos son seis horas y media que perdemos, no, que ganamos en este viaje. ¿Cómo retrocedemos en el tiempo mientras avanzamos en el espacio? Pues porque el viaje va hacia poniente, en contra del movimiento de rotación de la Tierra. La palabra «cósmico» que me vino antes a la pluma es pertinente en este caso. Se imponen relaciones de espacio y tiempo universales que, a pesar de un confort que pretende banalizar lo elemental y arrebatarle su seriedad, influyen en la conciencia. Navegamos hacia días extraños, hacia regiones de la superficie terrestre que pasan girando delante del sol de manera diferente a las otras habitadas, será de noche para nosotros y dormiremos cuando sea luminoso día entre los que han quedado en casa. Está claro y es cosa conocida, sin embargo lo consideramos de nuevo: si viajáramos sin parar hacia el oeste de modo que volviéramos a casa pasando por el oeste más extremo, la ganancia de tiempo crecería al máximo durante el camino, hasta un día entero y hasta la ruptura del calendario, y luego se esfumaría, de tal manera que al final resultaría lo ganado por lo perdido; y así será también si en vez de regresar a nuestra parte de la Tierra dando toda la vuelta lo hacemos por el camino de venida. No tiene importancia. Porque ganar tiempo no es ganar vida, y si intentáramos hacerle una jugarreta al cosmos y, una vez llegados al otro lado, no nos moviéramos ni hacia delante ni hacia atrás sino que nos quedáramos sentados con nuestras seis horas y las cuidáramos como Fafner el tesoro, el lapso de vida que nos está concedido orgánicamente no se vería incrementado ni en un segundo.

¡Qué reflexiones de colegial! ¿Pero no es cierto que la consideración cosmológica del mundo tiene algo pueril comparada con su opuesto, la consideración psicológica? Recuerdo los claros y redondos ojos de niño de Albert Einstein. No lo puedo evitar: el conocimiento de lo humano, la inmersión en la vida humana, tiene un carácter más maduro, más adulto que la especulación sobre la Vía Láctea —lo constato con el más profundo respeto. «Al individuo —dice Goethe—, le queda la libertad de dedicarse a lo que le atrae, a lo que le divierte, a lo que le parece útil; pero el verdadero estudio de la humanidad es el hombre».

Por lo que se refiere a Don Quijote, no cabe duda de que es un producto curioso, ingenuo, de magnífica arbitrariedad y soberano en su contradicción. No dejo de sacudir asombrado la cabeza ante los relatos intercalados, increíblemente sentimentales como son y completamente al estilo y al gusto de los productos que el escritor pretende satirizar, de modo que los lectores encontraban a placer en el libro lo que debía de serles amargado —una cura de desintoxicación muy placentera. También sabemos que Cervantes mismo escribió novelas de caballería de pura cepa después del Don Quijote. Se sale de su papel con esas historias pastoriles como si quisiera demostrar que sabe hacer lo que el tiempo hace, que incluso lo domina como un maestro. Si en los discursos humanistas, que en ocasiones pone en boca de sus héroes, también se sale de su papel; si con ellos fuerza su carácter, sobrepasa su nivel y, antiartísticamente, se limita a hablar él mismo, no lo sé. Son excelentes estos discursos: por ejemplo los referidos a la educación y a la poesía natural y artística que se ve obligado a escuchar el compañero de viaje del Verde Gabán —llenos de la más pura razón, de justicia, ternura humana y nobleza formal, de modo que el del Verde Gabán se admira con razón «y tanto, que fue perdiendo de la opinión que con él tenía, de ser mentecato». Y así debe ser, y también el lector ha de abandonar esa opinión. Don Quijote está loco, pero no es ni remotamente necio, lo que el escritor mismo no sabía del todo al empezar. Su admiración por la criatura de su propia imaginación cómica crece constantemente a lo largo de la narración —este proceso es quizá lo más fascinante de toda la novela, en efecto, es incluso una novela en sí, y coincide con la creciente admiración ante la obra misma que estaba concebida modestamente como recia broma satírica, sin idea del rango simbólico-humano que estaba destinada a alcanzar la figura del héroe. Este cambio de óptica permite y provoca la solidaridad casi total del autor con su héroe, la tendencia a equiparar su nivel espiritual con el propio, a convertirle en portavoz de las propias convicciones y opiniones y completar la gallardía extremadamente caballeresca, que produce la idea loca en Don Quijote, a pesar de lo lamentable de su apariencia, con dignidad espiritual y hermosa cultura. Precisamente al espíritu y a la manera de expresarse de su amo está dedicada a menudo la admiración sin límites de Sancho, y también otros se sienten atraídos en grado máximo por ellos.

23 de mayo

Movimiento reducido. Hace más calor: soplan los vientos más suaves y húmedos del Golfo.

Comienzo el día jugando al balón medicinal durante un cuarto de hora, arriba junto a las barcas, con un sterward de Hamburgo que se ha revelado como lector mío. Luego resulta muy agradable iniciar el desayuno con medio pomelo, esa refrescante naranja grande de la que disponen a bordo en excelente calidad, y cuya carne se libera de sus pieles para un consumo más cómodo con un instrumento especial ya en la cocina. Por el contrario no consigo aficionarme, por su sabor dulce, al cocktail de tomate helado que los americanos beben antes de cada comida.

Como hay que moverse y el eterno paseo por la cubierta atonta, nos hemos dedicado a los juegos de cubierta y por la mañana y por la tarde nos entretenemos unas cuantas horas con ellos. En compañía de un joven holandés que se nos ha acercado amistosamente jugamos al shuffleboard, cuyos cuadrados rojos con números están pintados por todas partes sobre las planchas de la cubierta: un ejercicio vigorizador y bien pensado. Con una especie de pala hay que empujar unos discos de madera a los campos numerados —al mismo centro, sin que el borde del disco toque la línea del campo— hay que evitar un amenazador campo negativo, procurar alcanzar el que lleva un +10, enderezar con otras jugadas envites fallados y, al mismo tiempo, expulsar por carambola al enemigo de posiciones favorables —todo lo cual es más fácil de decir que de hacer y, debido a los desniveles de la pista, y especialmente a la inestabilidad del campo de juego, a su escorado inclinarse hacia aquí y hacia allá, se dificulta extraordinariamente, incluso se convierte en burdo asunto del azar. El apuntar más concienzudo sirve de poco; guiados por fuerzas imprevisibles los discos salen disparados sin rumbo, y la irritación que provocan añade a la actividad externa la interna, de tal modo que uno indiscutiblemente se gana sus comidas.

Un juego más sutil que el shuffleboard es el golf de cubierta, en el que sobre una especie de césped artificial en miniatura, un podio poco elevado, hay que guiar con ayuda de palos y desde seis puntos de partida situados el uno junto al otro la bola ligera a través de una estrecha puerta hasta el agujero situado al otro extremo del campo. En principio, al menos desde uno de los puntos centrales que se encuentran en una misma línea con la puerta y el agujero, es posible solucionar el problema con un solo golpe. Pero ¡quién lo logra! Tres golpes son honorables para cualquiera, dos son un récord brillante. Generalmente hay en la puerta las escaramuzas y los rebotes más enfadosos, y avergonzado uno tiene que apuntarse con tiza un seis o un siete en la tableta de tantos.

A la hora del té y después de la cena nos sentamos casi siempre en el Salón Azul, llamado aquí Social Hall, a escuchar música. De vez en cuando, sobre todo por la tarde, somos los únicos oyentes; entonces los músicos tocan por darnos gusto, aunque podríamos prescindir de ello; alguien tiene que estar presente, en caso contrario no tocan. A veces les vemos por las ventanas que dan a cubierta en el salón vacío como parados tristones, desvencijados ante sus atriles. Basta que entre un viajero en el salón para que echen mano de sus instrumentos y empiecen enseguida a tocar.

La orquesta consiste en un piano, dos violines, dos violas y un violonchelo. El primer violín es también el director de orquesta. Los programas son anodinos, ¡qué se va a pedir! Un potpourri de Carmen, una fantasía sobre La Traviata son puntos culminantes. Habitualmente, nunca mejor dicho, suenan las músicas dulzonas de salón de té, imitadoras de Puccini en casos muy ambiciosos, con las que disfruta por todo el mundo el hombre medio civilizado, y que le son servidas también en plena inmensidad para que, por lo que ha pagado, se sienta arropado por lo acostumbrado. En un viaje de éstos todo está calculado para fomentar el olvido, la intrascendencia, y yo por espíritu de desobediencia nato de vez en cuando miro, entre las insulsas zalamerías musicales, por la ventana y, más allá, por la de la cubierta de paseo hacia el desierto gris-verdoso coronado de espuma y al horizonte, que asciende, se mantiene unos segundos arriba y vuelve a sumergirse.

Aplaudimos a los músicos y ellos, según parece, agradablemente sorprendidos cada vez, nos dan las gracias a través de su primer violín. Pero también con independencia de nosotros y entre ellos se divierten con su trabajo, intercambian miradas en este o el otro pasaje, se comunican profesionalmente a hurtadillas y lo pasan en grande. Yo les observo y pienso que hay que guardarse de tomar demasiado a la ligera a estos hombres. Ahí están tocando naderías dulzonas, como es su cometido. Pero está atestiguado y certificado que en determinadas circunstancias tocan de la misma manera Nearer my God to Thee hasta el último momento. También hay que mirarles desde este punto de vista.

Entre una cosa y otra leo en mi tontito color naranja y me sorprendo ante la crueldad juguetona de Cervantes. Porque no obstante esa considerable solidaridad del autor con su héroe, sobre la que escribí ayer, y su aprecio hacia él, no se cansa de inventar las más ridículas y calamitosas humillaciones para él y su grandeza de corazón, las más cómicas fantasías de indignidad del tipo del episodio de los requesones que el «mal mirado» Sancho ha guardado en el yelmo de Don Quijote, y que en el momento más patético comienzan a derretirse sobre la cabeza del caballero y le cubren de requesón los ojos y la barba, de modo que cree que se le ablandan los sesos o que suda un sudor espantoso, aunque descarta enérgicamente que pueda tratarse de un sudor provocado por el miedo. Hay algo sardónico y humorístico-salvaje en estas invenciones como también, por ejemplo, en esa ciertamente espantosa historia cuando Don Quijote es enjaulado y paseado en una jaula de madera —la última degradación imaginable. Palos recibe infinitos, casi tantos como Lucio en la novela del asno. Y sin embargo su creador le ama y ensalza. Toda esta crueldad ¿no será penitencia, autoescarnio y autoflagelación? Sí, se me ocurre que aquí un hombre expone a la risa su tantas veces escarnecida fe en la idea, en el hombre y en su ennoblecimiento, y que este amargo compromiso con la realidad es, en el fondo, la definición del humor.

Insuperable la crítica del ejercicio de la traducción que Cervantes pone en boca de Don Quijote: le parece, dice, que el traducir de una lengua a otra «es como quien mira los tapices flamencos por el revés; que aunque se ven las figuras, son llenas de hilos que las escurecen y no se ven con la lisura y tez de la haz… Y no por eso quiero inferir que no sea loable este ejercicio de traducir». La caracterización es implacable. Sólo salva a dos traductores españoles. Figueroa y Jáuregui. En su caso, dice, apenas se puede distinguir lo que es traducción y lo que es original. Debieron de ser unos tipos estupendos. Pero en nombre de Cervantes me gustaría excluir a otro: Ludwig Tieck, que le ha dado a Don Quijote su segunda cara, su envés alemán.

24 de mayo

Ayer me vino a la mente y a la pluma El asno de oro, no por casualidad, porque he descubierto ciertas relaciones entre Don Quijote y esa novela de la Antigüedad tardía, de las que mi ignorancia desconoce si también les han llamado la atención a otros. En efecto, llaman la atención determinados pasajes y episodios por su novedad, por la singularidad de sus motivos, que sugieren un origen lejano; y es característico que aparezcan en la segunda parte de la obra, la más digna espiritualmente.

Ahí tenemos para empezar en el libro noveno el relato de las bodas de Camacho «con otros gustosos sucesos». ¿Gustosos? Lo que sucede en estas bodas es horrible, pero el «gustoso» nos anticipa en el título que en esos horrores se trata de broma, chanza, engaño, de un mimo que ríe a escondidas, una burla del lector y de los que participan de la historia, que por fin se resuelve en sorprendida hilaridad. Se describe con el «más gustoso» derroche la rústica fiesta de esponsales de la hermosísima Quiteria con el rico Camacho, que es el rival afortunado del forzosamente rechazado y muy honesto joven Basilio que ama a Quiteria, su vecina, desde siempre y al que ella ama a su vez, de modo que, en el fondo, se pertenecen el uno al otro ante Dios y los hombres, y la unión entre la bella y el rico Camacho sólo se produce bajo la férrea y ambiciosa presión del padre de la novia. Los festejos ya han llegado hasta el momento del casamiento cuando con roncos gritos aparece el infortunado Basilio en escena, «vestido, al parecer, de un sayo negro jironado de carmesí a llamas» y con voz temblorosa inicia un discurso en el que declara que él, cuya persona es el obstáculo moral para la felicidad plena y sin traba de aquellos dos, se quitará él mismo de en medio: «¡Viva, viva el rico Camacho con la ingrata Quiteria largos y felices siglos, y muera, muera el pobre Basilio, cuya pobreza cortó las alas a su dicha y le puso en la sepultura!». Y con estas palabras extrae de su bastón, que ha clavado en la tierra, como de una vaina un estoque y se arroja sobre él, de tal manera que la mitad de la cuchilla aparece manchada de sangre por su espalda y él mismo queda tendido en el suelo bañado en su sangre.

No se puede imaginar una interrupción más espantosa de una fiesta tan alegre y espléndida. Todos se arremolinan a su alrededor. Don Quijote mismo deja a Rocinante para socorrer al desventurado, el cura se afana y no consiente que se extraiga el estoque de la herida antes de que Basilio haya confesado; porque el sacárselo y el expirar sería una misma cosa. El desdichado aún vuelve un poco en sí y con voz desmayada expresa el deseo de que Quiteria le dé su mano de esposa en su último trance, porque así su muerte culpable estaría justificada. ¿Cómo se lo imagina? ¿Pretende que el rico Camacho renuncie a favor de la muerte? El cura exhorta al moribundo para que piense en su alma y confiese; pero Basilio con los ojos en blanco y visiblemente en las últimas asegura que nunca jamás confesará si Quiteria no le da su mano, lo que por fin, ya que se trata del alma de un cristiano, sucede efectivamente con la conformidad del buen Camacho. Apenas recibida la bendición Basilio se levanta de un salto, se saca el estoque del cuerpo que le había servido de vaina y replica desenvuelto a los que ya gritan: «¡Milagro! ¡Milagro!». —«No “milagro, milagro”, sino “¡industria, industria!”». —Resumiendo, resulta que el estoque no traspasó las costillas de Basilio sino un tubo de hierro lleno de sangre y que todo era una travesura tramada por los amantes que luego, gracias a la generosidad de Camacho, gracias también a las buenas y sabias palabras de Don Quijote, conduce a que Basilio se queda con su Quiteria y la fiesta se reanuda en honor de esta pareja.

¿Está permitida una cosa parecida? La escena del suicidio está pintada con toda seriedad y con acentos trágicos; indudablemente provoca alarma y conmoción, no sólo en todos los que la presencian sino también en el lector —para que al final todo se disuelva en ridículo humo y demuestre ser una cómica patraña. Levemente molesto uno se pregunta si estas prácticas mistificadoras le están permitidas al arte —al arte como nosotros lo entendemos. Pero yo sé, gracias a Erwin Rohde y al excelente libro que ha escrito el mitólogo e historiador de las religiones Karl Kerényi de Budapest, que los fabuladores de la Antigüedad tardía amaban sobremanera este tipo de escenas. El novelista alejandrino Aquileo Tatios cuenta en su Historia de Leukippa y Cleitofón cómo la heroína es degollada por ladrones de los pantanos egipcios de una manera horrible, descrita con todos los detalles más bárbaros, y además ante los ojos de su amado, separado de ella por una ancha zanja, amado que a renglón seguido intenta desesperado matarse sobre la tumba de la heroína. Pero entonces acuden presurosos los compañeros, a los que él creía también muertos, sacan a la víctima fresca y lozana de la tumba y explican a Cleitofón que apresados, a su vez, por los Bucolos se habían dejado encargar por ellos el sacrificio y habían llevado aparentemente a cabo la escalofriante tarea ron la ayuda de un puñal de teatro con cuchilla plegable y una vejiga llena de sangre que habían atado a la muchacha. —¿Me equivoco o la vejiga llena de sangre y toda esa burda impostura ha repercutido en Don Quijote?

El segundo caso es un recuerdo de Apuleyo mismo. Me refiero a la curiosísima aventura del rebuzno del burro que se relata en los capítulos 8 y 10 del libro IX; de cómo los dos regidores de un pueblo, a uno de los cuales se le había escapado un burro salen juntos al monte donde suponen que se halla el animal y, como no lo encuentran, intentan atraerlo imitando su rebuzno, arte en el que ambos son maestros hasta un punto asombroso. El uno plantado aquí, el otro allá, rebuznan alternándose, y siempre que el uno se ha hecho oír acude el otro corriendo, convencido de que ha aparecido el burro porque sólo él mismo podría haber rebuznado con tanta naturalidad, y ambos se cubren mutuamente de cumplidos por su precioso don. Que el burro no quiera acudir se debe a que yace entre los arbustos devorado por los lobos. Allí lo encuentran los regidores, y tristes y roncos regresan a casa. La historia de su competición de rebuznos se propaga por toda la región, con la consecuencia de que las gentes de ese pueblo se convierten en objeto de chanza de los pueblos vecinos y han de soportar que se burlen de ellos con rebuznos por todas partes, de lo que se producen enconadas disputas, incluso verdaderas batallas entre pueblo y pueblo; y en los preparativos de una de ellas se cruzan Don Quijote y Sancho. Porque como suele suceder, los habitantes del pueblo del rebuzno han convertido la burla en una cuestión de honor y un paladio; salen a pelear con un estandarte sobre cuyo raso blanco está pintado un burro rebuznando, y bajo este emblema marchan armados de lanzas, ballestas, partesanas y alabardas contra los antiburro para presentarles batalla, momento en que Don Quijote se interpone en su camino. Les da un noble discurso en el que les exhorta en nombre de la razón a desistir de su empeño y a no permitir derramamiento de sangre por tales nimiedades. Ellos, por su parte, parecen escucharle de buena gana. Pero entonces Sancho, para contribuir lo suyo, mete baza y lo estropea todo diciéndoles que es una necedad enfadarse cuando se oye rebuznar a alguien, y añadiendo que él en su juventud sabía rebuznar con tanta gracia y naturalidad que todos los burros del pueblo le contestaban; y para demostrar que es una ciencia, que como la natación nunca se olvida cuando se ha aprendido, se tapa la nariz y rebuzna hasta que retumban los valles cercanos —para su mayor daño. Pues los del pueblo que no pueden soportar oír rebuznar le zurran deplorablemente, y también Don Quijote por su lado ha de ver, muy en contra de su costumbre, cómo poner pies en polvorosa ante sus ballestas y partesanas. Busca la lejanía a donde le sigue descalabrado Sancho al que han puesto «sobre su jumento» aún medio aturdido. Los del escuadrón, por cierto, regresan contentos y orgullosos a su pueblo tras esperar en vano toda la noche al enemigo que no sale a luchar, y, añade el docto autor, «si ellos supieran la costumbre antigua de los griegos, levantaran en aquel lugar y sitio un trofeo».

¡Extraña historia! Tiene algo de evocador y alusivo, sobre lo que no creo equivocarme. El burro tiene en el mundo imaginativo religioso grecooriental un papel especial. Es el animal de Tifón-Set, el hermano malo de Osiris, el «rojo», y el odio mítico hacia él llega hasta tan adelantado el medievo que los comentarios de la Biblia rabínicos llaman al hermano rojo de Jacob «un asno salvaje». La idea de la paliza estaba unida estrecha y sagradamente con este ser fálico. La frase «zurrar al burro» tiene connotación ritual. Manadas enteras de asnos eran conducidas en ceremonia alrededor de las murallas de las ciudades bajo una lluvia de palos. También existía la costumbre religiosa de despeñar al animal tifónico desde una roca —precisamente la manera de morir a la que apenas escapa Lucio, convertido en burro en la novela de Apuleyo: los bandidos le amenazan con «katakremnizeshtai». Por cierto, que recibe una paliza por rebuznar, igual que Sancho, y mientras es un asno recibe constantemente palos: si contamos los casos, son catorce. Añadiré que según Plutarco la voz del burro era tan aborrecida por los habitantes de ciertos lugares que rechazaban incluso las trompetas que parecían sonar igual que ella. ¿Los pueblos en Don Quijote no son acaso una reminiscencia de estos susceptibles asentamientos? Da una extraña sensación ver asomar en este autor español del Renacimiento un patrimonio tan ancestralmente mítico disfrazado con candidez. ¿Lo conocía por trato directo con la literatura novelesca de la Antigüedad? ¿Llegaron a él estos temas a través de Italia y Boccaccio? Los sabios dirán.

Aclaración a lo largo del día y cielo azul. El mar es de color violeta —¿no lo describe así Homero? Hacia mediodía vimos fantásticos bancos de niebla flotar sobre el agua en el fulgor del sol, unos tras otros, fondos de blancura lechosa, como creados para pies angelicales, una fantasmagoría delicada y diáfana.

25 de mayo

El joven médico desconfía del tiempo: desde luego es bueno, pero mientras la corriente del Golfo ejerza su influjo no hay seguridad. Mientras tanto disfrutamos el feliz, cambio, el calor en aumento, que nos hace sentir que nos movemos hacia otras zonas más meridionales, la claridad azul, el caminar más fácil con el mar en calma, la posibilidad de estar en la cubierta abierta donde pasamos casi todo el día alternando el sol y la sombra. Hay que tener cuidado de las quemaduras traicioneras en la cara. La brisa impide que se note el calor, y entretanto el sol produce sus, por fin, perniciosos efectos.

Anoche hubo cine en el Social Hall, por deseo de nuestros transportadores tampoco tenemos que renunciar en nuestro viaje a este regalo de la civilización, y es bien curioso disfrutar de él en estas circunstancias. La pantalla blanca estaba situada en un extremo de la sala, al otro se encontraba el aparato maravilloso productor de imagen y sonido, en el que le ha culminado la lanterna mágica de nuestra infancia. Ahí está uno en smoking en la elegancia ligeramente oscilante del salón sentado en su sillón ante una mesita dorada y bebe su té, fuma sus cigarrillos y contempla como en un «Capitol» o «Eldorado» cualquiera de tierra firme las sombras que se mueven hablando allá enfrente —una situación vital sorprendente. La de las personas actuantes no era en absoluto inferior a la nuestra, por lo menos era tan elegante y tan cómoda. El bienestar incontestable era la premisa natural de su existencia y de su destino, y suavizaba, para consuelo del espectador, los conflictos y los desastres a los que estaban sometidos. Así debe ser. Elegantes y amplias perspectivas de salones, mesas adornadas con cristal y fruteros —las películas muestran con predilección la visión de la riqueza, para que sueñe el pueblo, para presentar un espejo halagador al mundo plutocrático. Nuestra película, de origen americano, nos relataba la historia de un hombre de negocios ya maduro al que mantiene embrujado una debilidad nostálgica y diletante por la música, el arte, la belleza y la pasión elevada, y que abandona a su mujer para perseguir en París esos sueños iridiscentes. Un mitigado fracaso es el resultado de su poco juicioso intento; la encarnación femenina de sus sueños es otorgada a un joven músico al que él ha ayudado con su dinero, y el último plano le muestra al teléfono comunicando su regreso a su paciente esposa —un final melancólico pero soportable, ya que sabemos que al desilusionado pero también calmado marido le esperan las perspectivas de salones elegantes y las mesas con cristal.

Lo malo fue que contemplamos esta visión amable y decorosa en compañía numéricamente muy escasa, seríamos diez o doce personas, en vez de cientos, en el Social Hall azul y dorado del barco de lujo, cuya patente desolación ofrecía la imagen de un orden económico críticamente afectado. Ni siquiera habían aparecido todos los que pertenecían a nuestra pequeña y valerosa comunidad. Eché de menos al americano de boca de pez aficionado a tomar notas. ¿Dónde se había metido? ¿Otra vez entre los emigrantes judíos en la clase turista? Un hombre inquietante. Viaja en primera clase y participa en nuestras comidas en smoking, pero se sustrae de manera ofensiva a nuestras diversiones y se pasa a una esfera extraña, antagónica. Uno tiene que saber a qué ambiente pertenece. Hay que ser solidario.

La aventura con el león es indudablemente el punto culminante de las intervenciones activas de Don Quijote y, en serio, seguramente el punto culminante de toda la novela —un capítulo magnífico, narrado con un pathos cómico, una comicidad patética, que revela el profundo entusiasmo del autor por la locura heroica de su personaje. Lo leí dos veces, y no deja de intrigarme su contenido extrañamente conmovedor, grandioso y ridículo. El encuentro con el carro adornado con banderas, en el que se encuentran las bestias africanas «que el General de Orán envía a la Corte, presentados a su Majestad», ya es encantador como cuadro cultural. Y después de todo lo que ya sabemos del valor ciego y lanzado al vacío de Don Quijote, la tensión con la que leemos las páginas en las que, para espanto de sus acompañantes y sin dejarse disuadir por ningún argumento razonable, se empeña en que el guardián haga salir a los terribles y hambrientos leones de la jaula para enfrentarse a ellos —esa tensión da testimonio del arte extraordinario con el que el narrador sabe mantener fresco y siempre eficaz una y otra vez a través de todas sus variaciones el mismo motivo anímico. La temeridad de Don Quijote es tan sorprendente porque no está en absoluto tan loco como para no ser consciente de ella. Después dice: «Y así acometer a los leones que ahora acometí derechamente me tocaba, puesto que conocí ser temeridad exorbitante, porque bien sé lo que es valentía, que es una virtud que está puesta entre dos extremos viciosos como son la cobardía y la temeridad; pero menos mal será que el que es valiente toque y suba al punto de temerario que no que baje y toque el punto de cobarde; que así como es más fácil venir el pródigo a ser liberal que el avaro, así es más fácil dar el temerario en verdadero valiente que no el cobarde subir a la verdadera valentía». —¡Qué inteligencia moral! La respuesta del caballero del Verde Gabán no es más que lógica. Todo lo que dice Don Quijote es bueno y sensato, pero todo lo que hace basándose en ello es insensato, temerario y absurdo; y casi tenemos la sensación de que el autor quiere presentarlo como una natural e inevitable antinomía de la vida moral superior.

La escena clásica, cien veces fijada en imagen, de cómo el flaco hidalgo que ha bajado de su jamelgo porque teme que el valor de éste no sea igual al suyo, se planta delante de la jaula abierta con su escudo y su espada insuficientes, dispuesto a la más absurda batalla, y observa atentamente los movimientos del gigantesco león lleno de impaciencia heroica de que el león «viniese con él a las manos», esta extraordinaria escena se me ha refrescado en las palabras de Cervantes, así como también su desenlace que trae el desaire tan benigno como ignominioso y el desinflamiento de la actitud heroica de Don Quijote. Pues el noble león «no haciendo caso de niñerías ni de bravatas, después de haber mirado a una y otra parte… volvió las partes traseras a Don Quijote, y con gran flema y remanso se volvió a echar en la jaula». El heroísmo ha sido desdeñado de la manera más escueta. Todo lo que la idea de desaire contiene de penoso ridículo cae aquí sobre Don Quijote gracias al comportamiento despectivo-ecuánime del majestuoso animal. Naturalmente Don Quijote está fuera de sí. Exige del aterrado leonero que obligue con palos al león a levantarse y luchar. A eso se niega el hombre y le hace ver al caballero que la grandeza de su corazón ya está bien declarada: «Ningún bravo peleante (según a mí se me alcanza) está obligado a más que a desafiar a su enemigo y esperarle en campaña; y si el contrario no acude, en él queda la infamia, y el esperante gana la corona del vencimiento». Etcétera. Y Don Quijote por fin se da por satisfecho y pone el mismo pañuelo con el que se limpió el sudor de los requesones en la punta de su lanza a guisa de señal de victoria, a lo que Sancho que ha huido y lo ve desde lejos dice: «Que me maten si mi señor no ha vencido a las fieras bestias, pues nos llama». Es maravilloso.

En ningún episodio se manifiesta tan clara la disposición del autor a humillar y, al mismo tiempo, ensalzar a su héroe. Humillación y ensalzamiento, sin embargo, constituyen una dualidad conceptual llena de contenido emocional cristiano, y precisamente en su fusión psicológica, en su interpenetración humorística se muestra hasta qué punto Don Quijote es un producto de la cultura cristiana, del conocimiento cristiano del alma y de la humanidad cristiana, y lo que el cristianismo significa eternamente para el mundo del alma, de la literatura, para lo humano mismo y su valiente expansión y liberación. Tengo que pensar en mi Jacob que se retorció en el polvo ante el niño Elifas, y que deshonrado irremisiblemente se crea en sueños desde la profundidad de su alma finalmente intacta el gran resurgimiento. Digan lo que digan: el cristianismo, esa flor del judaismo, es uno de los dos pilares sobre los que descansa la moral occidental, el otro es la Antigüedad mediterránea. Que algún grupo de la comunidad occidental niegue una de estas premisas básicas de nuestra moral y de nuestra cultura, o incluso niegue ambas, significaría su salida de esta comunidad y un inimaginable retroceso de su status humano, a Dios gracias imposible de llevar a cabo, hacia no sé dónde. La lucha exaltada de Nietzsche, ese admirador de Pascal, contra el cristianismo fue una excentricidad poco natural y en el fondo siempre me resultó embarazosa —como tantas otras cosas en este héroe conmovedor. Goethe, felizmente más equilibrado y psicológicamente más libre, no permitió que su «decidido paganismo» le impidiera rendir al cristianismo sus más expresivos homenajes, y sentirlo como el poder moralizador que es y, por eso, como aliado. Tiempos intranquilos como los nuestros que siempre tienden a confundir lo meramente temporal con lo eterno (por ejemplo el liberalismo y la libertad) y a pasarse de rosca, obligan a todo el que es más serio y más libre y no se mueve según el viento de la época, a volver a los fundamentos, a tomar nuevamente conciencia de ellos y a mantenerse en ellos férreamente. La crítica que este siglo ejerce sobre lo cristiano-moral (y no hablemos de dogma y mitología), las correcciones de tipo actualizador que lleva a cabo en ese terreno, tan profundas como sean, tan transformadoras como puedan ser, no son más que movimiento de superficie. Ni siquiera tocan lo que condiciona, determina y une profundamente: la cristiandad cultural del hombre occidental como lo una vez conquistado y jamás abandonado.

26 de mayo

Nuestro periódico de a bordo es una publicación bastante boba, hay que reconocerlo. Aparece a diario con excepción del domingo, para que así como no falta el pan fresco, no falte tampoco lo impreso fresco. Nos lo introducen por la rendija inferior de la puerta de la cabina, donde lo encontramos y recogemos cuando bajamos de la comida, y lo leemos inmediatamente porque ¿quién sabe lo que se le ocurre hacer a Europa nada más volverle la espalda? En buena parte el contenido de la hoja está impreso por adelantado, especialmente los anuncios y las imágenes, por lo tanto no tiene valor actual. Pero el barco está provisto de una estación de radio: aparentemente solos y abandonados en medio del desierto marino estamos en contacto con todo el mundo, podemos enviar mensajes hacia todos los puntos cardinales y recibirlos desde todas partes, y lo que nos señalizan desde todos los continentes de la tierra es insertado en las columnas de nuestro periódico que se mantienen libres con ese fin. ¿Qué hemos leído hoy? En el parque zoológico de una ciudad del oeste le han dado whisky como medicina a un tigre durante una enfermedad, y el animal depredador ha tomado tal afecto a esta bebida que no quiere prescindir de ella tras su restablecimiento y exige a diario su asignación de whisky. —Eso pone entre otras noticias parecidas en nuestro periódico de a bordo. Desde luego es una noticia estupenda. No en vano han contado con nuestra divertida y comprensiva simpatía hacia el tigre aficionado al alcohol. Y sin embargo, ¿no estamos ante una especie de uso impropio? Un milagro como la radiotelegrafía ha de servir para transmitir tales noticias por tierra y por mar. ¡Ah, la humanidad! Su progreso espiritual-moral queda detrás de su progreso técnico, anda muy rezagado, aquí lo vemos de nuevo, y la falta de fe en que su futuro será más dichoso que su pasado se alimenta de esta fuente. La distancia entre su madurez técnica y su inmadurez en otros terrenos crea precisamente la desconfiada curiosidad con la que echamos mano de cada periódico de noticias. Y entonces leemos lo del tigre alegre. Puede uno estar contento de no leer cosas peores. Pero claro, la falta de seriedad de nuestra estación de radio es parecida a la de nuestros músicos de a bordo. En determinadas situaciones es capaz de emitir un SOS, eso también. Por la dignidad de la técnica uno casi desearía que tuviera ocasión de hacerlo.

Ayer al anochecer se levantó el viento y el barco dio fuertes bandazos durante la noche; pero hoy reina otra vez buen tiempo, y tenemos un calor muy veraniego. Vimos un gran pez, parecido a un delfín, elevarse saltando del agua. Que hayamos atropellado, no sé cuándo, a una ballena parece ser un falso rumor. La gente cree que forma parte del folclore del viaje y por eso lo cuenta. A cambio, el steward del bar nos mostró hacia mediodía una bandada de pájaros, gaviotas, que se mecían sobre las olas a poca distancia del barco: señal de que ya no estamos lejos de tierra.

A pesar de todo, la hora e incluso el día de nuestra llegada siguen siendo inciertas. Se dice que con corriente favorable constante y calma se producirá ya pasado mañana lunes a lo largo de la tarde. A esto se contrapone la opinión de que al principio hemos tenido demasiada niebla y que nos ha retrasado; se hará martes, dicen, hasta que entremos en el Hudson. También por esta incertidumbre de la hora e incluso del día de llegada se diferencia el viaje por mar —casi diría que favorablemente—, del viaje en tren. A pesar del confort perfecto conserva algo primitivo, más sometido al elemento, más inexacto, más supeditado al azar, e involuntariamente uno lo siente como una particularidad simpática. ¿Por qué? ¿Acaso se me impone en esta preferencia, a la buena manera alemana, el disgusto por el mecanismo de la civilización —la tendencia a renunciar a él, a negarlo, a repudiarlo como mortífero para el alma y la vida, y a afirmar y buscar una manera de vivir más próxima otra vez de lo primitivo, elemental, incierto, improvisado como en la guerra, y aventurero? ¿También se manifiesta en mí el deseo generalizado de lo «irracional», ese culto para cuyos peligros humanos y propensión a ser mal utilizado mi instinto crítico siempre estuvo alerta y al que me resistí por mi simpatía europea por la razón y el orden —más, quizá, por el equilibrio que no por no tener en mí mismo lo combatido? Como narrador he alcanzado el mito —claro que humanizándolo, para escándalo infinito de los bárbaros exclusivamente emotivos y pretenciosos, intentando una fusión del mito y de la humanidad que creo humanamente más cargada de futuro que la lucha contra el espíritu, unilateralmente supeditada al momento, o que el halago a la época a través de la afanosa denigración de la razón y la civilización. Para preparar el terreno al futuro no sólo hay que ser «moderno» en el sentido del movimiento actual en el que participa cualquier asno, muy orgulloso y lleno de desprecio hacia el anticuado liberal que también sabe de otras cosas. Hay que llevar dentro de sí su tiempo en toda su complejidad y toda su contradicción, pues el futuro prefigura una diversidad, no sólo una unidad.

En Don Quijote es muy sugestivo y capital el episodio del morisco Ricote, tendero en el pueblo de Sancho, que siguiendo el edicto de expulsión tuvo que abandonar España y que empujado por la nostalgia, y también con la esperanza de desenterrar un tesoro escondido, se introduce de nuevo clandestinamente en el país vestido de peregrino. El capítulo constituye una sabia mezcla de declaraciones de lealtad, de muestras del catolicismo cristiano riguroso del autor, de su intachable obediencia al gran Felipe III —y de la más viva compasión humana con el terrible destino de la nación morisca que, afectada por el bando del rey, es sacrificada sin la menor consideración del dolor individual a la, supuesta, razón de Estado y empujada a la desgracia. Por lo uno el autor se gana el permiso para lo otro: pero yo sospecho, y así se ha entendido siempre, que lo primero fue el medio político para lo segundo y que la sinceridad del autor comienza de verdad en lo segundo. Pone en boca del desdichado mismo la aprobación de las órdenes de Su Majestad, la declaración de que fueron dadas «con justa razón». Muchos, le deja decir, no creyeron que aquellos bandos iban en serio pensando que eran simples amenazas. Él sin embargo comprendió enseguida que se trataba de verdaderas leyes que serían ejecutadas inexorablemente, y lo había comprendido porque conocía los «ruines y disparatados intentos» de los suyos, intentos de tal calibre que le parecía que era la inspiración divina la que movió a Su Majestad a «poner en efecto tan gallarda resolución». Los ruines intentos que justifican la decisión real no son descritos con más detalle: permanecen en discreta oscuridad. Pero existían —no en el sentido de que todos fueran culpables: hay entre sus gentes, dice Ricote, cristianos firmes y verdaderos; desgraciadamente no muchos y por eso no convenía criar la serpiente en el seno y dejar al enemigo en la propia casa. La objetividad y la moderación que el autor concede al razonamiento del perseguido es admirable. Pero imperceptiblemente ambos pasan a otro registro. El castigo del destierro, dice el morisco, fue justo, según algunos un castigo blando y suave, pero en realidad el más terrible con el que se le podía castigar a él y a su pueblo. «Doquiera que estemos lloramos por España; que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural; en ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventura desea; y en Berbería, y en todas partes de África donde esperábamos ser recebidos, acogidos y regalados, allí es donde más nos ofenden y maltratan». Y así sigue quejándose el morisco español, tan amargamente que llega al corazón. No se conoce el bien, dice, hasta que se pierde, y el deseo de regresar a España es tan grande entre la mayoría de los suyos que abandonan a mujer e hijos y vuelven con peligro de sus vidas: tan grande es su añoranza de España, y ahora sabe por experiencia que el amor a la patria es dulce.

Nadie dejará de entender que estas manifestaciones de un amor a la patria y de una relación natural indestructibles invalidan en gran medida las afectadas frases sobre «la sierpe en el seno», «el enemigo en casa» y la gran justicia de las leyes de expulsión. El corazón del autor que se expresa en la segunda parte del discurso de Ricote habla un lenguaje más convincente que su lengua prudentemente sumisa: siente compasión de esos perseguidos y desterrados que son tan buenos españoles como él mismo y cualquier otro; porque han nacido en España, que después de su expulsión no será más limpia sino más pobre, es su patria verdadera y natural, y arrancados de su suelo son extraños en todas partes, y por donde vayan llevarán en los labios la palabra «en nuestra casa», «en nuestra casa en España era así y de la otra manera, es decir, mejor». Cervantes como literato pobre y subordinado necesita mostrarse leal; pero después de haber convertido su corazón en una cueva de asesinos lo limpia mejor que España se limpia con sus edictos. Condena la crueldad de esos edictos que acaba de aplaudir, no directamente sino subrayando el amor a la patria de los desterrados. Incluso se permite hablar de la «libertad de conciencia»: porque Ricote cuenta que de Italia pasó a Alemania y halló allí una especie de paz. Porque Alemania es un país bueno y tolerante, sus habitantes «no miran en muchas delicadezas», cada uno vive allí como le parece bien, y en la mayoría de los lugares se puede vivir con libertad de conciencia. —Allí me tocó a mí sentir orgullo patriótico, aunque las palabras que me lo inspiraban ya fueran viejas. Siempre es reconfortante escuchar de boca ajena el elogio de la patria.

27 de mayo

El tiempo cambia rápidamente junto al mar pero aún más deprisa y caprichosamente sobre el mar cuando la inestabilidad de la situación meteorológica se une al movimiento, al cambio de los espacios celestes. El calor veraniego de ayer se trocó hacia el anochecer, cuando el cielo se había cubierto, en un bochorno agobiante, húmedo-vaporoso y opresivo, como raras veces lo he vivido, y en una congoja para los nervios, como si uno temiera una catástrofe o una crisis meteorológica. El traje de etiqueta resultaba extremadamente molesto, estaba uno bañado en sudor bajo la camisa almidonada, y especialmente el té provocaba una verdadera erupción de humedad. No sé hasta qué hora de la noche duró este fenómeno, pero hoy todo es diferente. La mañana fue fresca y lluviosa: surgió la niebla y la sirena volvió a sonar durante horas. Pero también esto pasó en un momento. El viento cambió, la niebla se disolvió, el cielo se aclaró, pero a pesar del sol el ambiente, al menos comparado con la pasada noche tropical, siguió tan frío que fueron necesarios la manta y el abrigo para el descanso en la hamaca de cubierta.

Se percibe cierta agitación de arribada. Estamos en domingo. Dicen que llegaremos en la noche de mañana a pasado mañana, pero que permaneceremos hasta el amanecer en la desembocadura del río y entraremos en él el martes a las siete.

Debo volver sobre lo que escribí ayer y rendirme a mí mismo cuenta de hasta qué punto el compromiso del autor de Don Quijote como cristiano y súbdito acrecienta el valor espiritual de su libertad, el peso humano de su crítica. Lo que me preocupa es la relatividad de toda libertad, el hecho de que necesita el trasfondo de una falta de libertad y de un condicionamiento fuertes, no sólo externos sino también internos y reales, para convertirse en un valor espiritual y ser expresión de rango superior. Nos cuesta hacernos una idea de la dependencia y la devoción en las que vivían los artistas de tiempos pasados, anteriores a la emancipación del yo artístico que trajo consigo la época burguesa y de la que puede decirse que sólo ha sido beneficiosa para el artista en casos raros y muy grandes. Una disposición y una situación básicas modestamente artesanales del arte, también cuando tiene nivel magistral, del que de vez en cuando surge individualmente y con espiritualidad superior el caso feliz de la grandeza y la soberanía, ante las que se inclinan los príncipes: esas circunstancias eran en total más beneficiosas para el artista que las modernas, en las que se empieza con la emancipación, el yo, la libertad y la soberanía, y la modestia sensata ya no es la tierra que nutre la grandeza. El aprendiz de pintor o de escultor que pensaba dedicarse al adorno experto y primoroso del mundo y quería llegar a ser ducho en este bello oficio entraba en el taller de un buen maestro, limpiaba pinceles y mezclaba colores, pasaba por todos los grados. Se convertía en un ayudante competente, al que el viejo maestro seguramente encomendaba alguna tarea en su obra, como cuando el cirujano jefe le dice a su ayudante al final de la operación: «¡Termine usted!». Al final, si todo iba bien, se convertía en un buen maestro de su profesión —y no hacía falta que fuera mejor. Se llamaba «artista» —la palabra abarca ambos conceptos: el de artista y el de artesano, y en Italia todavía hoy todo artesano se llama así. El genio, el gran yo, la audacia solitaria eran una excepción, que surgía de la cultura artesanal modesta y sólida, sobria y experta, y crecía hasta lo majestuoso —no hay que olvidar que también uno de estos artistas escogidos y ensalzados seguía siendo un fiel hijo de la Iglesia, y recibía de ella sus encargos y sus temas. —Hoy, como ya dije, se empieza con el genio, el yo, el espíritu, la soledad y eso, sin duda, es enfermizo. Hugo von Hofmannsthal, que gracias a su semiitalianidad austríaca tenía mucha relación intuitiva con el siglo XVIII, me habló una vez con agradable lucidez de las transformaciones patéticas que se han producido desde entonces en el sentido de la vida de los músicos. Decía que si se visitaba en aquel tiempo a uno de esos maestros podía expresarse más o menos así: «¡Siéntese, vuesa merced! ¿Queréis un café? ¿Os toco una pieza?». Así eran entonces. «Hoy todos parecen águilas enfermas». —Sin duda, así es. Los artistas se han convertido en águilas enfermas gracias al proceso de solemnización que ha sufrido desde entonces el arte y que de una manera desdichada ha elevado y llenado de melancolía el oficio de artista, y también ha hecho solitario, melancólico, aislado e incomprendido el arte, lo ha convertido en un «águila enferma».

Es cierto que el escritor representa otro tipo de arte que el artista plástico y también el músico, es cierto que la poesía y la narrativa ocupan un lugar especial entre las artes porque en ellas lo artesanal ejerce un papel menor, diferente, más inmaterial y más espiritual, y porque, en total, su relación con lo espiritual es más directa. El escritor no es sólo artista, o lo es de otra manera más espiritual, ya que su medio es la palabra, su instrumento de trabajo es espiritual. Pero también en su caso sería de desear que la libertad y la emancipación estuvieran al final y no al principio, que surgieran humanamente de la modestia, limitación, sujeción y dependencia. Porque, una vez más: la libertad sólo cobra valor cuando es liberación. ¡Cuánto más fuerte e importante espiritualmente nos parece la compasión humana de Cervantes por el destino del morisco, la discreta crítica que así ejerce contra la dureza de la razón de Estado, después de las manifestaciones de sumisión que envía por delante y que no son en absoluto expresión de hipocresía sino de verdadero compromiso! La dignidad y la libertad humanas, la emancipación del artista espiritual, la máxima osadía del alma como se manifiesta en la mezcla donquijotesca de necedad cruelmente humillante y conmovedora nobleza, todo esto, el genio, la soberanía, el riesgo máximo, tiene por fundamento la sujeción devota en forma de respeto a la Santa Inquisición, de lealtad escrupulosa al monarca, de sometimiento a la protección de los grandes señores y de su «liberalidad bien conocida», como la del conde de Lemos y la de don Bernardo de Sandoval y Rojas. Escapa a la limitación leal tan espontánea e imprevistamente como la obra crece desde la entretenida broma satírica de su concepción hasta convertirse en un libro universal y en un símbolo de la humanidad. Creo que por regla general las grandes obras son el resultado de intenciones modestas. La ambición no debe estar al principio, antes de la obra; ha de crecer con la obra, que quiere ser ella misma más grande de lo que el artista agradablemente sorprendido pretendía, ha de estar unida a ella y no al yo del artista. No hay nada más errado que la ambición abstracta y sin objeto, la ambición en sí, independiente de la obra, la lívida ambición del yo. Esa ambición tiene cara de águila enferma.

28 de mayo

Ultimo día a bordo. Ya ayer hubo un encuentro con otro barco, el primero desde nuestra salida y lo sentimos como un acontecimiento. Fue un danés, más o menos de nuestro tamaño, con la enseña danesa en la popa, y complacido observé el saludo de las banderas que intercambiamos con él, esa reverencia caballeresca que en todas partes los barcos se hacen los unos a los otros al cruzarse. Un silbato sonó desde el puente, y un marinero se apresuró a arriar del mástil nuestros colores holandeses mientras al otro lado descendía la enseña danesa. Luego, cuando pasábamos frente al danés, las banderas fueron izadas a un nuevo toque del silbato y así quedaba cumplida la etiqueta de los mares. ¡Qué simpático es este saludo! Las gentes de mar, unidas en camaradería internacional por su oficio, igual en todas partes y tan peculiar, al que a pesar de toda la mecanización queda algo intrépido y aventurero, se rinden mutuamente homenaje al encontrarse en el ancho y salvajemente caprichoso elemento al que están consagrados unos y otros, y a través de ellas lo hacen las naciones cuyos emisarios y extensiones territoriales son los barcos —corteses las unas con las otras hasta que se hacen la guerra. Pero eso no lo harán Holanda y Dinamarca. Son países pequeños, razonables, dispensados de historicidad heroica, ya que los grandes, en el fondo, no tienen otra cosa en la cabeza que la guerra, de modo que su saludo de banderas transmite una especie de urbanidad amenazadora que incluye irónicamente todas las posibilidades.

El cielo está despejado y soleado, el mar ligeramente rizado. El barco navega tranquilo, con lentas oscilaciones hacia la derecha y la izquierda, probablemente provocadas por la marcha y el movimiento del timón. La diferencia de temperatura con respecto a la noche tropical de antes de ayer sigue siendo asombrosa. La noche fue muy fría, la mañana más que fresca, y seguimos sentándonos al sol con la manta y el abrigo.

Estoy inclinado a encontrar el final de Don Quijote algo flojo. La muerte funciona aquí sobre todo como una garantía para que la figura quede a salvo de aún más explotación literaria indebida y adquiere así un matiz literario y fabricado que no conmueve. Es algo muy diferente si un personaje amado se le muere al autor o si éste le deja morir, decreta y proclama su muerte para que ningún otro pueda hacerle vivir. Eso es una muerte literaria por celos —pero por otro lado, estos celos dan testimonio de la relación entrañable y orgullosamente exclusiva del autor con la siempre excepcional criatura de su espíritu, un sentimiento profundo, no menos serio porque se exprese a través de jocosas medidas literarias contra intentos ajenos de resurrección. El cura pide al escribano un testimonio de que Alonso Quijano el Bueno, llamado Don Quijote de la Mancha, ha pasado de verdad a mejor vida y ha muerto naturalmente, y lo pide expresamente para «quitar la ocasión de que algún otro autor que Cide Hamete Benengeli le resucitase falsamente, y hiciese inacabables historias de sus hazañas». Cide Hamete mismo se evapora y se revela como el intermediario humorístico que siempre fue. Aún es él quien cuelga su pluma «desta espetera y deste hilo de alambre» y le encarga avisar a los «presuntuosos y malandrines historiadores» que pretendan descolgarla y profanarla:

¡Tate, tate, folloncicos!

De ninguno sea tocada;

porque esta empresa, buen rey,

para mí estaba guardada

¿Quién habla? ¿Quién dice: «Para mí»? ¿La pluma? No; es otro yo el que aquí surge y continúa: «Para mí sola nació Don Quijote, y yo para él; él supo obrar, y yo escribir; solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros, ni asunto de su resfriado ingenio…». ¡Magnífico! El autor sabe muy bien, aunque no lo sabía todavía al principio, qué carga tan noble y humanamente pesada ha llevado sobre sus hombros con este libro de historias que divierte al mundo. ¡Y qué curioso! Al final del todo vuelve a no saberlo. Lo olvida de nuevo.

Dice: «Pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero Don Quijote van ya tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna. Vale». —Esto es el retorno a la modesta intención satírico-parodística original de la obra, que ha crecido mucho más allá de esos límites; y el capítulo mismo de la muerte es expresión de ese retorno. Porque a la muerte de Don Quijote precede una conversión. El moribundo recupera, ¡oh, alegría!, su sano juicio después de un largo sueño de seis horas, y cuando despierta ha recuperado la salud mental gracias a la misericordia de Dios. Su mente se ha liberado de la niebla que sobre ella arrojó la despreciable y continua lectura de los aborrecibles libros de caballerías; ahora comprende su insensatez y embeleco, reconoce su propia locura y no quiere ser ya don Quijote de la Mancha, el caballero de la Triste Figura, el caballero de los Leones, sino Alonso Quijano, un hombre cuerdo, un hombre como todos los demás. Eso ha de alegrarnos. Pero nos alegra muy poco, sorprendentemente, nos desilusiona, casi lo lamentamos. Lo sentimos por don Quijote, como ya sufrimos por él cuando la melancolía de verse vencido le precipitó en el lecho de muerte. Porque la melancolía es la verdadera razón de su muerte; el médico confirma que «melancolías y desabrimientos le acababan». La profunda desolación de ver fracasada su misión de caballero andante y enderezador de entuertos le mata, y nosotros con la voz débil y enferma aún en el oído que dice: «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esa verdad. Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida…», —nosotros participamos de este abatimiento, a pesar de que sabemos que su misión no podía tener otro fin, porque era una quimera y un spleen. El generoso spleen se nos ha vuelto tan querido a lo largo de la narración que estamos tentados y dispuestos a aceptarlo como si fuera el espíritu, a sentir por él como si fuera el espíritu mismo, y ésta es la más bella culpa del autor.

El caso es de los más difíciles. El final ya no encaja. Si la obra se hubiera mantenido fiel a su intención original de hacer caer en el desprestigio los libros de caballerías a través de las ridículas empresas y derrotas de un loco, todo sería muy simple. Pero como ha crecido sin proponérselo tan por encima de esa intención primera se ha jugado la posibilidad de un final satisfactorio. Dejar que Don Quijote cayera y verdaderamente pereciera en uno de sus insensatos combates era inaceptable, hubiera traspasado desagradablemente los límites de la broma. Dejarle seguir viviendo después de su conversión al sano juicio tampoco era viable: hubiera sido un descenso del personaje bajo su propio nivel, la vida del cuerpo de Don Quijote sin su alma, aparte de que no debía seguir viviendo por razones de derechos literarios. Admito también que no hubiera sido ni cristiano ni pedagógico permitir que muriera en la locura, perdonado por la lanza del caballero de la Blanca Luna pero profundamente desesperado por su derrota. Esta desesperación tenía que ser redimida en la muerte por el descubrimiento de que todo había sido una quimera. Pero por otro lado, ¿no es la muerte de Don Quijote en la convicción de que Dulcinea no es en absoluto una princesa adorable sino una rústica y mugrienta moza, y que toda su fe, su empeño y su sufrimiento fue necedad, una muerte desesperada? Sin duda, era una necesidad salvar el alma de don Quijote para la razón antes de que muriera. Pero para que esa salvación nos resultara agradable el autor nos tenía que haber presentado su locura menos atractiva.

Ahí se ve que lo del genio puede ser una complicación, y que puede destrozarle a un autor el plan. Por lo demás, la muerte de Don Quijote no está elaborada en exceso: es el tránsito sereno y comedido de un buen hombre, digno y cristiano, después de haber confesado, haberse fortalecido espiritualmente y haber ordenado con el escribano sus asuntos terrenales. «Como las cosas humanas no son eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de los hombres, y como la de Don Quijote no tuviese privilegio del cielo para detener el curso de la suya, llegó su fin y acabamiento cuando él menos lo pensaba». El lector lo ha de aceptar con humor, como lo aceptan los amigos que Don Quijote deja, el ama, la sobrina y Sancho, su antiguo caballerizo. Éstos le lloran de todo corazón; de lo que el lector, una vez más, puede inferir lo buen amo que era; incluso se habla de manera barroca de sus «ojos preñados», a los que la noticia de que iba a morir dio «un terrible empujón» de tal manera que «los hizo reventar las lágrimas de los ojos y mil profundos suspiros del pecho». Es la descripción ligeramente teñida de comicidad de un dolor sincero; y además luego se dice de manera práctica y humana que durante los tres días de la agonía de Don Quijote la casa estaba completamente «alborotada», «pero con todo comía la Sobrina, brindaba el Ama y se regocijaba Sancho; que esto de heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto». Una observación burlona y verídica, una observación «realista» cuya falta de sentimentalismo quizá causó escándalo alguna vez. El conquistador más recio y osado en el reino de lo humano siempre fue indudablemente el humor.

Por la tarde a las seis: hemos hecho el equipaje, lo que sin taburetes y con las maletas en el suelo, fue una tarea bastante penosa. En el barco reina atmósfera de arribada. Vemos a la tripulación haciendo preparativos, manejando los cabrestantes. Nuestros compañeros de viaje americanos se alegran visiblemente de llegar a su país, del retorno a casa, que para nosotros significa justamente lo contrario.

Ha anochecido. A la derecha de nuestra ralentizada progresión brilla la alargada línea de luces de Long Island, cuyas playas y ricas residencias veraniegas nos encomian. Nos recogemos pronto a descansar, porque mañana hay que levantarse temprano. Estar preparado es todo.

29 de mayo

El tiempo sigue siendo bueno, ligeramente neblinoso y fresco. Desde que a las cinco y media nos hemos despedido de nuestras estrechas literas, en las que hemos pasado columpiándonos alguna que otra noche, el barco que durante la noche estuvo parado, de modo que por primera vez dormimos de nuevo sin el latir de la máquina, se ha puesto en marcha para avanzar suavemente. Hemos desayunado, dispuesto el equipaje y repartido las últimas propinas. Preparados para la llegada hemos subido a cubierta para asistir a la entrada en el río. Ya alza en la bruma lejana su diadema una silueta familiar, la estatua de la libertad, una reminiscencia clasicista, un símbolo ingenuo, bastante incongruente en nuestro presente…

Me siento obnubilado por haberme levantado tan temprano, por el contenido vital tan especial de esta hora. También he soñado durante la noche, en el desacostumbrado silencio sin máquinas, y busco mi sueño que procedía de mi lectura de viaje. Soñé con Don Quijote, era él mismo y yo hablaba con él. Así como la realidad cuando nos sale al encuentro se diferencia de la idea que nos hacemos de ella, así también su aspecto era diferente al que muestran los grabados: tenía un bigote voluminoso y espeso, frente alta y huidiza y, bajo cejas igualmente espesas, ojos grises casi ciegos. No se presentó como Alonso Quijano el Bueno, sino como Zaratustra. Era, ahora que le veía ante mí en persona, tan delicado y cortés que recordé con indescriptible emoción las palabras que había leído el día anterior sobre él: «Porque… en tanto que Don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno, a secas, y en tanto fue Don Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no sólo era bien querido de los de su casa, sino de cuantos le conocían». Dolor, amor, compasión e infinita devoción me embargaron por completo, mientras recordaba esta caracterización, y vibran en mí como un sueño en esta hora de la llegada.

¡Una dirección de los sentimientos y pensamientos demasiado europea y demasiado vuelta hacia atrás! Enfrente los rascacielos de Manhattan se despegan lentamente de la niebla matutina, un fantástico paisaje colonial, una amontonada ciudad de gigantes.

“Viaje por mar con ‘Don Quijote’, pertenece al libro “Ensayos sobre música, teatro y literatura”, de Thomas Mann. Consultar la fuente original para mayor precisión en el texto.