La risa – Por Marcel Schwob

I

Edgar Allan Poe escribió en un cuento que nadie quiso traducir: “¿Sabían ustedes que en Esparta (que hoy es Palaeochori), al oeste de la ciudadela, entre un caos de ruinas apenas visible, se encuentra un pedestal donde aún se pueden leer las letras ΛΑΣΜ? Es, evidentemente, la mutilación de ΓΕΛΑΣΜ. Ahora bien, en Esparta había mil templos y altares consagrados a mil divinidades diversas. ¿No es extraño que la estela de la RISA haya sobrevivido a todas las otras?”.

Me gustaría pensar que nuestra lejana posteridad retendrá, de todos los escombros literarios de nuestra época, únicamente dos o tres buenas bromas. Ya no encontramos en las orillas del Eurotas la pesada y lúgubre moneda de hierro de la cual se servían torpemente los lacedemonios. Sus dioses han desaparecido y debe haber habido algunos bastante célebres. Sin duda las ofrendas que los dorios hacían a la diosa Risa eran pagadas con estas graves monedas. De la misma manera pagaremos con la gruesa moneda de la novela los pequeños libros que tal vez emerjan de nuestro océano de papel ennegrecido. Cuando los dioses septentrionales se hayan derrumbado, algunos miles de años después que los dioses de Grecia y de Italia, no se encontrará entre nuestras ruinas ni siquiera el pedestal de la diosa Risa, y habrá que ir hasta China para admirar el ídolo de madera de la Misericordia.

II

La risa está probablemente destinada a desaparecer. No hay razón para que, entre tantas especies extintas de animales, persista el tic de una de ellas. Esta burda comprobación física del sentido que tenemos de que hay una cierta falta de armonía en el mundo deberá desaparecer ante el escepticismo completo, la ciencia absoluta, la piedad general y el respeto por todas las cosas.

Reír es dejarse sorprender por una negligencia de las leyes: ¿Creíamos entonces en el orden universal y en una magnífica jerarquía de causas finales? Pues cuando hayamos sujetado todas las anomalías a un mecanismo cósmico, los hombres no reirán más. Sólo podemos reír en tanto que individuos. Las ideas generales no afectan a la glotis.

Reír es sentirse superior. Cuando nos arrodillemos en las esquinas para hacer nuestras confesiones públicas, cuando nos humillemos para poder amar mejor, habremos superado lo grotesco. Y los que hayan descubierto, más allá de toda relatividad, el valor idéntico de su yo y de una célula componente o solitaria, sin comprender las cosas, las respetarán. El reconocimiento de la igualdad entre todos los individuos del universo hará que los labios ya no se levanten sobre los caninos.

He aquí cómo podremos interpretar en esa época un juego abolido del rostro:

“Esta especie de contracción de los músculos cigomáticos era propia del hombre. Le servía para indicar a un mismo tiempo su falta de inteligencia hacia el sistema del mundo y su persuasión de que era superior al resto”.

La religión, la ciencia y el escepticismo de los tiempos futuros solamente conservarán una pequeña parte de nuestras lamentables ideas sobre estas materias, y es seguro que la contracción de los músculos cigomáticos ya no tendrá lugar. Me gustaría entonces señalar a quienes se interesarán por las cosas del pasado, la obra que excitó, en nuestra época bárbara, la mayor efusión de esta desaparecida risa. Sé que se sorprenderán ante la boca convulsionada, los ojos lacrimosos, los hombros sacudidos, el vientre agitado, tal como nos sorprendemos nosotros de las extrañas costumbres de los primeros hombres; pero suplico a las personas esclarecidas que reflexionen sobre el gran interés que tienen los documentos históricos, sean de la índole que sean.

III

Cuando la risa, entonces, haya desaparecido, encontraremos una representación completa de ésta en las obras de Georges Courteline.

Esta representación de la risa será total, ya que reúne la comicidad de los antiguos y la forma de hilaridad propia del siglo diecinueve.

No sabemos desde cuándo ocurre que la incoherencia en la visión de las cosas producida por la confusión del lenguaje o de la inteligencia excita la alegría de los hombres.

Antes de la era cristiana ya los cartagineses de Plauto deleitaban al público cuando los dos romanos juzgaban, por la jerigonza de Mebarbocca, que éste estaba quejándose de un dolor en la boca. No es menos divertido escuchar a Piégelé, en el papel de Rolando, cuando repite: “Salut aux nez creux[57]” porque le soplaron: “Salut, ô mes preux”. La farsa de los dos esclavos que interpretan un oráculo ininteligible en Los caballeros, de Aristófanes, no es muy distinta de la de los dos dragones que examinan en el muelle de Orsay el oscuro problema del número veintiséis, donde vive Marabout. El padre Soupe prepara su chocolate, se lava los pies, y va a encargarse de sus asuntos con la inocente ingenuidad de Strepsiade, y razona un poco como él.

Sin embargo, la distinción esencialmente moderna entre sujeto y objeto nos permite un tipo de risa particular. El diálogo que imaginaba Esopo entre un zorro y una máscara de teatro no era cómico. Se podía suponer, aun con melancolía, que piedras y árboles siguieran a un músico cuando éste tocaba la lira. Pero la gente del siglo XIX se ríe del Jack de Mark Twain, que espera bajo un sol inclemente a que una tortuga de Palestina se ponga a cantar. Ríen también cuando Courteline les cuenta que un loco intenta hacerles bromas pesadas a unos quesos blandos. Y siempre de la siguiente historia:

Viaje a las Islas Bermudas. En las Islas Bermudas no encontramos ningún insecto o cuadrúpedo digno de ser mencionado. Los habitantes pretenden que sus arañas son grandes. No he visto ninguna cuyas dimensiones superaran las de un plato de sopa ordinario. Una mañana, el reverendo L…, que viajaba conmigo, entró a mi dormitorio con un botín en la mano.

—¿Este botín es suyo? —preguntó.

—Sí —le respondí.

Pues es una suerte —continuó—. Imagínese que acabo de encontrar una araña que se lo estaba llevando.

Al día siguiente, al amanecer, esta misma araña estaba levantando mi ventana con el fin de agarrar mi camisa.

—¿Se llevó su camisa?

—No.

—¿Cómo sabe usted que quería llevársela?

—Lo leí en sus ojos.

He citado esta simple anécdota porque revela las dos etapas de la risa.

Primera etapa: nos sorprendemos de ver un insecto clasificado con los cuadrúpedos y nos choca la contradicción que hay entre el tamaño de las arañas que conocemos y el de un par de botines ordinarios.

Segunda etapa: lo absurdo de suponer en una araña la intención premeditada de tomar objetos que sólo usamos nosotros, y de imaginar que hemos leído sus intenciones en sus ojos (lo que nos vuelve a la primera etapa) excita nuestra hilaridad.

He notado que en nuestra época esta segunda forma de comicidad nos afecta especialmente. Los hombres han tomado una excesiva conciencia de su yo. La sola idea de que se pueda atribuir a un objeto o a un animal las costumbres personales del alma humana les parece grotesca. Courteline nos habla del capitán Hurluret, que amenaza con convertirse en un molino de café o en una ensaladera, y Lahrier promete a Soupe provocar en él una vaga metamorfosis de la misma clase. Los personajes de Las mil y una noches temían este tipo de cosas, que se producían en una época en la cual la personalidad del hombre aún no había sido violentamente separada de los objetos por Kant. Hoy, el yo glorioso se burla de esta parodia vana.

En otras épocas, encontrábamos frecuentemente en los asilos locos acurrucados que se creían jarros de arcilla y otros que, creyéndose quesos de Córdoba, nos ofrecían, cuchillo en mano, una tajada de pantorrilla; otros aun que humeaban como teteras, espumeaban como botellas de champán, se doblaban como una camisa recién lavada. Las estadísticas nos dicen que este tipo de locura se ha vuelto muy rara. La única causa de ello es el progreso de la conciencia. Aun los locos tienen una alta idea de la personalidad.

IV

Los biógrafos del poeta norteamericano Walt Whitman dicen que nadie lo vio reír ni una sola vez en su vida. Era un hombre dulce y alegre, que comprendía todas las cosas. Las anomalías no eran para él milagros de lo absurdo. No se creía superior a ningún ser. Podemos poner en los dos extremos de la humanidad a Filemón, que murió de risa cuando vio a un asno comiendo higos, y a este gran poeta Walt Whitman. Debemos hacer notar que Filemón se rió con tal exceso porque estaba seguro de que, siendo poeta, era superior a un asno, y que a pesar de ello este asno, tan diferente de él, comía el mismo postre. Tenemos un retrato de Walt Whitman en el cual el viejo poeta paralizado, con expresión grave, comprende el error de una mariposa que se ha posado sobre su brazo como sobre el tronco de un árbol muerto.

Los tics de la humanidad no son inmutables. Aun los dioses cambian algunas veces. Ya hemos cambiado de forma de reír; sepamos prever con constancia una era en la que no se reirá más. Los que quieran modelar su cara con esta contracción podrán imaginarse muy bien cómo era esa costumbre desaparecida leyendo los libros de Georges Courteline. Que los que quieren reír ahora se apresuren a divertirse. Aún no tenemos que ir a buscar el pedestal de la diosa Risa entre las ruinas. La diosa Risa vive entre nosotros. Cuando nuestras estatuas hayan caído y nuestras costumbres hayan sido abolidas, cuando los hombres cuenten los años de una nueva era, dirán de aquélla, que supo hacernos tan felices, esta simple leyenda:

“Era una divinidad encantadora, fina y buena, que vivía en Montmartre. Tenía tanta gracia que las palabrotas, buscando un santuario indestructible, lo encontraron en su obra”.

 

“La risa”, pertenece al libro “Ensayos y perfiles”, de Marcel Schwob. Consultar la fuente original para mayor precisión en el texto.