La perversidad – Por Marcel Schwob

I

“Vivir, escribió Ibsen, es combatir contra los seres fantásticos que nacen en las cámaras secretas de nuestro corazón y de nuestro cerebro; ser poeta es juzgarse a sí mismo”.

Estos versos son terribles. Nos muestran la perversidad que acosa a los cerebros de nuestros tiempos. Quisiera esbozar lo que yo veo, y decir algunas palabras sobre esta perversidad.

El principal aspecto del mundo, centralizador, egoísta y lógico, es el de la continuidad. La experiencia de Weber podría formularse así: la noción de continuidad crece en razón inversa a la especialización táctil. Introducimos la continuidad en las cosas por la centralización nerviosa, que nos da lo continuo de la cantidad, y por la generalización lógica, que nos da lo continuo de la calidad. Éste es el aspecto simple y exterior del universo, que resulta de la posición de nuestra unidad en medio de una multiplicidad que nosotros coordinamos.

La especialización táctil y la ciencia, que es como su prolongación instrumental, nos enseñan que el mundo es en realidad discontinuo. El espacio interestelar sólo difiere del espacio intermolecular porque nosotros estamos ubicados entre ambos y comparamos sus interrelaciones. La noción de tiempo, que proviene de la de espacio, no es más exacta bajo su primer aspecto continuo. Puede existir el infinito entre los momentos de un tiempo dividido hasta el infinito. Podemos percibir claramente que el tiempo psicológico (y el tiempo astronómico se mide por diferentes posiciones en el espacio) es esencialmente variable. Nuestra noción del tiempo se transforma desde el salvaje hasta el hombre civilizado, del niño al adulto, del sueño a la vigilia.

Así, el aspecto último del mundo, luego del perfeccionamiento de los sentidos y del conocimiento, es el de la discontinuidad. (Sería fácil demostrar que cualitativamente es también la noción de parecido la que precede a la noción de diferenciación extrema, y aquí también se confirma la ley del pasaje de lo homogéneo a lo heterogéneo).

La visión pasional y moral del universo se adapta sucesivamente a los mismos puntos de vista. El alma es una al principio, y ya sea al mirar, razonar o desear, se aplica toda entera. La noción de la diversidad de los objetos y de la diversidad de sus propias partes le llega más tarde. Es concebida entonces bajo la forma de sensación, de razón o de voluntad, y le da preponderancia a sus especies. Si realiza creaciones estéticas, las separa y les da a cada una su dominio; no produce un hombre entero, fino y valiente, aventurado y prudente, como Ulises; lanza a escena a un ambicioso, un celoso, un irresoluto, Macbeth, Otelo o Hamlet. De la misma forma en que los modernos distinguen en la gama de colores tonalidades que los antiguos no percibían, el alma también ha hecho su educación de tonalidades: donde antes era púrpura, se ve violeta, o malva, o cereza o naranja, y cuanto más se diferencia, más valor les da a sus moléculas. El punto de partida moral del hombre es el egoísmo. Es el reflejo sentimental de la ley de la existencia, mediante la cual tiende a persistir en su ser. La perversidad moral (y digo perversidad ubicándome en el punto de vista de la naturaleza) nace en el momento mismo en que el hombre concibe que hay otros seres semejantes a él y les sacrifica una parte de su yo. La flor dolorosa de esta perversidad es el placer del sacrificio. Y si este sacrificio se realiza solamente por él mismo, esta perversidad se vuelve absoluta: porque el ser se anula en el fin positivo del placer, mientras que el hedonista sólo se mataba para evitar la negación del dolor. Pero si el sacrificio se realiza por otros hombres, en provecho de la masa, si el ser tiende a persistir en otros seres, de la perversidad original ha salido una moralidad más alta, superior a la misma naturaleza.

II

Esos “seres fantásticos que nacen en las cámaras de nuestro corazón y de nuestro cerebro” son creaciones o fantasmas. Veo que la espantosa perversidad de Shakespeare engendró en su cabeza a Lear, Ricardo III, Antonio, Calibán, Falstaf, Miranda y tantos otros tan distintos como él los quiso y cuya extremada diferenciación en las pasiones le permitió proyectarlos a todos, después de haber luchado contra ellos. Pero veo que en Revenants el fantasma del padre de Oswald Alving germina en el cerebro de su hijo y lo oprime y lo aterroriza, y que el hijo termina por sucumbir. Veo a todos los pobres seres románticos florecidos en el pensamiento de Madame Bovary o de Frédéric Moreau sujetándolos y llevándolos a la muerte o al lamentable hastío de la vida.

Ya que los que han podido diferenciarse y dejar de ser ellos mismos saben aplicar su voluntad a la creación estética, o lo ignoran y han engendrado seres fantásticos, o son su presa. El más terrible de los fantasmas, sin apariencia, sin forma, que encuentra Peer Gynt, el héroe de Ibsen, y que se concibe bajo un número infinito de formas imaginarias que se vuelven reales, responde cuando Peer Gynt le pregunta su nombre: “Me llamo Yo Mismo”.

Podemos ver con toda claridad que, en el periodo por el que atravesamos, estamos sometidos a los fantasmas de la herencia o de la literatura extrema. Pues nuestra voluntad ya no sabe aplicarse a las cosas exteriores, ni proyectar a los seres que nacen en nosotros. Los poetas miran acontecer la acción, y lo lamentan —pero no actúan—. El príncipe Florimón veía escaparse el coche en el cual se oxidaban sus espadas; la Bella Durmiente del Bosque dormita en una cuna de espinas entrelazadas nueve veces; el buceador ve pasar a través de su campana de vidrio, abrigado por la vida ambiente, los péndulos vivientes del mar. Florimón queda prisionero de las flores victoriosas; las filas de espinas impiden a la Bella tender su mano; las ventanas del tibio invernadero y las campanas de vidrio detienen el aliento de los que quisieran galopar por el bosque o sumergirse en las olas. Y Maurice Maeterlinck nos dice:

Hubiera querido actuar —pero ¿para qué?—; la muerte, que nulifica la actividad, está ahí, en seguida. Vedla, está rodeada de ciegos, en esta isla que es la vida, rodeada por el mar desconocido y creciente, adonde han llegado desde extraños países, y cuando la acción humana se va (—no regresaremos jamás—) sobre el buque de guerra, la intrusa llega en medio de las siete princesas. ¡Tened piedad de nosotros! La muerte está cerca, y no nos atrevemos a tender la mano, por miedo a tocarla.

III

Imaginemos entonces un ser cuyo cerebro esté perseguido por fantasmas que tienen una tendencia a la realidad, al igual que las imágenes tienen una tendencia alucinatoria, y que, al mismo tiempo, no esté dotado aún de la voluntad necesaria para actuar, o para proyectar sus fantasmas después de haber luchado contra ellos. Creo que tal ser no es raro, y que incluso representa un momento de la evolución intelectual de muchos artistas de nuestro tiempo. La inteligencia y la estética interior se forman mucho tiempo antes que la voluntad. Para producir una obra de arte es necesario que la voluntad haya alcanzado su desarrollo antes de esta etapa. Como el artista aún no ha podido concretar estéticamente sus creaciones o fantasmas, éstos se interpondrán entre él y la sociedad, lo aislarán del mundo, o bien los introducirá en el universo, como Don Quijote, que no tiene otra locura que no sea ésa.

Este ser se me aparece con nitidez en el Écornifleur de Jules Renard.

El Écornifleur es un joven cuyo cerebro está poblado de literatura. Nada le parece a él un objeto normal. Contempla el siglo XVIII a través de Goncourt, los obreros a través de Zola, la sociedad a través de Daudet, los campesinos a través de Balzac y de Maupassant, el mar a través de Michelet y de Richepin. Por más que mire el mar, no está jamás a nivel del mar. Si ama, se acuerda de los amores literarios. Si viola, se sorprende de no violar como en literatura. Su cabeza está llena de fantasmas.

Lleva estos fantasmas a casa de un matrimonio burgués. Nunca estará a la altura de ese matrimonio ni el matrimonio a la altura de él. Quiere interesarle a personas a quienes ve deformadas, y las deforma para obligarse a interesarse por ellas. Se debe a la literatura el que trate al marido como a Homais, a la esposa como a Madame Bovary, y el que viole a la sobrina un hermoso día de verano. Mientras tanto, es mantenido por la familia, ya que el Écornifleur es pobre por naturaleza.

Pero falta voluntad en sus creaciones. Aún es demasiado él mismo. Se encuentra con el mismo ser que Peer Gynt. Tiene lástima y miedo del marido. El súbito beso de la mujer lo asusta, y lo enfrenta a una situación real sin el sostén de la literatura. La joven violada profiere gritos, sufre, se lamenta, y los fantasmas de su cerebro no eran así. El Écornifleur cede ante sí mismo; no sabe concretar en la vida real a los seres fantásticos que crecen en su mente; debe esperar el día en que su voluntad, ya formada, los proyecte en el arte.

Con un poco más de voluntad, es Chambige. Con un poco menos, es Poil-de-Carotte. Un poco más de energía en la acción, y es un criminal, un poco menos de exteriorización, y el pobre muchacho se queja de no ser comprendido. Ésta es justo la novela de las crisis. El ser fantástico concebido por el Écornifleur ha llegado a su pleno desarrollo, ve a la mujer que cree que debe amar; va a bajar hasta su dormitorio en mitad de la noche, y ella ya tiene las piernas levantadas. Pero la aventura no llega a producirse: la mujer no lo estará esperando —estará dormida y las puertas estarán cerradas— y el Écornifleur estará descalzo y se sentirá ridículo. Lee versos que proyectan su alma hasta lo indecible; el milagro va a producirse; escucharán sus poemas como él concibe que los escuchen: el marido juega con su cuchillo en una ranura de la mesa y pregunta: “¿Ya terminaste?”.

En una novela fantástica como Macbeth o Hamlet, la crisis llama a la aventura; el estado interior del personaje proyecta el fantasma o el acontecimiento exterior. El pobre Écornifleur no encuentra jamás las aventuras que imaginaba, porque en realidad éstas eran crisis.

La perversidad del Écornifleur no llega hasta empujar sus fantasmas a la vida, ni su estética llega a crearlos en el arte. Es felizmente egoísta. Se encuentra en su camino pero retrocede. No tiene aún suficiente lástima por sus creaciones como para someterse a ellas, y sufrir para que ellas vivan.

La literatura hizo nacer seres terribles en las cámaras secretas de su corazón y de su cerebro. Pero él se ha vuelto poeta, y en este libro se ha juzgado a sí mismo.

 

“La perversidad”, pertenece al libro “Ensayos y perfiles”, de Marcel Schwob. Consultar la fuente original para mayor precisión en el texto.