Algunos han dicho que si se hiciera uso de una paternal indulgencia para con nuestros hermanos errantes, que rezan a Dios en mal francés, sería como ponerles las armas en la mano, que asistiríamos a nuevas batallas de Jarnac, de Moncontour, de Coutras, de Dreux, de Saint Denis, etcétera. Lo ignoro, porque no soy profeta, pero me parece que no es razonar consecuentemente el decir: «Esos hombres se han sublevado cuando les he tratado mal, luego se sublevarán si les trato bien».
Osaré tomarme la libertad de invitar a los que están al frente del Gobierno, y a los que están destinados a cargos elevados, a que se sirvan examinar con detenimiento si en efecto hay que temer que la dulzura produzca las mismas revueltas que ha hecho nacer la crueldad; si lo que ha sucedido en determinadas circunstancias tiene que suceder en otras; ¿acaso son las épocas, la opinión, las costumbres siempre las mismas?
Los hugonotes, sin duda, se han embriagado de fanatismo, y manchado de sangre como nosotros: pero la generación presente ¿es tan bárbara como sus padres? La época, la razón que ha hecho tantos progresos, los buenos libros, la templanza de la sociedad ¿no han penetrado nada en quienes conducen el espíritu de esos pueblos? ¿Y no nos damos cuenta de que casi toda Europa ha cambiado de rostro desde hace unos cincuenta años? El Gobierno se ha fortificado por todas partes, mientras que las costumbres se han suavizado. La Policía general, apoyada por fuerzas armadas numerosas y permanentes, no permite además temer el retorno de esos tiempos anárquicos, en los que campesinos calvinistas combatían contra campesinos católicos, reclutados apresuradamente entre las siembras y las siegas.
A otros tiempos, otros cuidados. Hoy sería absurdo diezmar la Sorbona porque en otros tiempos presentara un requerimiento para que se quemase en la hoguera a la Doncella de Orleans; porque declarase a Enrique III desprovisto del derecho a reinar; porque lo excomulgase; porque proscribiera al gran Enrique IV. No se buscará, sin duda, a los otros cuerpos del reino que cometieron los mismos excesos en esos tiempos de frenesí; ello sería no solamente injusto sino que sería una locura como la de purgar a todos los habitantes de Marsella porque tuvieron la peste en 1720.
¿Iríamos a saquear Roma, como hicieron las tropas de Carlos V porque Sixto V concedió en 1585 nueve años de indulgencia a todos los franceses que tomaran las armas contra su soberano? ¿Acaso no es ya bastante impedir que Roma vuelva a cometer nunca excesos semejantes?
El furor que inspiran el espíritu dogmático y el abuso de la religión cristiana mal entendida han derramado tanta sangre, han producido tantos desastres en Alemania, en Inglaterra, e incluso en Holanda, como en Francia; sin embargo, hoy la diferencia de las religiones no causa ningún problema en esos Estados; el judío, el católico, el griego, el luterano, el calvinista, el anabaptista, el sociniano, el menonita, el moravo y tantos otros viven como hermanos en esas regiones y contribuyen por igual al bien de la sociedad.
Ya no se teme en Holanda que las disputas de un Gomar sobre la predestinación hagan que se le corte la cabeza al Gran Pensionario. Ya no se teme en Londres que las querellas entre los presbiterianos y los episcopalistas acerca de una liturgia o de una sobrepelliz hagan derramar la sangre de un rey sobre un cadalso. Una Irlanda poblada y enriquecida no volverá a ver a sus ciudadanos católicos sacrificar a Dios durante dos meses a sus ciudadanos protestantes, enterrarlos vivos, colgar a las madres de las horcas, atar a las hijas al cuello de sus madres y verlas expirar juntas; abrir el vientre de las mujeres encintas, sacarles los hijos a medio formar y darlos a comer a los cerdos y a los perros; poner un puñal en la mano de sus prisioneros ya en el garrote y guiar su brazo hasta el seno de sus mujeres, de sus padres, de sus madres, de sus hijas, imaginando convertirlos en mutuos parricidas, condenándolos a todos al exterminarlos a todos. Eso es lo que nos relata Rapin-Toiras, oficial en Irlanda casi contemporáneo; es lo que nos cuentan todos los anales, todas las historias de Inglaterra, y lo que sin duda no será jamás imitado. La filosofía, la sola filosofía, esa hermana de la religión, ha desarmado las manos que la superstición había ensangrentado durante tanto tiempo; y el espíritu humano, al despertarse de su embriaguez, se ha asombrado de los excesos a los que le había llevado el fanatismo.
Nosotros mismos tenemos en Francia una provincia opulenta, en la que el luteranismo es superior al catolicismo. La Universidad de Alsacia está en manos de los luteranos, que también ocupan parte de los cargos municipales; jamás la menor querella religiosa ha perturbado el reposo de esta provincia desde que pertenece a nuestros reyes. ¿Por qué? Porque en ella no se ha perseguido a nadie. No tratéis de violentar los corazones y todos los corazones os serán fieles.
No digo que todos aquellos que no sean de la religión del príncipe deban compartir los puestos y los honores de los que son de la religión dominante. En Inglaterra, los católicos, vistos como adscritos al Pretendiente, no pueden acceder a los cargos; incluso pagan una doble tasa; pero por lo demás disfrutan de todos los derechos de los ciudadanos.
Se ha sospechado que ciertos obispos franceses han creído que no conviene ni a su honor ni a su interés el tener en sus diócesis a calvinistas, y que ahí reside el mayor obstáculo para la tolerancia: no puedo creerlo. La corporación de los obispos de Francia está compuesta por gente de calidad, que piensan y que actúan con una nobleza digna de su cuna; son caritativos y generosos, es esa una justicia que se les debe rendir: deben pensar que ciertamente sus diocesanos fugitivos no se convertirán en los países extranjeros, y que, vueltos junto a sus pastores, podrían ser iluminados por sus instrucciones e influidos por su ejemplo; convertirlos redundaría en su honor: lo temporal nada perdería con ello; y cuantos más ciudadanos hubiera, más rendirían las tierras de los prelados.
Un obispo de Varmia, en Polonia, tenía a un anabaptista como granjero y a un sociniano de recibidor; se le propuso que los echase y los persiguiese, al uno porque no creía en la consustancialidad y al otro porque no bautizaba a su hijo hasta que tuviera quince años: respondió que serían eternamente condenados en el otro mundo pero que en este mundo le eran muy necesarios.
Salgamos de nuestra pequeña esfera y examinemos el resto de nuestro globo. El gran Señor gobierna en paz veinte pueblos de religiones diferentes: doscientos mil griegos viven con seguridad en Constantinopla; el muftí incluso nombra y presenta al patriarca griego ante el emperador; se consiente que haya un patriarca latino. El sultán nombra a los obispos latinos para algunas islas de Grecia, y esta es la fórmula de la que se sirve: «Le mando que vaya a residir como obispo a la isla de Quío, según su antigua costumbre y sus vanas ceremonias». Este imperio está lleno de jacobitas, nestorianos, de monotelitas; hay coptos, cristianos de san Juan, judíos, banianos. Los anales turcos no hacen mención de ninguna revuelta promovida por ninguna de estas religiones.
Id a la India, a Persia, a Tartaria; veréis la misma tolerancia y la misma tranquilidad. Pedro el Grande ha favorecido todos los cultos de su vasto imperio: el comercio y la agricultura han ganado con ello, y el cuerpo político nunca se ha resentido de ello.
El Gobierno de China no ha adoptado nunca, desde hace más de cuatro mil años que es conocido, otro culto que el de los noáquidas, la simple adoración de un solo dios: sin embargo, tolera las supersticiones de Fo, y a una multitud de bonzos que sería peligrosa si la prudencia de los tribunales no los hubiera siempre contenido.
Es verdad que el gran emperador Yongzheng, el más sabio y magnánimo que haya tenido China, expulsó a los jesuitas; pero no fue porque fuera intolerante, sino al contrario, porque los jesuitas lo eran. Dan cuenta ellos mismos, en sus curiosas cartas, de las palabras que les dice ese buen príncipe: «Sé que vuestra religión es intolerante; sé lo que habéis hecho en Manila y en Japón; habéis engañado a mi padre, no esperéis engañarme igual a mí». Si se lee todo el discurso que se dignó ofrecerles, nos parecerá el más sabio y clemente de los hombres. ¿Podría, en efecto, admitir allí a unos físicos de Europa que, bajo pretexto de mostrar unos termómetros y unas eolípilas a la corte, habían ya sublevado a un príncipe de la sangre? ¿Y qué habría dicho este emperador si hubiera leído nuestras historias, si hubiera conocido nuestros tiempos de la Liga y de la conspiración de las pólvoras?
Ya tenía suficiente con estar informado de las querellas indecentes de los jesuitas, de los dominicos, de los capuchinos, del clero secular, enviados desde la otra punta del mundo a sus Estados: venían a predicar la verdad y se anatemizaban los unos a los otros. El emperador no hizo pues sino echar a unos perturbadores extranjeros: ¡pero con qué bondad los despidió! ¡Qué cuidados paternales les procuró para su viaje y para impedir que no se los insultara en el camino! Su propio destierro fue un ejemplo de tolerancia y de humanidad.
Los japoneses eran los más tolerantes de los hombres, en su territorio estaban establecidas doce pacíficas religiones; los jesuitas vinieron a constituir la decimotercera; pero pronto, al no querer tolerar ninguna otra, sabemos lo que resultó: una guerra civil, no menos espantosa que las de la Liga, desoló al país. La religión cristiana finalmente quedó ahogada en mares de sangre. Los japoneses cerraron su imperio al resto del mundo y sólo nos vieron como bestias salvajes, parecidas a las que han expurgado de su isla los ingleses. Fue en vano que el ministro Colbert, sintiendo la necesidad que tenemos de los japoneses, que no tienen ninguna necesidad de nosotros, intentara establecer un comercio con su imperio; los encontró inflexibles.
Así pues, nuestro continente entero nos da pruebas de que no hay que proclamar ni ejercer la intolerancia.
Volved los ojos al otro hemisferio, ved la Carolina, de la que fue legislador el prudente Locke: todo padre de familia, con que tenga en su casa solamente a siete personas, puede establecer en ella una religión de su elección, siempre que esas siete personas concuerden con él. Esa libertad no ha hecho nacer ningún desorden. Dios nos preserve de citar ese ejemplo para animar a cada casa a dotarse de un culto particular; lo traemos a colación sólo para hacer ver que el exceso más grande al que haya podido llegar la tolerancia nunca ha sido seguido por la más ligera disensión.
¿Y qué decir de esos pacíficos primitivos, a los que por burla llaman cuáqueros, y que, con unos usos tal vez ridículos, han sido tan virtuosos y han enseñado inútilmente la paz al resto de los hombres? Viven en Pensilvania y son cien mil; la discordia y la controversia son ignoradas en la feliz patria que se han dado, y el solo nombre de su ciudad de Filadelfia, que les recuerda en todo momento que los hombres son hermanos, es el ejemplo y la vergüenza de los pueblos que aún no conocen la tolerancia.
En fin, esa tolerancia no ha alentado nunca una guerra civil; la intolerancia ha cubierto la tierra de masacres. Júzguese ahora entre estas dos rivales, entre la madre que quiere que se degüelle a su hijo y la madre que lo cede con tal de que viva.
No hablo aquí más que del interés de las naciones; y respetando, como debo, la teología, no contemplo en este artículo sino el bien físico y moral de la sociedad. Suplico a todo lector imparcial que sopese estas verdades, que las rectifique y que las extienda. Los lectores atentos, que se comunican sus pensamientos, van siempre más lejos que el autor.
“Sobre si la tolerancia es peligrosa y en qué pueblos es practicada”, pertenece al libro “Contra el fanatismo religioso”, de Voltaire. Consultar la fuente original para mayor precisión en el texto.