El derecho natural es el que la naturaleza indica a todos los hombres. Habéis criado a vuestro hijo, os debe respeto como padre y reconocimiento como benefactor. Tenéis derecho a los productos de la tierra que habéis cultivado con vuestras manos, habéis hecho y recibido una promesa, debe ser cumplida.
El derecho humano no puede fundarse en ningún caso sino sobre ese derecho de la naturaleza; y el gran principio, el principio universal de uno y otro derecho, se extiende por toda la Tierra: «No hagas lo que no quisieras que te hagan a ti». Pues no se ve cómo, siguiendo ese principio, un hombre pudiera decir a otro: «Cree lo que yo creo y que tú no puedes creer, o perecerás»; eso es lo que se dice en España, en Portugal, en Goa. En algunos otros países se contentan ahora con decir: «Cree o te aborrezco; cree o te haré todo el mal que pueda; monstruo, no tienes mi religión, luego no tienes religión alguna; tienes que ser el horror de tus vecinos, de tu ciudad, de tu provincia».
Si fuera de derecho humano conducirse de ese modo, sería preciso que el japonés detestara al chino, el cual execraría al siamés; este perseguiría a los gangáridas, que se lanzarían sobre los habitantes del Indo; un mongol arrancaría el corazón al primer malabar que encontrase; el malabar podría degollar al persa, el cual podría masacrar al turco; y todos juntos se arrojarían sobre los cristianos, que durante tanto tiempo se han devorado los unos a los otros.
El derecho a la intolerancia es por tanto absurdo y bárbaro, es el derecho de los tigres; y es mucho más horrible: pues los tigres no desgarran sino para comer, y nosotros nos hemos exterminado por unos párrafos.
“Sobre si la intolerancia es de derecho natural y de derecho humano”, pertenece al libro “Contra el fanatismo religioso”, de Voltaire. Consultar la fuente original para mayor precisión en el texto.